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BIOGRAFÍA DEL DR. ANTOINE NEBEL

Posted: Agosto 2nd, 2011 | Author: | Filed under: Biografías, Historia | No Comments »

Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/nebel.htm

El doctor Antoine Nebel padre, de Lausana, es indiscutiblemente una de las más fuertes personalidades del mundo homeopático.

Adepto a la doctrina de Hahnemann desde hace aproximadamente cuarenta años, fue, si puede decirse, un centro de atracción para los homeópatas de todos los países a los que generosamente entregó sus ideas.

Sus trabajos científicos, su conocimiento de seis lenguas extranjeras, su valor clínico, la seguridad de su diagnóstico y su elevada cultura le dieron una autoridad considerable ante los médicos homeópatas.

¿Quién no conoce la originalidad de sus trabajos?

¿Qué homeópata no ha apreciado la claridad de su mente y la lógica de sus conclusiones?

Estudió sucesivamente la acción de las tuberculinas diluidas de las que hizo, audazmente, una patogenesia sobre él mismo.

Mostró cómo evolucionaba el parásito al que atribuía el origen del cáncer.

Consiguió establecer la teoría que llegó a ser famosa del drenaje o de la canalización al estudiar la regresión de los tumores bajo la influencia de los remedios homeopáticos.

Pero es la materia médica, tan importante, la que marcó con su huella: no sólo supo enriquecerla con numerosos remedios, sino que también la hizo animada con su concepción de la evolución en las tres direcciones de los “normocrinos, hipocrinos e hipercrinos”, representativos de los tres tipos Calcarea fluorica, Calcarea carbonica y Calcarea phosphorica, que abren el estudio del parentesco de los remedios donde su instinto de observación hace cada día una obra creadora.

¿Es preciso añadir que el doctor Antoine Nebel posee esa sencillez y esa bondad que son la marca de las grandes almas?

Los que acudieron a él seguramente se acuerdan de la buena acogida que encontraron a su lado.

El Dr. Antoine Nebel ha sido digno merecedor de los homeópatas y de la homeopatía.

Referencia: Homeopatía Moderna, 1932, redactor jefe: Dr. Fortier-Bernoville. Autor anónimo.

El doctor Antoine Nebel evocado por algunos de sus alumnos.

(1870-1954)

Referencia: Actes de la société Rhodanienne d’Homéopathie. Número consagrado a Antoine Nebel, 1er trimestre de 1955. 39 páginas. Con mis agradecimientos al doctor Henri Duprat, que me permitió reproducir este documento en mis revistas de prensa mientras aún vivía. Dr. R. S. (Jueves, 11 de abril de 2002.)

Esta biografía fue redactada al fallecer el doctor Nebel por el conjunto de sus discípulos preferidos: Dr. Daniel, Dr. Duprat, Dr. Heurtault, Dr. Jarricot, Dr. Pahud, Dr. Quenot, Dr. Rouy, Dr. Vidouze. Y su hija Jeannette Nebel.

Índice de las referencias: Índice, Introducción, Duprat, Jeannette_Nebel, Dr. Rouy, Jarricot, Pahud, Quenot, Heurtault, Daniel, Vidouze.

Introducción

Al decidir la publicación de este fascículo la Sociedad Rodaniana deseó que fuera un homenaje digno de su fundador, del maestro que acaba de sernos arrebatado cruelmente.

Además de que cumple así un deber que le es particularmente querido, nuestra Sociedad está contenta por ofrecer a los hijos del doctor Nebel este conjunto de recuerdos y de testimonios de admiración y de afecto.

Pero pretende además un objetivo más lejano y más general.

Espero ardientemente que estas memorias sean ampliamente propagadas fuera de sus propias filas, que sean leídas por muchos médicos sobre todo por los que no han conocido al querido desaparecido, y por aquéllos que siguen en la ignorancia o incluso, circunstancia más grave, en el error, a propósito del papel considerable que representó en nuestra escuela.

La historia de esta última conserva respetuosamente el recuerdo de los más grandes de nosotros, de aquéllos que fueron no solamente apóstoles de la doctrina, sino también de los modelos de ciencia homeopática y de abnegación médica. Podría citar aquí muchos nombres.

Me basta con recordar algunos, limitándome a Francia y a la Suiza francesa: Des Guidi, Mure, Rapou, Pétroz, Teste, Imbert-Goubeyre, Chargé, Gallavardin (padre e hijo), Peschier, Les Dufresne, Beck.

Y ahora, Antoine Nebel.

Conservemos ante nosotros estos ejemplos gloriosos y fecundos y esforcémonos cada vez más en elevarnos a su grandeza.

Dr. Henry Duprat, Presidente de la Sociedad Rodaniana de Homeopatía.

Extracto de un artículo del doctor Rodolfo L. Semich en la revista argentina Homeopatía del mes de octubre de 1954.

Si el homeópata analiza su bagaje intelectual, recordará que el pensamiento de Nebel está en él y lo nutre aunque no acepte el principio del drenaje.

Y el homeópata de corazón abandonará todo sectarismo para rendir homenaje a este hombre extraordinario que acaba de dejarnos y que apareció en el mundo de la medicina moderna como un renovador de la tradición hipocrática, en posesión de un gran saber técnico, de una gran erudición en la ciencia hahnemanniana y de una rica experiencia clínica.

Algunos recuerdos y un poco de historia por el Dr. Henry Duprat

Después de mis tres primeros años de práctica en Francia, durante los cuales tuve el inmenso privilegio de ser iniciado en la homeopatía, vine, inicialmente como único médico que practicaba allí nuestro método, a instalarme en Ginebra, no sin haber tenido que volver a presentarme a mis exámenes médicos y hacer una segunda tesis de doctorado.

Ya conocía la existencia del doctor A. Nebel como médico homeópata, pero apenas había abierto mi consulta ginebrina oí hablar mucho de él en los términos más elogiosos. Él mismo acababa de establecerse en Lausana y su reputación de médico curandero, en el buen sentido de este calificativo, se había difundido ya mucho en Suiza.

El doctor Nebel había comenzado como práctico, pero desconociendo aún todo de la homeopatía, en el cantón de St-Gall donde, muy penetrado de los recursos de la “naturaleza medicatriz”, había inclinado en seguida sus preferencias hacia la fitoterapia y, gracias a sus dones y a sus grandes conocimientos botánicos, buscó a lo largo de los caminos y en los bosques los principales elementos de su terapéutica.

Fue entonces cuando conoció al Dr. Grübenman, famoso práctico homeópata de St-Gall. Éste le reveló los arcanos de nuestra doctrina y de nuestra técnica y le hizo presentir la superioridad de esta última como segura colaboradora de la Natura medicatrix.

Ése era pues el camino que, por un instinto secreto, buscaba nuestro eminente colega, y su “conversión” no tardó en cumplirse y dar sus primeros frutos en la Suiza francesa bajo la magistral dirección del ilustre doctor Beck, de Monthey (Valais), cuyo talento de homeópata brilla con un resplandor muy vivo en la historia de la homeopatía helvética y al que debemos el conocimiento del maravilloso medicamento de la difteria, el cianuro de mercurio.

Instalado en primer lugar en Montreux donde la clientela afluyó muy rápidamente a su consultorio, y con razón, el Dr. Nebel muy interesado ya en materia de tuberculosis dejó el cantón de Vaud para emprender la dirección de un sanatorio antituberculoso homeopático en Davos.

Pero los límites impuestos por la especialización sólo podían decepcionar su insaciable curiosidad médica. Abandonó pues Davos para establecerse pronto y definitivamente en Lausana.

Por supuesto, desde el principio de mi práctica ginebrina, estaba muy impaciente por conocerlo y, como si fuera ayer, nos veo, a él y a mí, encontrarnos en el andén de la estación de Cornavin donde lo esperaba para implorar que me iluminara en la cabecera de uno de mis enfermos que estaba muy grave.

Encontré en él a uno de mis colegas más afables, más espontáneamente simpáticos, más naturalmente sencillos que he conocido. Además, nuestras relaciones se hicieron estrechísimas y particularmente cordiales muy deprisa.

Cuánto me gusta recordar los frecuentes “fines de semana” en Lausana en los que transcurría el día, demasiado corto, en la casa tan acogedora del boulevard de Grancy junto a él, su mujer, sus tres hijos aún niños que no tardé en considerar como sobrinos queridos.

Jeannette no había nacido todavía. Fue la más querida un poco más tarde. ¡Y qué sonriente acogida y tan afectuosa la de la madre de esos niños!

Otros colegas se unían a nosotros frecuentemente en estas reuniones dominicales, y Jules Gallavardin llegó a ser uno de los más fieles.

Profesaba una muy alta estima y una gran amistad al Dr. Nebel y poseía plenamente el talento de hacerle exteriorizar al máximo el fruto de sus meditaciones, de sus observaciones totalmente personales y de sus descubrimientos.

Más tarde, concibió el proyecto de una prolongada estancia junto a nuestro amigo para documentarse de una manera precisa y bien ordenada y para realizar así una exposición escrita de su obra creadora en el terreno patológico y sobre todo en terapéutica homeopática.

En efecto, el Dr. Nebel, sobrecargado de clientela y ocupando su escaso tiempo libre profesional en el estudio y en sus investigaciones de laboratorio, apenas encontraba tiempo para escribir. Lo que por otra parte le gustaba muy poco.

Desgraciadamente, un cruel y estúpido destino impidió esta preciosa realización.

La guerra de 1914-18 nos quitó a nuestro querido Gallavardin. A Dios gracias, unos años más tarde, en sus excelentes y diferentes trabajos, nuestro vicepresidente, el Dr. Rouy, alumno muy atento del Dr. Nebel y muy comprensivo con su obra, realizó en gran medida el sueño de Jules Gallavardin.

A partir de uno de nuestros primeros encuentros, Gallavardin me rogó que aceptara la corredacción del Propagador de la homeopatía, lo que constituyó el primer acto de una colaboración francesa y suiza francesa en la difusión y la defensa de nuestra doctrina.

Era también la época en la que la Sociedad Homeopática Francesa comenzaba a inquietar pasablemente a los médicos fieles a las directivas hahnemannianas. Esta sociedad, que había vuelto, a Dios gracias, a las mejores tradiciones, sufría entonces el gran ascendiente del doctor Pierre Jousset, notable clínico, pero sin duda más patólogo que terapeuta.

Con mucha claridad además, enseñaba la homeopatía, pero una homeopatía reducida, árida, en el sentido de que codificaba nuestros tratamientos mucho más según el diagnóstico nosológico que según la necesaria individualización del enfermo, en contra del gran precepto hahnemanniano.

Sin embargo, es preciso reconocer que Pierre Jousset seguía siendo unicista, lo que era un valioso testimonio a favor de la enseñanza del fundador de nuestra escuela. Admitía también la infinitesimalidad, pero sin tolerar, en un extraño ilogismo, que se sobrepasara la 30ª dilución centesimal.

Y en estos dos puntos de vista, individualización e infinitesimalidad alta, la Sociedad Francesa, inclinándose casi por completo bajo la autoridad de Jousset, se produjeron los conflictos.

No olvidaré nunca cierta sesión de 1909 a la que asistían varios miembros correspondientes de la Sociedad: Gallavardin, Nebel, yo mismo, y durante la cual el Dr. Léon Vannier, entonces gran admirador y defensor de Nebel, habló de una muy alta dilución de Ipeca, dilución que tenía de nuestro colega de Lausana y que le había valido un notable resultado en un gran asmático.

Semejante afirmación pareció un escándalo a los ojos de Pierre Jousset y de la mayoría de los miembros de la Sociedad. Por supuesto, tuvo las réplicas pertinentes de Nebel, de Gallavardin, de Léon Vannier y de mí mismo.

En esta sesión se llegó a hablar ocasionalmente de fibroma, siendo declarada esta afección, por un miembro de la directiva de la Sociedad, ¡fuera de las posibilidades de nuestra terapéutica!

El Dr. Nebel no pudo abstenerse de expresar su estupefacción al oír tal declaración de la boca de un médico homeópata. En definitiva, esta famosa sesión había puesto en manos de Jules Gallavardin unas armas aceradas que no dejó de aprovechar para atacar eficazmente las concepciones difundidas y bendecidas por el eminente Dr. Pierre Jousset quien por otra parte, en una época anterior, ya había criticado severamente al doctor Gallavardin padre, por el uso que hacía, muy eficaz sin embargo, de la ¡alta infinitesimalidad!

Algunos habíamos experimentado en países de lengua francesa, Francia y Suiza francesa, la necesidad de no consentir semejante estrechez de la técnica homeopática fundada en el respeto a los principios hahnemannianos, sin descuidar por supuesto todas las observaciones susceptibles de enriquecer estos principios.

Así fue como el Dr. Nebel y el Dr. Gallavardin resolvieron la creación de una sociedad franco-suiza, eco lejano de la primera Sociedad Galicana.

Le dimos el título de Sociedad de los Médicos Homeópatas del Sureste de Francia y de la Suiza francesa, enlazando así a las orillas del Ródano esta nueva creación.

La Sociedad no fue primero más que un pequeño grupo, no comprendiendo las primeras reuniones más que unos diez miembros: Drs. Nebel, Gallavardin, D’Espiney y Vadon, de Lyon, Gailhard, de Marsella, Léon Vannier y Paul Chiron, de París, Arnulphy, de Niza y yo mismo.

Desde estos primeros encuentros el Dr. Nebel nos reveló progresivamente sus adquisiciones personales: tuberculinismo, constituciones minerales, drenaje y de su enseñanza se alimentó uno de los más hábiles y constantes dispensadores didácticos de estas preciosas nociones y de los útiles procedimientos que se desprenden, el Dr. Léon Vannier.

Mucho más, el Dr. Nebel nos hacía que asistiéramos a la construcción de lo que llamaba el árbol genealógico de nuestros grandes remedios de fondo y nos iniciaba en varios signos objetivos cuya observación clínica ha enriquecido, gracias a él, las patogenesias de nuestros remedios.

El valor de los aportes que nuestra terapéutica debe al doctor Nebel no puede ser discutida so pretexto de una especie de “inmovilismo hahnemanniano”. Como muy bien dice el doctor J. Jarricot, en su reseña de la reciente obra de nuestro vicepresidente, el Dr. Rouy, nuestro maestro Hahnemann nos ha legado, en sus descubrimientos y su enseñanza los “gérmenes de cosechas futuras”.

El deber de sus discípulos es hacer fructificar estos gérmenes, deber al que Nebel contribuyó muy ampliamente.

No puedo abstenerme aquí de mencionar al respecto un artículo de mi colega ginebrino, el Dr. Pierre Schmidt, artículo cuya traducción española apareció, algunos días antes de la muerte de nuestro fundador, en el periódico Homeopathia que es la revista de la Asociación Médica Homeopática Argentina.

Que el Dr. Schmidt me permita volver a varias de las apreciaciones que formuló en este artículo en el que señala las “opiniones autocráticas” del Dr. Nebel. ¡No! Ser autócrata no es afirmar enérgicamente y de una manera repetida una firme convicción, cuando ésta se deriva de una amplia y constante experiencia y está confirmada por la lógica.

El Dr. Schmidt ataca primero al Dr. Nebel a propósito del uso que hacía de ciertos síntomas objetivos descubiertos por su observación y añadidos a las patogenesias de algunos de nuestros remedios como: la banda azulada del labio inferior de Causticum, la transpiración del labio superior de Thuja, la hiperqueratosis de la planta de los pies de Antimonium crudum, etc.

El Dr. Schmidt pretende que Nebel deducía sistemáticamente la indicación del remedio de la única constatación de tales signos. No, no era así y Nebel nunca lo pretendió.

Pero consideraba estos elementos objetivos como guías, “postes indicadores” que debían hacer pensar enseguida en los remedios arriba indicados, con la reserva de verificar su perfecta oportunidad por la búsqueda de sus otras características.

Es por otra parte lo que escribió el Dr. Schmidt algunas líneas después de su juicio de condena.

En cuanto al procedimiento de drenaje, introducido por el Dr. Nebel bajo la inspiración del gran Paracelso y debido a su propia experiencia, el Dr. Schmidt no lo admite.

En primer lugar encuentra este término de drenaje muy mal escogido, porque viene de la palabra drain que significa tubo, tubo introducido en una herida para asegurar la salida de los líquidos o bien tubos utilizados para desecar un terreno demasiado húmedo.

Y sin embargo, ¿no constata la medicina humoral, la de Hipócrates, la que la sana clínica, la más objetiva, no deja de afirmar, que la curación de muchas afecciones agudas y crónicas se produce por semejante procedimiento y según el esfuerzo de la Natura medicatrix de Hipócrates, de la fuerza vital de Hahnemann?

¿No se efectúa este mecanismo curativo, en efecto por cánulas naturales, tubos según el término de nuestro colega?

¿No son los canalillos renales, ureterales, uretrales, los canalillos sudoríparos, el intestino, el canal cístico, el colédoco, tubos?

La palabra drenaje está pues muy bien elegida sin ánimo de ofender el purismo terminológico de nuestro colega. En cuanto a la necesidad del procedimiento, no se puede negar su utilidad sin renegar a la vez de los humores pecantes de los antiguos, ridiculizados por el Dr. Schmidt, pero sin embargo muy conocidos hoy con el nombre de toxinas o como sustancias de desecho insuficientemente eliminadas, porque la intoxicación sanguínea, humoral domina, y muy legítimamente, la patología.

El término humores pecantes, en su encantadora ingenuidad, conserva un significado muy expresivo de la realidad de los hechos.

El Dr. Schmidt sigue pretendiendo que el drenaje es una concepción alopática. Y sin embargo, ¿ no es considerada y deseada por los médicos homeópatas la superactividad de los emuntorios, que realiza bien un drenaje, como el signo eminentemente favorable después de la aplicación del remedio?

¿Qué hace pues el Dr. Schmidt con la acción de Sulfur, de Lachesis, etc.? Y no olvidemos que la observación clínica no deja de demostrar que, en los casos graves, sobre todo lesionales, y, en particular, en la práctica de la isopatía, el drenaje, no sólo perfecciona la acción del simillimum o de lo idéntico sino que a menudo preserva al enfermo de una peligrosa agravación.

Al término de esta corta discusión, ocasional, llevada con toda franqueza, pero de un modo muy fraternal, creo poder afirmar que las críticas peyorativas de nuestro colega respecto a la obra del Dr. Nebel son no solamente ilegítimas porque son contrarias a los principios de la observación clínica, sino también porque su ilogismo teórico es muy evidente.

Por otra parte, estas críticas subrayan la tenacidad de algunos homeópatas en su voluntad de inmovilizar la obra hahnemanniana y de prohibirle todo crecimiento ulterior.

En las últimas palabras de su artículo, el Dr. Schmidt recuerda la advertencia dada por Hahnemann: “Imitadme, pero imitadme bien”, lo que no significa en modo alguno que nuestro maestro considerara su obra perfecta e inextensible para siempre.

Muy al contrario, como obra joven y viva, no podía no desear verla desplegar todas sus virtualidades, teniendo por intocables la ley del semejante, el precepto de la individualización y el empleo del infinitesimal.

Desde este punto de vista, Nebel no dejó de proclamar lo esencial: la utilidad de esta ley y de estos preceptos. Nadie se ha preocupado más que él de la individualización, mientras que realizaba muy a menudo ésta en la prescripción de un solo remedio.

En realidad, creo que forma parte de los médicos de nuestra escuela que han impulsado más la comprensión de la obra hahnemanniana. Y sin embargo, no le repugnaba cierto pluralismo.

Lo practicaba frecuentemente, pero con la sobriedad que exigen un gran conocimiento de la materia médica y la preocupación que debe conservar todo práctico de seguir con claridad el desarrollo de la obra curativa.

Recuerdo que, en estos casos, limitaba su receta complejista a 3 o 4 remedios: un remedio constitucional, un remedio isopático, un remedio funcional, un remedio drenador, confundiéndose estos dos últimos muy a menudo.

Este sabio pluralismo realizado con perfecta claridad es por desgracia deformado demasiado a menudo, traicionado, si nos referimos a semejantes prescripciones demasiado corrientes que he señalado en el último congreso internacional de Lausana, prescripciones que comprenden hasta 20 remedios diferentes.

Semejantes recetas pueden seguramente ayudar al enfermo, pero perjudican mucho el juicio médico de aquéllos que las practican y el prestigio de nuestra doctrina.

En realidad, Nebel no dejaba de “vivir” la materia médica. Todas las ocasiones de contacto humano, fuera de sus horas profesionales lo arrastraban a aplicarla.

Entre otros amables recuerdos, me acuerdo de cierta cena en mi casa; en varias ocasiones la criada que nos sirve se muestra muy torpe con las manos. Nebel la mira fijamente un instante y nos dice: “Es preciso darle Apis a la señorita”.

El síntoma “torpeza” no había bastado para emitir esta conclusión, divertida en este caso, pero el vistazo investigador del maestro había encontrado enseguida la confirmación del remedio en una observación rápida de la morfología, de la facies de la sirvienta.

Semejante superioridad del espíritu médico, del genio creador, de esta excepcional intuición no perjudicaba en modo alguno la perfecta sencillez de comportamiento y de maneras de Nebel. Lejos de envanecerse por tales dones, no se consideraba más que como el canal de algunas verdades que sus estudios y su práctica le habían revelado.

Si las defendía con vigor, no era tanto para satisfacer su amor propio como para expresar la estima debida a su propio valor y a su utilidad.

Lo he llamado muy a menudo a consulta para mis enfermos. Siempre se presentaba con una gran sonrisa, una apariencia muy sencilla, sin revestirse de ese aspecto sentencioso que no desdeñan siempre los pacientes. Muy dulce con el enfermo, hablaba poco.

Informado ya por mí sobre la marcha y las manifestaciones de la enfermedad, hacía un examen más o menos rápido del paciente, luego lo miraba durante bastante tiempo en un silencio que a veces me molestaba un poco y podía sorprender a la compañía. Durante esos minutos meditativos, se establecía en su cerebro una especie de competición entre dos o varios remedios ya evocados por una primera investigación.

Luego, Nebel se decidía a hacer tres o cuatro preguntas al enfermo o a los que estaban presentes, y entonces emanaba en él la luz deseada. El remedio estaba claro y, al dejar la cabecera de mi paciente, me demostraba su clara indicación.

Esta manera de “absorber”, si puedo decirlo así, a su enfermo por la indicación medicamentosa exacta, la he admirado muchas veces al asistir a sus consultas, asistencia que no fallaba nunca en evocar en mí el recuerdo de Hahnemann y esto, no solamente debido a su buena realización terapéutica, sino también a propósito de un detalle, muy accesorio en efecto, pero bastante típico.

Se nos ha contado que el fundador de nuestra escuela era un entusiasta de la pipa y que no temía distribuir sus remedios, a sus pacientes, en una atmósfera muy nicotinizada, a pesar de las reglas de abstención que prescribía en cuanto a bastantes elementos alimenticios o cosméticos, vinagre, café, perfumes, etc.

¡El puro es lo que le gustaba acariciar a Nebel! También lo he visto distribuir extemporáneamente medicamentos a los enfermos en la misma atmósfera de tabaco, medicamentos que no actuaban menos bien.

Pero insistía, no obstante, en evitar ciertos antídotos como el agua de colonia, la menta y por supuesto el alcanfor.

Acabo de hablar de su perfecta sencillez, de su comportamiento naturalmente afable y campechano, y otro recuerdo pintoresco me vuelve en apoyo de lo que digo. Fue hacia el final de un día de invierno bien completo.

Después de una numerosa consulta Nebel se ha retirado a su salón, se relaja en su sillón en el rincón de la chimenea donde chisporrotea la hoguera familiar, no sin haberse calzado sus zapatillas muy gastadas, bastante raídas, pero que le son más queridas.

Alguien viene a anunciar la llegada de una gran dama extranjera, la princesa X…, que está de paso por Lausana e insiste mucho en verlo. Como apenas sabe resistir a los ruegos de un enfermo, Nebel acepta recibirla, pero, como estaba tan bien instalado en el rincón de la chimenea, se niega a volver a su consultorio.

La gran señora es pues introducida hasta él y en seguida Nebel le ofrece un asiento. La princesa se presenta: “Princesa X…” Pero bruscamente desconcertada, no deja de considerar con estupefacción las viejas zapatillas.

“¡Oh! ¡Princesa, exclama Nebel, sí, lo sé, no son muy bonitas. Pero poseo unos maravillosos zapatos de charol, totalmente nuevos. Si insiste, Princesa, aceptaré el sacrificio de ir a ponérmelos, pero le aseguro que mi consulta no será mejor. Quizás lo contrario!”

La princesa comprende, consiente en hacerse la cómplice de las zapatillas. Muy pronto, sólo pudo congratularse por ello.

Por supuesto nuestro querido Nebel sufrió profesionalmente su parte de pruebas, como conlleva la historia de nuestra escuela para muchos de sus prácticos. Su considerable reputación no podía más que agudizar la oposición de sus colegas alópatas.

Porque, es preciso señalarlo tristemente, más aún que la doctrina homeopática, por otra parte muy a menudo ignorada completamente por sus más violentos adversarios, es el homeópata el que atrae la hostilidad de estos últimos y esto es proporcional a su valor y a sus éxitos terapéuticos.

A Dios gracias, esta hostilidad se ha suavizado mucho desde hace algunos años y se asiste más raramente a las persecuciones que sufrieron en otro tiempo bastantes de los nuestros. Grandes testimonios procedentes de eminentes maestros oficiales han representado su papel en este apaciguamiento. No obstante, al doctor Nebel no se le ahorraron crueles decepciones.

Porque tenía un gran fallo…, ver su sala de espera sin cesar atestada de pacientes ávidos de sus consejos. ¡Semejante éxito profesional no se le podía perdonar! Pero para él, estas intrigas hostiles eran compensadas ampliamente por la alegría de curar, por el reconocimiento de innumerables enfermos.

¡Cuántos de estos últimos llevan dolorosamente luto por él! Con ellos y mucho tiempo después de ellos la Sociedad Rodaniana al completo, nacida de su deseo, conservará en su memoria la más profunda gratitud por la distinción que le debe y por las riquezas que su genio le deja!

Tendría todavía muchos recuerdos que evocar a propósito de mi querido Nebel, pero debo limitarme pensando haber relatado los rasgos esenciales para hacer revivir el rostro del hombre y del sabio y para manifestar la importancia de su obra. Sé que las lagunas de mi relato serán ventajosamente colmadas por los redactores de este fascículo.

Y termino estas líneas, escritas con emoción, saludando calurosamente a esta tan fiel y preciada amistad de la que conservo celosamente un recuerdo imperecedero.

Evocaciones filiales por la señorita Jeannette Nebel

Evocar su fin tan dulce, tan apacible, tan sereno, su tranquilidad y su fe es un consuelo. Sabía que se iba y se reencontraría con todos los que amaba y admiraba.

Pensar en estos diez días de clínica es recordar su buen humor a pesar de su debilidad; es pensar en la recepción que hacía a sus médicos: “Buenos días, colega. Parece usted cansado. No tiene buen aspecto. Sería mejor que me dejara tranquilo y descansara.”

Es verlo pedir su pipa tan pronto como se sentía mejor. Fumó la última apenas dos horas antes de su muerte. Es oírle pedir las últimas noticias de la conferencia asiática aunque apenas podía hablar.

Es verlo enternecido ante el relato de uno de sus nietos que había ganado sus primeras monedas como marcador en el tiro federal; es su necesidad de ternura la que le hacía pedir “Bésame” y después de algunos besitos, su “ya basta”. Pero sobre todo es su gran fe sólo en sus remedios homeopáticos y su lucha ante los remedios más mecánicos que su estado reclamaba.

Es bueno recordar estos tres últimos años transcurridos en su piso de Les Mousquines, mirador encima del lago, enfrente de los Alpes de Saboya donde vivió en la tranquilidad y la paz, retomando todos sus libros, sus revistas homeopáticas y leyendo todo el día, volviendo a encontrar interés en múltiples cuestiones, abandonando a Paracelso por los trabajos sobre el cáncer, luego volviendo a la homeopatía.

Pienso que sus meditaciones fueron fecundas y que encontró un equilibrio interior perfecto, porque tenía una serenidad de sabio y su humor fue equilibrado y sin nubes.

Amaba su tranquilidad, las escasas visitas de viejos pacientes o de amigos o de colegas, y le gustaba sentarse con ellos en su terraza enfrente de esa espléndida vista que tanto amaba.

Evocarlo como caballero-agricultor en el Hoste, al pie de Les Maures es verlo desde el amanecer corriendo a través de los campos y bosques con los mayores calores o vigilando sus abejas o atronando a sus obreros que no trabajaban nunca como habría querido.

Es verlo vestido con una gran “sestrière” azul real y con un pantalón de fustán, sin afeitar y con el pelo entrecano rizándose en la nuca. Recibía casi a todos con un “¿A qué viene usted aquí?” poco hospitalario, pero no dejaba irse a nadie sin mostrarle la última hierba encontrada, panacea firmada por el Creador y cuyas virtudes había podido probar en enfermos venidos a verle a menudo como último recurso.

Son sus sesiones de botánica con Daniel o Heurtault que venían de visita en las que las plantas de Provenza tomaban entonces un aire de gloria.

Pero donde lo encontramos con más alegría es en su consultorio de la avenida Agassiz, allí donde dio lo mejor de su experiencia y donde practicó durante los veinte últimos años.

Su pequeño jardín donde ciertas malas hierbas tenían rango de vedette: la fumaria, la correhuela de los pájaros, la bolsa de pastor han hecho enrojecer a muchos campesinos que ni siquiera las conocían. Y cuántas veces nos ha dicho al salir de su consulta con una enferma: “No dejen entrar a nadie, voy a dar un paseo con mi paciente”. La tomaba por el brazo, la conducía a su jardincito y le enseñaba la planta curadora.

Hacía admirar sus tesoros, su higuera, sus melocotoneros, sus huesos de cerezas que agujereaban la tierra o su kilo de nueces que, sembrado en esa pequeña parcela en plena ciudad prometía unos veinte nogales.

Cuánto se ha paseado por este jardincito, volviendo a tomar contacto con la tierra entre sus consultas, descargándose de los efluvios de enfermedad dejados por los clientes, dando vueltas fumando un trozo de puro o una pipa rellenada a toda prisa, insensible a nuestros hostigamientos ante una sala de espera llena. Sólo cuando se sentía la cabeza más ligera volvía a comenzar su consulta, volviendo a su consultorio canturreando.

Y canturreando todavía subía a su piso, tras una jornada de trabajo enorme y agotador. Lo volvemos a encontrar en su laboratorio, vigilando sus cultivos de microbios o al microscopio.

Allí las horas no existían y a las dos o las tres de la madrugada lo encontraban todavía delante de su microscopio. Una última vuelta al jardín antes de acostarse, dejando todas las puertas abiertas tras él, cogía otro libro y se dormía con la luz.

El trabajo más pesado era la correspondencia. Se hacía por la mañana temprano. Dictaba y anotaba los remedios que había que preparar después de haber visto la ficha del enfermo.

Ciertas cartas eran irresponsables, no por mala voluntad, sino marcadas por el destino, se encontraban siempre debajo del montón, y era preciso astucias de Sioux para ponerlas en el circuito en el momento correcto y obtener a menudo una respuesta muy sencilla y fácil.

Cuántas veces me diría que era preciso acompañar toda preparación de remedio de un buen pensamiento, incluso invocar la fuerza divina para obtener de ellos el mejor resultado. Y pienso que su fuerza, su transmisión de vitalidad tan a menudo confirmada por sus enfermos, era la resultante de su estado místico.

En familia, lo encontramos casi siempre en posición horizontal. Le gustaba acostarse en su sofá, delante del fuego de la chimenea, no le gustaba el ruido pero sí la música.

Muy sobrio, comía cuando tenía hambre y lo que quería. La señora Rouy debe acordarse de la gran cena hecha en su honor con langosta y pularda y no sé qué más y que ni siquiera probó, habiendo encontrado en el jardín un rábano negro que hizo sus delicias. A menudo invitaba olvidando advertir al ama de casa, salía en zapatillas o sin corbata. Y eso le divertía, y nunca se sentía incómodo.

No se sabía su número de teléfono y recuerdo que una vez, que quería preguntarme algo, buscó el número de teléfono de su cuñado para preguntarle el suyo, distraído hasta el punto de no pensar que podía encontrarlo también en la guía como el de su cuñado. Bromista, nos mezclaba machos y hembras, cuando criábamos ratas blancas para el laboratorio.

Nos confesaba que había puesto un macho melancólico con las hembras, para curarlo de su neurastenia, mientras que mi hermana y yo, que nos ocupábamos de esos bichos, hacíamos todo lo posible para no tener nuevas camadas.

Si mis recuerdos se remontan más lejos, lo veo ayudándonos a traducir De bello gallico, pero dándonos la traducción en alemán… y se sorprendía mucho al vernos llorosas y no mucho más adelantadas.

O también, criticando el tono al recitar una poesía, nos marcaba el ritmo de los versos. Pero tenía poco tiempo para pasarlo con la familia. No puedo acordarme de los buenos tiempos de su juventud en Montreux donde tenía bastante tiempo libre para ir a pescar percas para la comida de mediodía.

Tan lejos como abarcan mis recuerdos, lo recuerdo atosigado por sus consultas o sus visitas, ocupado en sus trabajos de laboratorio y descansando muy rara vez. Le habría gustado mucho viajar, pero aparte de un mes en Marruecos y dos estancias en las Baleares, no lo vi ir a todos los rincones de Europa más que para ir a la cabecera de un enfermo.

Estos pocos recuerdos marcan sobre todo días claros. Hubo otros, por supuesto, de luto, de tristeza; pero también ahí la Providencia velaba y reavivaba el ánimo. Días de lucha contra la maldad o la incomprensión, pero no los evoquemos. Allí donde esté, reside el conocimiento de todo y el rencor no tiene lugar.

Sin duda perdonó a todos y hará todo lo que esté en su poder para iluminar los espíritus en el sentimiento de la justicia y de la paz. Le gustaba la medicina, sus enfermos con toda su alma, pero trabajó como médico homeópata y seguirá ayudando a la homeopatía desde el más allá.

Recuerdos por el Dr. Rouy, de París

Las impresiones que la memoria conserva, los recuerdos, conservan toda su juventud, toda su acuidad, cuando tienen el color de un afectuoso reconocimiento.

Así son los que, afortunadamente numerosos, nos deja nuestro maestro, el doctor Antoine Nebel, de Lausana.

Presentación. Otoño de 1921.

Nuestro amigo, el doctor Paul Chiron, nos llama por teléfono al final de la tarde porque le encantaría presentarnos esa misma noche, a las 21 horas, al señor Nebel, alojado en el hotel Louvois.

Llegado antes de tiempo, muy emocionado pensando encontrarme con quien considero como el maestro indiscutible de la homeopatía mundial, estábamos confundidos ante la bondad de nuestro amigo, nuestro iniciador en el marco de los puestos de socorro de la Somme en 1917 y que, hoy, quería que conociéramos a su maestro.

La amabilidad de Paul Chiron llegó hasta hacer que nos sentáramos muy cerca del doctor Nebel que, vestido con una larga levita negra, con problemas con un gran puro que no cesaba de volver a encender, explicaba a un jinete, que había venido para hablarle de un caballo enfermo de huélfago, lo que podía obtener con Arsenicum iodatum para equilibrar su peso y Strophantus para luchar contra su disnea.

La homeopatía, esta primera noche, nos pareció una terapéutica ilimitada del reino animal y el silencio, en el que los pocos invitados, “profanos” amigos de Nebel (entre los que había un miembro de la Academia Francesa), lo escuchaban, intensificaba la autoridad y el interés de sus exposiciones.

¡La velada terminó, por desgracia! Pero fue con una invitación a Lausana.

El doctor Amieux, el doctor Chiron y yo mismo nos deshacíamos respectivamente en cumplidos para pulsar el timbre, que sobresalía de una placa grabada: Doctor Ant. Nebel: Homoeopatischer Artz.

Allí era donde médicos, venidos de todos los países, llamaron para recibir una enseñanza, ofrecida sin restricciones y con una amistosa confianza.

El doctor Nebel, vestido con una bata blanca, nos acogió entonces en su despacho. Las tres habitaciones, que daban a su jardín botánico que había compuesto con algunas especies vegetales de las que sacaba los recursos terapéuticos, estaban ocupadas por enfermos ávidos de recibir sus cuidados.

Una vez hecha la presentación de los médicos parisinos con sencillez, Nebel nos hizo asistir a su consulta haciéndonos jueces de la determinación y de la acción de los remedios.

Arsenicum iodatum, Sulfur iodatum en tuberculosos eran objetivados por signos cutáneos precisos, Manganurn aparecía en la risa que no podía parar de un parkinsoniano, Coesium cuya acción sobre la artrosis del atlas acababa de descubrir, Phytolacca, y Conium que prescribía en el adenoma del seno, Graphites y Fluoric acidum, en los queloides dolorosos, Formica rufa y Fluoric acidum y Rhododendron en los reumatismos influenciados por el estado atmosférico.

Para nosotros era una clínica nueva y deslumbrante que él avivaba con explicaciones sobre matices de coloración de los labios, de las localizaciones preferenciales de las erupciones, de las modalidades horarias o estacionarias, etc.

Al saber de Nebel se añadía un corazón caritativo y, cuando daba sus remedios (en unos sobres en los que anotaba el nombre de los remedios y la posología) a algunos enfermos que sabía que eran pobres, deslizaba en ellos un billete que sobrepasaba el valor de su consulta.

Cuando caía la noche, Nebel nos retenía en el laboratorio de sus cultivos del Onkomyxa neoformans, apasionado por sus investigaciones sobre el cáncer y los cancerínicos, como antes de la guerra de 1914-18 lo estuviese con las tuberculinas y los tuberculínicos.

JURA. Otoño de 1925.

Nebel buscaba la verdad en la Naturaleza.

Eso era lo esencial de sus esparcimientos y, habiéndolo comprendido, le gustaba darnos su iniciación con unas formas muy expresivas.

En la época de la siega del heno, dejaba su consulta ante el asombro de su hija Jeannette para subir a su granja de Vennes. ¡Tras el considerable esfuerzo mental que había realizado, nuestro maestro experimentaba una necesidad intensa de campo!

Además, la perspectiva de una consulta en Dôle (Jura) que le ofrecimos un día fue bien acogida.

En esta época, ejercía en esa ciudad un hombre excelente, médico homeópata famoso y astrólogo experto.

Desde su llegada a Dôle, Nebel me llevó a la calle du Mont-Rolland, 12, a casa del amigo, el doctor Grosrichard.

Lo pintoresco de la acogida que nos dio Grosrichard permanece inolvidable. Vestido con una bata azul marino, ¡había conservado en la cabeza la gorra de médico mayor del ejército francés de 1918! En su mesa, libros antiguos: Paracelso, Mathéolus, efemérides y una multitud de frascos de tinturas de plantas y de gránulos etiquetados con las diluciones más variadas.

El doctor Grosrichard, como el doctor Nebel, era un excelente botánico y la invitación de herborizar en el bosque de Andelot fue rápidamente aceptada. Después de la degustación de un excelente kirsch regional, quedamos para el tren de las 14 horas.

La llegada del doctor Grosrichard al andén de la estación de Dôle provocó en nuestro maestro tal aturdimiento que se le escapó el puro que difícilmente abandonaba:

-“Un bastón y un paraguas, pero, pero… tú te preocupas mucho, Grosrichard.

-No os riais, nos respondió éste comprobando en su puño izquierdo el tema astrológico que le interesaba, seremos atacados y lloverá.”

Llegados al bosque de Andelot, Nebel, que ya nos había cogido Anagallis arvensis y Hieratium pilosella, nos explicaba sus propiedades en las afecciones oculares, cuando fuimos alertados por unos gritos de Grosrichard que se había aventurado en una maleza para coger grandes Belladonna y acababa de pisar un nido de víboras… la liberación de nuestro amigo fue más fácil con la ayuda de su bastón!

Prosiguiendo con nuestra herborización sin preocuparnos del tiempo, recolectábamos Senecio Fuchsii que Nebel nos señalaba como muy eficaz en la diabetes hepática, luego Digitalis grandifolia, Digitalis purpurea, la primera más indicada después de Calcarea carbonica y Graphites, la segunda más activa después de Silicea… cuando estalló una tormenta… y Grosrichard triunfaba bajo su paraguas parapluie.

A partir de ese día prestamos atención a los temas astrológicos del doctor Grosrichard, cuya última carta que recibimos algunos meses antes de su muerte, mientras estábamos movilizados en la base aérea de Étampes, ¡nos anunciaba el fin de la guerra de 1910 tras una batalla en Sebastopol!

Nuestra excursión acabó en una confitería del Jura, donde Nebel nos expuso sus ideas filosóficas de analogías y sus concepciones sobre las asociaciones vegetales, base de un complementarismo que debía incitarnos al estudio de las relaciones medicamentosas.

LONDRES, 1927. Congreso de la Liga Internacional de Homeopatía.

Nebel siempre defendió sus opiniones con ardor. Si su llegada a un Congreso Internacional era esperada por todos por la riqueza de las ideas que aportaba en las reuniones científicas, era temida en cambio por su entorno por la originalidad de su comportamiento en las manifestaciones complementarias.

En Barcelona, en 1924, lo perdimos en la multitud mirando un desfile de tropas que marchaban para Marruecos. En Roma, en 1930, donde sus exposiciones en cinco idiomas lo habían hecho famoso, perdió su reloj. En Londres, en 1927, le causó al doctor Letellier y a mí mismo terribles emociones.

Se acercaba la hora de la cena de clausura. Esperábamos en el hall del hotel con traje de etiqueta, y nadie sabía dónde estaba Nebel.

Entramos entonces en su habitación y vimos a nuestro maestro con la cara ensangrentada. No es nada, dijo, voy a tomar una dosis de Staphysagria. Examinando la navaja de afeitar, causa de esta mutilación, nos sorprendimos al ver que la casi totalidad del papel translúcido que protegía la cuchilla estaba aún en su lugar.

Las distracciones no existían para Nebel más que al acercarse las ceremonias o las salidas… Muchos amigos a los que les gustaba acompañarlo a la estación de Lyon se acuerdan de las dificultades que tenía para encontrar su billete, que incluso ¡tuvo que volver a comprarlo!

DUN-SUR-AURON (Cher), otoño de 1928.

Rico en ideas, rico en sí mismo, derrochando, el sembrador Nebel se había forjado amigos a los que nada detenía para hacerle escribir lo que no dejaba de pensar.

Fue así como el señor Bernard de Bonneval nos invitó a cazar en su propiedad de La Chaume en Berry. Nuestro papel de secretario era muy difícil de mantener.

Nebel ya nos había dictado dos páginas, cuando, pasando delante de la ventana, ve detrás de un macizo de Salvia fragrans un conejo perdido cerca del pabellón de caza.

Hemos relatado en Lyon en marzo de 1952 durante la ceremonia de imposición de su medalla las cualidades de cazador del doctor Nebel:

“fusil rápido y seguro, apasionado por vencer la habilidad de la caza”.

Nebel había desaparecido, descolgado su fusil del armero y una detonación ya había resonado… pero ¡no era más que el primer conejo!

Abandonando entonces las investigaciones del profesor Opitz sobre la anatomopatología del cáncer, me reuní con mi maestro que, ante algunas bayas de espino blanco (Cratoegus oxyacantha), me expuso la preparación de un vino que daba aliento a los montañeses y a los cazadores.

Tónico cardiaco Nebel: “En un litro de vino blanco, dejar macerar durante quince días treinta bayas de espino blanco. Añadir 200 gramos de jarabe de azúcar. Dejar fermentar quince días. Filtrar. Tomar un vaso de licor antes de salir a cazar”.

Faltó poco para que esta enseñanza tuviera consecuencias dramáticas. Habiendo dado la receta a un viejo cazador del Eure que preparó cierto número de botellas no etiquetadas y que llegó a fallecer… los herederos bebieron este excelente vino blanco perfumado.

Entonces fuimos alertados una noche por un colega llamado de urgencia para saber lo que podía contener. Porque era un verdadero proving. Los comensales estaban en un estado de confusión cerebral con sensación de dilatación cardiaca.

Los bellos días de otoño incitaban poco al trabajo. La caza era abundante y el doctor Nebel había matado un conejo que presentaba un cancroide de la oreja para el cual me enseñó las propiedades de Jequirity en aplicaciones locales.

Durante la velada, el ama de casa, que poseía un encantador perrito pequinés, acordándose de nuestra competencia en oftalmología, nos lo presentó para una consulta.

Ante los leucomas inflamados, dudábamos entre una prescripción Sanguinaria para la intensidad de la vascularización y Conium para la extrema fotofobia.

El doctor Nebel no dudó y soplándome al oído: “Veamos Rouy, es una solterona. Es Conium.

Lo que hemos querido reflejar es un débil intento de compensación de la ausencia del doctor Nebel por el recuerdo.

El más conmovedor de los recuerdos, de los que tan a menudo he sido testigo, es el de la abnegación afectuosa que le mostraba la mayor de sus hijas: Jeannette.

Si Jeannette era para Nebel una secretaria, una auxiliar de laboratorio, una farmacéutica, un ama de casa, era sobre todo aquélla que todos los amigos habían llamado el “ángel guardián” de nuestro maestro. Tanto en los buenos como en los malos días, él supo crear a su alrededor el ambiente más dulce que hubiera podido desear.

Pensando en el consentimiento que dio Nebel a su partida para el más allá, no podemos impedirnos citar esta frase de Cicerón: “Lo que da más calma para afrontar la muerte en el ocaso de nuestros días es el recuerdo de una bella vida”.

Jeannette Nebel había dado a su padre esta visión del recuerdo que merecía más que ningún otro.

Octubre, 1954.

Nebel y las altas diluciones por el Dr. Jean Jarricot

Aunque sea inexacta la leyenda de un Nebel “el hombre que nunca escribe”, no hay más que referirse al homenaje que le rindió nuestra Sociedad (1) en 1931.

Sin embargo, si Nebel hubiera reunido en un libro a la medida de su importancia las conversaciones familiares durante las cuales dispensaba literalmente su saber, todos podríamos medir hoy la influencia ejercida por este gran práctico, gracias a sus observaciones clínicas, a sus ensayos experimentales, a las reflexiones que un espíritu profundo como el suyo supo deducir de ello.

Si por otra parte nos fuera permitido formular un deseo, sería que aquéllos que estuvieron cerca de él y que podrían reunir una bibliografía completa de sus publicaciones sobre el cáncer (2) y tal vez de investigaciones aún inéditas, hicieran el objeto de un estudio meditado que todos podrían aprovechar.

Aquí limitaremos nuestra tarea a exponer la participación de Nebel, casi exclusivamente en el contexto de nuestra Sociedad, en el estudio y en la defensa de las altas diluciones. Pero debemos comenzar por algunas observaciones sobre las potencias que empleó.

Desde la aparición de los dinamizadores realizados por el ingeniero suizo Perdrisat, primeramente a petición de Nebel, éste pudo utilizar verdaderas korsakovianas. Pero siempre recurrió a preparaciones que tenía de Swann, de Finck, de Skinner, de Nash, de Shedd; y carecemos de información, al menos en lo que nos concierne, sobre lo que fueron esas diluciones, hasta tal punto que parecen atenuaciones por fluxión, como lo fueron las diluciones obtenidas de las primeras máquinas que Nebel mandó construir sobre el modelo del aparato de Skinner.

Por otra parte, Nebel se congratula en muchas circunstancias de los resultados que le exigía a unas preparaciones de Jenichen, mucho tiempo secretas, suponiendo que se sepa aún hoy exactamente cuál fue su modo de preparación.

Rapou dice (3) que Wilhelm Gross, el célebre discípulo de Hahnemann, “saca todos sus remedios de Jenichen y pretende que este preparador no tiene un procedimiento especial, que actúa según las reglas generalmente seguidas”.

Pero, por lo que nos enseña Bradford, ésa no fue la opinión de Hering ni de Rentsch.

Que sepamos, no se dice en ninguna parte que Jenichen vaciaba el frasco a cada potencia. Las características más seguras de estas preparaciones serían que Jenichen hablaba de un frasco que había contenido el licor madre y que dejaba evaporar previamente, que hacía variar el grado de las atenuaciones (1 para 6000 por encima de la 800ª) (1 para 6000 por encima de la 800ª) y que imprimía sacudidas vigorosas a sus frascos, unos vasos de 500 c. c. aproximadamente para las altas potencias.

También debemos admitir que ignoramos por qué Nebel elegía tal dilución de tal origen antes que tal otra entre las que poseía en sus colecciones; probablemente, porque tal dilución de tal origen le había salido especialmente bien en un caso dado y porque él solo conocía los recursos de los que disponía y de los que obtenía a menudo resultados espectaculares.

Cualesquiera que sean estas incertidumbres, el hecho es que Nebel hacía un uso muy amplio de las altas diluciones. Lo vemos en el Propagador indicar a propósito de casos clínicos (5) Argentum met. 12 m, Chelidonium, Natrum mur., Sulfur, Dulcamara, Bovista 100 M, etc.

Pero no era exclusivo. Al lado de potencias elevadas lo vemos recurrir a 30ª e incluso a bajas; así (6) a Helonias dioica 6ª, Pollantinum 3ª.

Expuso por otra parte las reglas de su conducta, el modo de acción de las H. D. y sus contraindicaciones (7).

E hizo un resumen tan condensado que lo mejor es citar el texto original.

“La cuestión de las dosis infinitesimales puede sin duda ser dilucidada por experiencias clínicas, pero se puede oponer al valor de estas experiencias la inexactitud posible de las observaciones, los efectos posibles de la sugestión y el carácter quizás espontáneo de la curación.

”Otro es el valor demostrativo del efecto curativo del remedio sobre el animal que ha enfermado artificialmente…

”El cobaya, por ejemplo, inyectado con una cantidad suficiente de bacilos virulentos de la tuberculosis, o del muermo, sucumbe a los ataques de la enfermedad con unos síntomas que varían muy poco de un individuo a otro y en un tiempo determinado…

”Bajo la influencia de esta idea, experimenté hace algunos años en cobayas y conejos inoculados con cultivos de bacilos de la tuberculosis… los efectos de diluciones 100ª, 1200ª y 500 m de tuberculina…

”Bajo la influencia de la tuberculina a la 1200ª y a la 500 m se produce una enorme afluencia de leucocitos alrededor del foco mórbido; estos leucocitos penetran en el interior del foco, absorben las toxinas y los desechos celulares y los arrastran a la circulación…

”De este transporte de las toxinas y de las escorias del foco mórbido a la circulación nace la agravación medicamentosa… Las toxinas esparcidas en la sangre provocan la formación de anticuerpos y finalmente son eliminadas por los emuntorios… Nuestras altas diluciones provocan pues indirectamente una inmunización activa al mismo tiempo que eliminan las toxinas… ”.

La denominación que hemos adoptado es la de Kent. “Kent, hace observar M. P. Schmidt, siempre ha designado con m minúscula las milésimas diluciones y con M mayúscula las millonésimas”. (Actas del Congreso hom. de Ginebra, 1931, p. 537, en nota).

¿Son decisivas algunas experiencias de este orden y no hay nada un poco novelado en la hipótesis de Nebel?

Nos incita a objetar que el aflujo leucocitario alrededor de un foco infeccioso artificial es un fenómeno constante fuera de toda adición terapéutica (8).

Por otra parte, se puede poner en tela de juicio que la enjambrazón de bacilos fagocitados y arrastrados hacia los emuntorios constituye un fenómeno uniformemente favorable. No podríamos olvidar la frecuencia de la tuberculosis renal en los tísicos. Pero Nebel dispone de un argumento sin réplica para mostrar la afortunada influencia de las H. D., al menos en el caso en el que se situó, el de la infección experimental del cobaya.

La duración de la supervivencia en los sujetos no tratados es conocida y muy sensiblemente fija. En los sujetos tratados con H. D. de tuberculina, la supervivencia es considerablemente prolongada. Nebel pudo mostrar por otra parte la acción local de una H. D., con un experimento elegante

“Se inyecta en la oreja del conejo un cultivo vivo del bacilo del muermo. Después de quince días a tres semanas, cuando la placa indurativa se ha formado, se le da al animal una 300 o una 2000 dilución de maleína. Se produce, al cabo de algunos minutos una dilatación de los vasos peritumorales, mientras que la oreja del lado opuesto no presenta ninguna reacción” (9).

Como no hay peor sordo que el que no quiere oír, no es seguro que Nebel haya convencido a los adversarios de las H. D. Lo cierto es que les propuso otros dos tests fáciles de repetir o que pueden servir de punto de partida para experimentos análogos.

A.- Se inyecta a tres palomas “un miligramo de veneno de cobra” en el pectoral grande. Según el texto que relata el experimento el sujeto testigo muere a las tres o cuatro horas que siguen. De los dos otros sujetos preparados uno recibe una dosis de Naja tripud. m. No sobrevive, pero la muerte es sensiblemente retardada. El tercer sujeto recibió Naja 100 m. Sobrevivió. Ni siquiera parece incomodado. Según las leyendas de una fotografía (10) que acompaña el texto, mientras que el sujeto testigo yace en el suelo, se ve todavía de pie pero ya inquieto el sujeto que recibió Naja m, mientras que el sujeto que recibió Naja 100 m. saca el pecho, soberbio.

B.- Partiendo del hecho de que la levadura de cerveza es destruida después de una hora de contacto con una solución de sublimado a 1 / 40. 000, Nebel imagina no dejar que el contacto tóxico dure tanto tiempo, lavar la masa de ascomicetos con un suero estéril, luego volverla a llevar al medio nutritivo, parte tal cual, parte añadida de Corrosivus 30ª, 200ª y 10 m. El test consiste en la medida del desprendimiento de ácido carbónico en tiempos iguales para cada uno de los lotes de levadura.  Corrosivus testimonia una acción favorecedora (11).

Nebel fue el primero en hacer hincapié en la duración demasiado corta de sus experimentos, en el número demasiado reducido de los ensayos a los que procedió. En realidad, estas investigaciones merecen no ser minimizadas.

No es poco haber abierto un camino nuevo. No es despreciable haber imaginado experimentos concluyentes.

No es un éxito baladí haber mostrado que algunos experimentos significativos confirman los hechos observados en la clínica y, por otra parte, las investigaciones experimentales de otros sabios, como demostró  H. Duprat en 1931 en una amplia exposición en el Congreso homeopático de París.

Es preciso añadir que nadie menos que nosotros sabría presentar una objeción sobre la eficiencia de las H. D. después de haber consagrado tan largos años como hemos hecho en recalcarla, con tests variados, en sujetos sacrificados por cientos y recurriendo a cantidad de aparatos creados para este propósito, como a testimonios gráficos de los resultados (12).

No pensamos sin melancolía en los testimonios de amistoso interés con los que Nebel animó nuestras primeras investigaciones. Fue hace 22 años…

Así Nebel tenía las razones más justificadas para preconizar el empleo de las H. D. en la clínica, en los casos apropiados (13). Lo hizo e hizo bien. Pero el contacto de un espíritu tan completo como el suyo con la falsa ciencia de los bajo-dilucionistas debía ser generador de tormentas.

Lo vimos demasiado cuando los antihahnemannianos de la Sociedad Francesa de Homeopatía, prefigurando los ataques de nuestra época, votaron, a finales de 1909, la Moción Planton cuyo texto merece no ser olvidado: “La Sociedad Francesa de Homeopatía desaprueba totalmente las preparaciones del Dr. Nebel como no conformes a su enseñanza y a su farmacopea”. Treinta y dos miembros estaban presentes en la sesión. La orden del día fue adoptada por unanimidad, y Planton había hablado con una insolencia poco común.

Hemos relatado (14) cómo habiéndosele negado la palabra a Jules Gallavardin cuando quiso reabrir el debate, ya no quedaba otra decisión a los hahnemannianos de provincias, si querían disponer de una tribuna libre, que la de fundar una nueva agrupación; fue la “Sociedad de los médicos homeópatas del sureste de Francia y de la Suiza francesa”, nuestra Rodaniana.

Pero ya bajo la égida de Jules Gallavardin y de Henri Duprat nuestro audaz Propagador se había mostrado preparado para las controversias (15). La Sociedad Francesa de Homeopatía no iba a tardar en darse cuenta de que había prendido fuego en bosque seco.

Recordamos cómo, en 1946, cuando cierta Comisión llamada de la Farmacopea, nacida de las obras de P- E. Vannier en el seno de la Sociedad Francesa de Homeopatía, emitió la pretensión de imponer a los médicos franceses que ya no recurrieran en adelante más que a las bajas hahnemannianas, el grupo lionés de nuestra Sociedad se levantó contra este cesarismo renaciente.

Pero para ser firme la respuesta de los Rodanianos de provincias fue formulada en términos moderados (16). Más combativo, Nebel debía dar otro aire a su réplica. En ella se percibe la elocuencia caústica de un Guy Patin, en la época de las batallas del antimonio y de la quinquina.

“Los ciegos, escribe (17) hablan en este momento de colores en la Sociedad Francesa de Homeopatía.

”Se cometen errores aritméticos y se maltratan las leyes de la lógica. El clan que nunca ha pecado por exceso de veneración con respecto a Hahnemann evoca las sombras del gran maestro para defenderse de la homeopatía mística de las altas diluciones.

”Aconsejo a esos escépticos que lean la introducción al estudio del Arsénico en las Enfermedades crónicas (IIª edición).”

Abordo la cuestión: ¿Y si las altas diluciones tienen verdaderamente ventajas?

Querer discutir su eficacia es una insolencia dado que médicos de un calibre muy distinto a los miembros actuales de la Sociedad Francesa de Homeopatía las han experimentado y encontrado eficaces: cito a C. Hering, Lippe, Raue, Dunham, Son, Farrington, H. C. Allen, Nash, Kent, Berridge, Skinner, Marquis de Nunez, Gallavardin padre, von Villers, Stiegele.

“Se replica, prosigue Nebel, que estas altas diluciones no corresponden más que a la 4ª o a la 30ª o a lo sumo a la 200ª…”

Tan verdad es que se encuentran las mismas alegaciones sin fundamento en todas las renovaciones del bajo-dilucionismo. Pero Nebel podía citar ejemplos inexorables como tenían que hacerlo las Actas en semejante circunstancia.

“En la epidemia de tos ferina del verano pasado, vi muchas veces la acción sorprendente de Drosera 100 m de Nash. ¡Cuántas veces he constatado la disminución casi instantánea de un acceso de asma característico de Ipecacuanha con una dosis de este remedio a la 10 m o a la 100 m!

Lachesis 100 m quitó la jaqueca de una enferma para la que uno de nuestros colegas parisinos mejor cualificados nunca llegó a hacer algo apreciable…”

Pero, concluye Nebel, ¿de qué sirve continuar con estas citas?

“Habiendo pasado yo mismo por lo que llamaría la rutina de Leipzig y de St-Jacques, y habiendo practicado el empleo exclusivo de las bajas diluciones el tiempo suficiente para permitirme un juicio, afirmo junto con el mayor número de nuestros ilustres prácticos -non numerandae sed perpendendae sunt observationes- la gran superioridad de las altas diluciones sobre las bajas.

”Esta superioridad se presenta sobre todo en los casos en los que unas bajas diluciones dadas previamente dejan de actuar o no han actuado en absoluto, y en los que las altas diluciones curan.”

Finalmente, hablando de las observaciones que su maestro, el Dr. Beck, había enviado, en vano por otra parte, a la Sociedad Francesa de Homeopatía, Nebel cuenta que este último ya había puesto de manifiesto que los mismos enfermos se curaban con la ayuda de altas diluciones de los mismos remedios que se habían revelado inactivos en bajas.

En el transcurso de años de experiencias clínicas y de experimentaciones que duraron medio siglo, Nebel no varió nunca en su sentimiento de estima por las H. D. En el Testamento que nos pidió que insertáramos en 1919 en las Actas de nuestra Sociedad (18), recuerda a propósito de las H. D. su participación activa en su confección metódica y su juicio siempre tan favorable, apoyado por numerosas observaciones clínicas.

Si no salió a la palestra en el momento de las últimas peleas, fue porque se remitía a los hechos intrépidamente, porque bastaba, pensaba, suscitar para convencer. “Vayan a por todas y hagan lo mismo”, fueron sus últimas palabras. Había asistido a la batalla librada por la Rodaniana, entonces sola. Había conocido la adhesión del enérgico grupo de Aquitania. Presentía que la Sociedad Francesa iba a ponerse a nuestro lado, como hizo abiertamente después (19). Había realizado su tarea; el viejo luchador podía descansar.

Notas y bibliografía

1.- Duprat. La Sociedad rodaniana y el Dr. L. Vannier. El Propagador, octubre de 1931.

2.- Citemos, en el marco de la Rodaniana y del Propagador sobre los trabajos de Nebel relativos al cáncer: Sesión de la Sociedad en Marsella, 28 de abril, 1912. Organización de una Liga hom. contra el cáncer y tratamiento hom. del cáncer, pps. 104-112.

Nebel anuncia que va a organizar un laboratorio personal.

Liga hom. contra el cáncer. Conferencia del Dr. Nebel, en Berlín. (El Propag., 31 de enero de 1913, pps. 16-18).

Reunión de la Sociedad del 6 de abril de 1913. El Dr. Nebel y la Liga hom. contra el cáncer. (Propagador, 30 de abril de 1913, p. 76).

Propagador del 30 de junio de 1913: Anuncia clases que se darán en Lausana, sobre todo por Nebel y Odier, director del Laboratorio de cáncer en Ginebra. Cáncer de estómago, pps. 129-137. Importante comm. del Dr. Nebel con especificación de remedios.

Propagador del 30 de sept. de 1913; Nebel: A propósito de un laboratorio hom. para el estudio del cáncer. (Sesión de la Sociedad en Lausana de los días 29, 30 y 31 de agosto de 1913.)

Nebel. Casos de cánceres. El Propagador, 31 de enero de 1914. Laboratorio hom. para el estudio del cáncer. Ensayo de sustancias inmunizadoras, p. 5.

Nebel. Notas sobre nuevas preparaciones anticancerosas. El Prop. Enero-febrero de 1915. Parentescos de estos remedios con ciertos remedios hom. Estas Notas muy importantes van seguidas de un artículo del Dr. Nebel sobre el drenaje y los remedios canalizadores.

Nebel. Los ciclos de evolución de los parásitos del cáncer humano. (La reseña fue analizada por H. Duprat en el Propagador de marzo de 1932, p. 165 (Diagnóstico precoz: toxinas retiradas de los cultivos del parásito).

Nebel. Conferencia sobre la etiología y el tratamiento del cáncer. (Prop., 1938, n° 10).

3.- Rapou. Historia de la doctrina médica homeopática. Baillère, 1847, p. 455.

Sobre las diluciones confeccionadas por Jenichen, consultar: Skinner. Órganon, 1870, vol. 11, p. 429 (citado según Nebel, Actas de la Soc. Rh. d’hom. Junio, 1949).

Griesselich Handbuch. (Citado según Assmann. Actas del Congreso de Ginebra, 1931, p. 356).

4.- Bradford. Pioneers of Homeopathy, (art. sobre Jenichen, p. 401).

Hering. Bemerkungen über die Jenichen’schen Hochpotenzen (Allegemeine hom. Zeitung, 1845, pps. 199, 353). - Hochpotenzen. Eodem loco, 1851, vol. 41, pps. 209. 225).

Gross. Forsetzung des Berzeichniffes der Jenichen in Wismar bereiteten (Neue Archiv. f. die Hom. Heilkunst, 1846, vol. II ch. 3, p. 184).

Rentsch Jenichen und Hochpotenzen. (Allgem. hom. Zeit. 1851, vol. 42, pps. 145, 161, 177, 193, 340, 369). – Eodem loco; ver también un artículo sobre Hering, 1847, vol. 34, p. 52).

Hemos sido generosamente ayudados en estas búsquedas bibliográficas por la señorita Simon, bibliotecaria del hospital St-Jacques, en París, sobre todo en lo que concierne a los autores ingleses y alemanes que ha tenido la bondad de consultar para nosotros.

(5) Nebel. Casos clínicos publicados en el Propagador:

Lachesis 10 m, para una tos quintosa; Ovarinum 3ª para trastornos de la menopausia y Ovarinum 200ª y 1000 ª en las mujeres nerviosas, menopáusicas con excitación sexual (31 de marzo de 1907).- Sulfur 30ª en las opacidades del cristalino (30 de abril de 1907).- Tuberculin TR 200ª en un caso de albuminuria en un tuberculoso. (31 de mayo de 1907).- Argent. met. 12 m para cefaleas y tic doloroso.- Sulfur, Podophyl. luego Chelid. los tres en 100 m para diarrea, adelgazamiento y trastornos del olfato.- Natrum mur. 100 m para incontinencia urinaria y dolores menstruales.- Sulfur 1000ª, Aloe 200ª para flatos que se escapan sin control.- Cuprum 10 m y Carbo veget., 200ª en alternancia para acceso de asma.- Spigelia 100ª para cefaleas y tic doloroso.- Dulcamara 100 m para diarrea por frío húmedo (31 de oct. de 1907), etc.

(6) En un caso de congestión uterina (Actas de la S .R. H., 1938, p. 182.) – En un caso de fiebre del heno. (Propag., 31 Oct. 1907).

(7) Nebel. Las altas diluciones. Su modo de acción y sus contraindicaciones (Le Prop., 28 de febrero de 1901).

(8) A. Calmette, La infección bacilar y la tuberculosis, p. 95.

(9) Actas del Congreso int. de Homeopatía de París, 1932, p. 236.

(10) Nebel. Un intento de verificación experimental de las H. D. (Eodem loco, p. 239.)

(11) H. Duprat. ¿Cuál es el valor de las críticas y condenas formuladas comúnmente contra la homeopatía? Actas del Congreso de la Liga int. de Hom. Ginebra, 1931, p. 122-134. Ver también, a propósito de la acción de Corrosivus en H. D.: Allgemeine hom. Zeitung, 1905, 27 de abril, para la memoria original de Nebel.

(12) J. Jarricot. Para un resumen de nuestras investigaciones hasta 1951, cf. Homeopatía y Farmacología experimental. Lectura en el  Centro de Estudios homeopáticos de Lyon, mayo de 1951. Lo infinitesimal de los homeópatas; reseña editada por los Laboratorios P. H. R., Lyon, 1951.

(13) Para las contraindicaciones dadas por Nebel en el empleo de las altas diluciones remitirse a: Las altas diluciones, modo de acción y contraindicaciones (Propagateur, 28 de febrero de 1910).

(14) J. Jarricot. Hahnemannismo. Respuesta a M. P. E. Vannier por la oficina de la Sociedad rodaniana de homeopatía. (Actas de la S. R .H, marzo de 1947.)

(15) Remitirse, por ejemplo, en lo que concierne al Dr. Huchtard y a su conversión a la homeopatía a los artículos de Jules Gallavardin y de Henry Duprat en el Propagador de 1908.

(16) J. Jarricot. ¿Es preciso limitar sólo a las bajas hahnemannianas las preparaciones oficinales homeopáticas ? (Actas de la S. R. H., sept. de 1946).

(17) Nebel. Las ventajas de las altas diluciones (Propagador, 31 de diciembre de 1909).

(18) Nebel. A propósito de las altas diluciones. (Actas de la S. R. H., junio de 1949).

(19) Dr Noailles. Consideraciones de actualidad respecto al voto emitido por la Soc. Fr. d’Hom. el 15 de mayo de 1946. (Soc. fr. d’Hom., sesión del 19 de mayo de 1954).

Las veladas en casa del Dr. Nebel por el Dr. Ch. Pahud, de Lausana

Buenas noches, buenas noches, en seguida estoy con ustedes… Y yo esperaba, ¡oh!, no mucho tiempo, en el consultorio donde habían desfilado todo el día pacientes de todo tipo, de toda condición, que venían incluso de muy lejos a buscar la ayuda de este médico genial, que, como un “hechicero” descubría el remedio salvador ayudado por su péndulo mágico.

En esas reflexiones estaba cuando una voz, que traicionaba un poco sus orígenes de suizo alemán, me interpelaba:

“Dr. Pahud, venga a ver este tubérculo”.

Al entrar en el laboratorio, veo una cabeza gris, con el pelo desordenado en la nuca, un resto de puro en la comisura de la boca, inclinada sobre el microscopio; una lamparita ilumina misteriosamente el espejo del aparato, donde soy llamado a descubrir células gigantes y células epiteliales:

“Vea, dice el sabio haciéndome sitio, estos leucocitos van a cargarse de veneno, y a llevarlo a la circulación; esta toxina, como he demostrado muchas veces, va a destruir los glóbulos rojos, cuyo hierro liberado se eliminará por el intestino grueso, ocasionando el estreñimiento. Será preciso evitar este inconveniente, y dar Pulsatilla.”

Novato todavía en la homeopatía (fue en 1932 aproximadamente) me impresionó mucho esta entrada en materia, que me revelaba, en una fisiología express, la ya larga experiencia de este eminente maestro, que visitaba a veces con una admiración que no dejaba de aumentar.

Y la lección continuaba mientras dejábamos el laboratorio, donde, la bata tirada en una silla, el puro vuelto a encender con el mechero de Bunsen, los cobayas y las ratas eran abandonados a su suerte más o menos lejana, víctimas destinadas a la insaciable curiosidad de aquél que acababa de abandonarlas, unos tuberculizados, las otras, con el apetito trastornado por un tumor que no perdonaría.

Sepia seguirá cuando el hígado esté congestionado, deteriorando la periferia de los lóbulos; luego, será Lycopodio, con su canal intralobular taponado, y la agravación hacia Petrol y Arsénico.

Yo expresaba mi asombro ante todas estas precisiones.

“Usted verá en su práctica que tengo razón. Todos sus Sepia vendrán de Sulfur y de Calc. c. En Montreux, usted encuentra muchos; a la orilla del mar también; todos los síntomas de este remedio vienen de su hígado deficiente.”

Volviendo al consultorio, buscábamos en el Clarke nuevas precisiones sobre estos remedios.

Sobre la mesa la gran caja de cartón verde oscuro de los medicamentos; el frasco de gránulos “vírgenes”, que, embebidos con sutiles dinamizaciones, darían alivio a los sufrimientos, las cajitas multicolores también, que, llenas con los “granitos”, llegarían a ser como un regalo precioso de golosinas, tan apreciadas por los pacientes muy jóvenes; a la derecha, el armario de las altas diluciones; en las paredes, unos cuadros con los puntos de Weihe; a la izquierda, una vitrina de instrumentos, algunos estantes de libros; una mesa de examen, un sillón, una silla, completaban el mobiliario de esta habitación, en la que se revelaban muchos sufrimientos, palabras de agradecimiento de enfermos curados se asociaban a los estímulos a la paciencia, a las dulces reprimendas a los que se descuidaban.

¡Ah! ¡Si las paredes oyeran! ¡Cuántas cosas podríamos saber; cuántos dramas, confidencias, angustias también, que el temperamento optimista y reconfortante del médico había disipado pronto!

Pero, subrepticiamente, aparecía Jeannette, regañando amablemente a “papá Nebel” por no subir con su visitante al salón, donde el fuego crepitante de la chimenea sería más acogedor.

“¿Qué le preparo? ¿Una tisana, un vaso de vino?”

Entonces, obedientes, subíamos al salón, donde continuaba la conversación, el puro sustituido por la pipa, que, sufriendo la misma suerte se apagaba 5 o 6 veces en el transcurso de la velada (¡ya eran las 21 h. 30!)

Y, de puntillas me retiraba sobre las 23 h… o incluso más tarde (¡disculpándome, por supuesto!).

Pero Nebel no se iba a descansar; infatigable, obsesionado por sus problemas de biología tuberculosa o cancerosa, se olvidaba del sueño; y, mientras me paraba en el pórtico, intentando poner orden en todo lo que acababa de aprender… ¡veía reaparecer la luz del laboratorio!

En verano, era entonces un paseíto por su jardincito, en el cual a nuestro ilustre colega le gustaba cultivar algunas plantas de “drenaje”; luego, pasábamos la velada en el balcón, al fresco, donde reemprendíamos la conversación.

Su erudición, su sabiduría me impresionaban, la geología, la botánica, la biología, nada le era extraño; conocía el terreno favorable a las plantas que utilizábamos, su país de origen, el momento propicio para la recolección.

Su memoria, prodigiosa como todos saben, le volvía vivos los acontecimientos de la historia homeopática, antigua y reciente, las conversaciones con los viejos homeópatas, los Gisevius, los Schlegel, los Tessier luego, remontábamos más lejos en el tiempo, y pasábamos unas horas instructivas con Grauvogl, “al que, decía, se debe la clasificación de los tipos, por categorías y la definición de las constituciones”.

Si Nebel retomaba para él las afirmaciones de Grauvogl, que tan bien defendió, reconocía honestamente su paternidad. (¡Si otros hubieran hecho lo mismo en lo que a él respecta!)

Luego, seguíamos con nuestra incursión en el pasado: Paracelso revivía a su vez; de este maestro del que se reconocía además muy de buena gana discípulo, le gustaba repetir las verdades sobre la Virtus expulsiva.

“Un médico que sabe colocar la virtutem expulsivam donde desea la naturaleza conoce ya la mitad de la medicina.”

“El médico debe querer lo que quiere la naturaleza.”

Entonces, entre dos copas refrescantes, bajo el cenador, mientras los gatos restregaban su gordo lomo entre nuestras piernas, ronroneando de gusto por no ser, a su vez, “cancerizados”, “canalizábamos” y “drenábamos”.

“¡Por qué querer provocar en sus enfermos agravaciones medicamentosas, cuando es tan sencillo evitarlas, preparando a sus pacientes, “canalizándolas”!”

¡Los enfermos se desaniman y no les gusta que los trastornen inútilmente! Usted no necesita esta supuesta prueba de que el remedio elegido era el correcto: el resultado es suficiente.

A mis réplicas, que sin duda juzgaba muy ingenuas, esbozaba una sonrisa irónica (¡la de un hombre que sabe que el otro no sabe!) y, extendiendo sus piernas sobre la silla vecina, volviendo a encender la pipa o el puro “clásicamente” apagado, regañaba a este recalcitrante de sus teorías (que admitía a pesar de todo la canalización en los casos de tumor, en el que es preciso aprovechar a fondo los recursos del organismo).

“¡Haga como quiera, concluía, pero usted perderá pacientes; y sería una lástima para la homeopatía (sic)!”

A veces, algunas palabras de amargura, que las charlas sobre el drenaje hacían resurgir del pasado, con el recuerdo del vergonzoso plagio intelectual del que había sido víctima este buen maestro; algunos momentos penosos, en los que todo volvía a la superficie, reavivando la indignación muy comprensible.

¡Lo que a menudo me dejaba estupefacto era el manejo del péndulo!

Los últimos 15 años de su práctica (¿o quizás más?) rondaba la mesa, con la gran caja de cartón de los remedios, el frasco de gránulos, los sobres grises, las cajitas de sorpresas, un marco metálico misterioso, con forma de resorte, encastrado en una placa de madera; y, sobre el reborde del armario acristalado, una especie de larga regla de madera, que no correspondía ni a un metro ordinario, ni a un instrumentos de física o de topógrafo.

Esta vara le servía, decía, para medir las longitudes de onda de los remedios y de los pacientes (?); y, en el cuadrado metálico embutido, danzaba un péndulo que Nebel sujetaba con el brazo extendido, o mejor…, en el extremo de la vara.

Y mi estupefacción llegó al colmo cuando la bola, después de haber dado múltiples vueltas por encima de orinas de enfermos que yo le traía, con, enfrente, el remedio supuestamente eficaz, ¡se paraba en seco cuando el remedio era encontrado!

Lachesis? (gira) No.”

Licopodio? (gira) No.”

Nitric. ac. (gira). ¡Tampoco!”

Entonces, canturreando, abría el armario de los nosodes; haciendo algunos gestos con los dedos, como un hombre que busca delante del cajón abierto, se decidía por un frasco. Luesinum XM).

“¿Ve usted?”, decía victorioso. Y, en ese momento preciso, cesaba la danza, y el péndulo, paralizado por una atracción oculta, ¡se inmovilizaba sobre el frasco! ¡El “hechicero” había encontrado el manantial!

Sin duda, el problema del cáncer ocupaba un gran lugar en nuestras conversaciones; todos saben la pasión con la que se entregaba.

Y me acuerdo de una noche pasada en el laboratorio con él en busca del ciclo de desarrollo del Onkomyxa.

Había ido con la intención de hablarle de casos difíciles; pero arrastrados por su entusiasmo y las exigencias de sus preparaciones microscópicas, pasamos horas, con los ojos fijos alternativamente en el ocular, buscando la presencia de este malvado micrococus, que jugando al escondite con el sabio, eludía siempre las miradas; fue un desfile de preparaciones coloreadas, en las cuales me costaba trabajo distinguir todo lo que el investigador veía!

Luego, el autoclave, Nebel, siempre con el puro apagado en la comisura de la boca, sacaba unos tubos de ensayo donde el minúsculo culpable tejía sus colonias; la sangre de los enfermos había sido puesta ahí, en un invernadero caliente… para revelar su secreto.

Había pasado las hora… y mis “mis casos difíciles”, puestos en el bolsillo, ¡esperando horas más propicias!

Otras noches, la “genealogía” de los remedios nos ocupaba, ¡nueva fuente de asombro y de admiración!

“El remedio, decía, es una cosa viva: nace, crece y muere.”

Y, añadía con el codo apoyado en el brazo del sillón y agitando los dedos separados con un gesto que quería que fuese convincente:

“Como he escrito, no hay que decir, por ejemplo, este enfermo es un tipo Phos. sino al contrario, es un caso que va de Graph. a Phos., o de Sulf. hacia Phos.

Luego, me exponía las series de remedios: el cuarteto bien conocido Aconit, Bell., Bryon., Merc.; y explicaba su acción fisiológica. Sulfur y sus fases: oxigenoide, carbo-nitrógeno.

Los aspectos de Nat. m., Plat. Pallad., Cimicifug. – Sulfur convirtiéndose en Sepia, Lach., Lyc., para acabar en el estadio Graph., Ph., o Petrol.; Ars. o Carbo.

“Su repertorio, decía conociendo mi predilección por su uso, le precisará bien un síntoma y usted lo situará, pero no le dará la imagen viva del remedio, ni su acción fisiológica; es como si usted quisiera describir a un hombre conociendo dos o tres costumbres suyas, sin verlo vivir en su medio.”

Y precisaba la acción de Baryt. y de Thuja sobre la hipófisis; de Aurum, sobre las glándulas genitales, de Lach., sobre los ovarios, indicando de paso algunos síntomas objetivos de su observación: la transpiración en gotas de rocío sobre el labio superior, de Thuja; su piel grasienta, reluciente y roja a la fricción entre las cejas; sus colas de ceja comidas; los pliegues de desmineralización radiados sobre el labio superior, de Nit. ac., el ribete violáceo del labio de Caust., el labio oscuro de Aurum, el púrpura y brillante de Lach., rojo y reluciente de Denys, etc.

Las tuberculinas por cierto no estaban ausentes; repasábamos juntos las Marmorek, T. R., T. K., Denys, y los satélites que se relacionaban con ellas, capítulo que dejo a otros el encargo de desarrollar.

¡Qué alimento para un ser ávido de aprender! ¡Y qué incentivo!

Volvía de estas veladas aturdido, con el cerebro recalentado, con los bolsillos llenos de notas, presa de una excitación de conocimiento que me precipitaba en mis materias médicas, intentando precisar lo que había oído, tan impregnado me quedaba con estos efluvios “nebelianos”, tan generosamente distribuidos.

Sí, querido maestro añorado, usted sigue siendo para todos los que le han conocido y que son sinceros, el “padre” de las tuberculinas, del drenaje y de las constituciones homeopáticas.

¿Cuántas veces le he pedido insistentemente que deje a sus descendientes, sus discípulos y a todos los médicos homeópatas, la Suma de todas sus experiencias, el fruto de esa dura labor, diurna y nocturna, de la que podamos extraer todos estos enriquecimientos?

Eran las respuestas evasivas de un médico demasiado apasionado por lo real y por lo inmediato cuyo cerebro hirviente no sabía detenerse para obrar como un escriba. Como en tiempos de los sacerdotes-médicos, era la tradición oral la que queríamos perpetuar. Para otros, pensaba usted, el encargo de hacer la cosecha y fabricar el pan nutricio.

¿Parentesco de remedios? Sí, mi querido Nebel. Pero, parentesco de grandes hombres también. Como decía yo sobre vuestra tumba, Paracelso, Hahnemann, Nebel actualmente reunidos en el cielo de los Grandes Médicos, con los “satélites” Grauvogl y Rademacher, cielo desde el cual Hipócrates, desde hace mucho tiempo ya, os veía trabajar con alegría.

Ojalá, desde esos divinos lugares del Espíritu, siga dando a todos sus descendientes, tanto a sus discípulos inmediatos como a los demás médicos homeópatas, el fuego sagrado, que alimenta el alma y conserva la fe en nuestra inmejorable vocación.

Jubileo del doctor Antoine Nebel por el Dr. J. Quenot

Hace ya 3 años, el 23 de marzo de 1952, un comité limitado de personalidades del mundo homeopático decidió, con motivo de la reunión estatutaria de la S. R. H. y con el impulso del Dr. Rousson, imponer al doctor Antoine Nebel, una medalla con su efigie en testimonio de su veneración.

Este jubileo fue para mí, médico homeópata de fecha reciente, la oportunidad de ver por primera vez al Dr. Nebel, que entraba en su año 82.

De una manera confusa me vino a la mente que este último encuentro, inspirado sin duda por los dioses, no podía ser para mí más que la recompensa de esta larga impregnación espiritual de la doctrina nebeliana que me habían proporcionado mis lecturas y las lecciones de mis otros maestros.

Ese día soleado de una primavera apenas naciente permanece pues en mi memoria con un frescor imperecedero y, ahora que este prestigioso médico ya no está, voy a reconstituir el recuerdo de ese día completamente impregnado por la Gran Presencia con un respeto en el que se mezclan la amargura, el agradecimiento y la devoción.

Había mucho más de cien médicos en la gran sala del Palais de la Bourse aquella mañana, médicos de las capitales y de las provincias llegados en un solo impulso a la cita del Patriarca, llevando la mayoría el ferviente mensaje de uno o de varios ausentes y ofreciendo ¿ ? de los más antiguos que fueron los amigos de siempre hasta los más jóvenes que siguen siendo alumnos, el testimonio espontáneo de su afecto y de su gratitud.

No puedo sin ánimo de ofender permitirme citar a todos los que vinieron a esta admirable “Fiesta de Familia”; el riesgo de olvidarlos no merece ser corrido.

En cuanto Antoine Nebel hubo ocupado en la tarima el lugar que le confería su gloria vino entonces la serie de discursos en su honor.

No hablaron todos, pero todos se sentían vinculados a las palabras que lo emocionaban, y cuando releo los discursos de los doctores Duprat, presidente de la S. R. H., Daniel, Delotte, Garnier, presidente del sindicato de los Médicos homeópatas de Francia y de la Unión Francesa, Couturier, presidente del Centro Homeopático St-Augustin, Pahud, presidente de la Liga Homeopática Internacional, Rouy, presidente de la Sociedad Francesa de Homeopatía, no podemos impedirnos volver a encontrar en ellos como un leitmotiv de las palabras de gratitud y de reconocimiento por toda una vida de enseñanza y de iniciación dispensada en el entusiasmo y la modestia.

La tuberculosis, las tuberculinas, los tuberculínicos, el drenaje, el cáncer, las grandes constituciones no son más que algunas de sus geniales ideas que todos se tuvieron la satisfacción en una especie de entusiasmo colectivo ingenuo y conmovedor de reconocerle.

He aquí la respuesta que les dio Antoine Nebel:

“Mis queridos colegas y amigos:

”Estoy muy emocionado por la manera tan amistosa por la que me manifestáis vuestra estima y vuestro afecto.

”No me corresponde deciros si en efecto he merecido vuestra demostración de amistad, pero esta manifestación me recuerda la formación del pequeño grupo compuesto por colegas de Lyon y de la Suiza francesa, así como nuestros colegas de Annonay, el Dr. Bayle y el Dr. Collard, siempre tan asiduos a nuestras reuniones.

”Éramos pocos, pero unidos todos en el entusiasmo para suscitar un movimiento de renacimiento y de progresión en la homeopatía.

”En este pequeño núcleo, animado por el apóstol de la homeopatía, el Dr. Gallavardin, la muerte ha hecho amplias talas, pero su resplandor, ayudado por el pequeño periódico el Propagador de la Homeopatía fundado por Gallavardin y por su colaborador el Dr. Duprat, y su infatigable propaganda personal han sido un elemento que ha contribuido a hacer la sociedad rodaniana tan activa y tan numerosa.

”Era y será siempre una sociedad democrática con amplias y tolerantes vistas cuya atracción ha superado ya desde hace mucho tiempo el marco regional y ha fecundado la propaganda homeopática.

”Siempre se ha inspirado en el respeto por su fundador Hahnemann mientras contribuía a ampliar el marco del hahnemannismo convertido en demasiado estrecho con respecto a los progresos de la ciencia alopática.

”Acabo de releer los periódicos de nuestra doctrina hasta 1810 aproximadamente. Destacan los enormes progresos a los que llegó el estado de la homeopatía actual, incrementada por la oposición contra la actitud, diría que tiránica, del mismo Hahnemann.

”Esta oposición se había vuelto fecunda por la influencia de Rademacher que estaba fuertemente orientado por Paracelso.

”Este movimiento que podemos llamar neo-hahnemannismo contribuyó al auge del espíritu científico que aunque evitaba los excesos de Hahnemann suscitó un nuevo impulso de la homeopatía.

”En efecto, los partidarios de Rademacher formaban un núcleo cuyo hombre más eminente era Grauvogl, y fue un médico de Ginebra, el Dr. Dufresne, que al convertir a la homeopatía al Dr. Tessier, este pedazo de clínico como se le llamaba con razón contribuyó a un nuevo desarrollo de la homeopatía francesa.

”Más tarde, la influencia de la Sociedad Rodaniana fue el elemento que combatió la mentalidad alopática personificada por este hombre de gran valía, el Dr. Pierre Jousset.

” La influencia de los americanos y en primer lugar de Constantin Hering, de Dunham, de Farrington, las múltiples publicaciones de Burnett y al final de Kent fecundaban en este momento la homeopatía francesa.

”Este cuadro, del que he dado una idea rápida, nos hace reflexionar en el enunciado de Hering:

”“la vía inductiva hará avanzar la homeopatía o la homeopatía declinará”.

”Hoy somos capaces de continuar en la vía inductiva y nuestro objetivo es hacer de la homeopatía una ciencia basada en la experimentación, el único medio de liberarla del reinado de la fraseología y de las discusiones teóricas.

”El campo está pues abierto a todos aquéllos que quieren contribuir al progreso de la homeopatía.

”Todavía queda mucho por hacer para continuar el movimiento necesario que permita ponerla en un pedestal capaz de atraer hacia ella a colegas de buena voluntad de la otra escuela.

”La homeopatía es rica, puede ser explotada por el orgullo, por el deseo de enriquecerse y por algunos orgullosos que la plagian sin nombrarla, pero a pesar de eso sus verdades fundamentales permanecen y a nosotros nos toca aclararlas y seguir enriqueciéndola con nuestro trabajo, y todos tenemos la obligación, por las satisfacciones que nos da, de contribuir a su propagación y a su progreso.

”Después de este breve vistazo, quiero agradecer muy especialmente al Dr. Rousson toda la molestia que se ha tomado para organizarme este fiestecita.

”Aprovecho la presencia de algunos de mis enfermos para agradecerles su apoyo y su generosidad que han contribuido mucho en ayudarme en mi trabajo.

”Tengo un recuerdo muy especial para mis queridos amigos desaparecidos, el vizconde de Bonneval y los condes Louis y Georges de Boiscelin, el señor Édouard Estaunié.

”Pienso en nuestro buen amigo Chiron a quien me habría agradado tanto ver hoy. Os agradezco a todos, mis queridos colegas, la simpatía que me mostráis hoy y os declaro todo lo mejor de mi afecto”.

Calurosamente aplaudido, llegó entonces la conmovedora ceremonia de la imposición de la medalla por el Dr. Rouy. Medalla que conocemos todos ahora, que reproduce en una de sus caras el perfil de nuestro maestro y en la otra un velero singlando sobre el Léman de las orillas suizas al litoral francés, símbolo de las ideas nebelianas “arrojadas a merced del viento que vuela”.

El banquete que clausuró esa mañana de alegría y de emoción estuvo impregnado a su imagen de buen humor y de generosa cordialidad.

A su salida el doctor Antoine Nebel, sonriente, con buen color, con el eterno puro agitado como la batuta de un director de orquesta, respondió con emoción a los discursos de sobremesa de los Drs. Rouy, J. Jarricot, Noailles, Voegeli y de los señores Henry de Boigelin, Charrin y Danos.

Agradecimientos a los presentes que sin embargo no habían sabido moderar su modestia, agradecimientos a los ausentes cuyos mensajes, testigos de su afecto y de su reconocimiento, le habían llegado, y para terminar, palabras de esperanza en el futuro espiritual de este mundo homeopático franco-suizo tan bien sostenido por los antiguos y tan enérgicamente reactivado por los más jóvenes.

Antoine Nebel, rodeado por los suyos, debía regresar a Lausana por la tarde temprano.

Dejaba a todos, una vez más, la huella de su voluntad de poder y de su modestia infinita.

Nebel tal vez no tuvo que esperar para emprender, pero tuvo la grandeza de perseverar a pesar del éxito y entre tantos otros, el mensaje secreto del verdadero médico, nos dejó este día.

Por desgracia ya no debía volver a Lyon, y con mi amigo Jean Boiron debimos fijar una última vez, en el melancólico cementerio de Lausana, una cita con él el 17 de julio de 1954.

ESTANCIAS EN EL HOSTE por el Dr. Heurtault, de Niza

Fue a algunos kilómetros de Luc hacia el sur, la carretera sinuosa atravesaba parajes variados, a veces desolados, aflorando las rocas, a veces risueños, de prados y viñas, antes de llegar al bosque de Ia Garde Freinet que se extiende durante algunos kilómetros hasta el mar.

En la linde del bosque desemboca la pequeña carretera que lleva después de unos cientos de metros a través del bosque al dominio del Hoste.

Una gran casa abierta, al sur, a lejanos descampados, luego el bosque y en el horizonte la cadena de Les Maures, abrigada al norte por bellos árboles, susurrando de viento en invierno, rechinando de cigarras en verano.

En la escalera de entrada nos esperaba “el profeta”, como le gustaba llamarse a menudo, vestido de campesino, con los ojos chispeantes del placer de reencontrar a los amigos.

Estaba feliz y orgulloso de enseñar su dominio y de que admiraran antes de la vendimia los bellos racimos de sus viñas, de comunicar sus proyectos: nuevas plantaciones, roturaciones, irrigaciones, etc.

Se había apasionado con su nuevo oficio (se había levantado al alba, distribuía al personal las instrucciones para la jornada, luego recorría sus tierras).

Lo notábamos feliz por este contacto con la naturaleza, atento a todo, a una planta desconocida, a una piedra rara.

Era apasionante verlo aplicar al conocimiento y a la comprensión de un terreno, de una tierra, los mismos dones de observación rigurosa, de intuición genial que, como médico aplicaba al diagnóstico de otros terrenos.

“Veis, decía, esta colada que atraviesa estos prados y estos bosques, como la vegetación es menos densa allí, más delgaducha, más pálida, hay allí abajo un filón radioactivo, o cualquier causa telúrica”, y no paraba hasta resolver el problema.

Sabía, sentía donde había que plantar las viñas o dejar baldío.

Sus conocimientos botánicos y geológicos eran notables, el espíritu había permanecido alerta pero la memoria desfallecía; a veces el nombre de una planta no le venía enseguida, se impacientaba, hablábamos de otra cosa, luego de repente el nombre buscado volvía y se trataba de estimaciones originales sobre la posible utilización en terapéutica, sobre la “signatura” de la planta deducida de su forma, de sus preferencias de suelo, o de exposición –de sus “costumbres”–, así fue como se encaminó al empleo del “Taradeao”. Phyllirea Augustifolia en la enfermedad de Hodgkin, raíces de madroño en ciertos cánceres, de Orchis Serapias en la frigidez.

Un día me envió una carta entusiasta, había descubierto a los pies de sus jaras el Cytinus hypocystis, un gran drenador de Paracelso que, decía que sería interesante estudiar en las afecciones del pene, de la próstata, del útero, etc.

Otra vez recibí una muestra de una planta que me pedía que determinara con mi gran flora de Bonnier.

Era la Centaurea solsticialis, con las brácteas de largas espinas muy punzantes.

Después de eso lo he visto emplearlo para su acción sobre la pleura, el bazo, el hígado, con dolores punzantes, y su acción diurética.

Le gustaban mucho los Senecio que, decía, había empleado mucho en su larga carrera.

Senecio cordifolia para una acción antipútrida, gangrena, abscesos, forúnculos, etc. Senecio fuchsii para su acción sobre la matriz y los fibromas. Senecio jacobeo que favorece la fecundación en las vacas y que habría que probar en terapéutica humana.

Asimismo, las Achillea. Achillea nana, que daba en los resfriados, bronquitis, de octubre a marzo. Achillia moschata en los cólicos por gases incarcerados, aerofagia, etc.

Encontrábamos en los alrededores de su casa la Verbena officinalis de la que me dijo que estaba indicada en las mujeres delgadas, esbeltas, pretuberculosas.

Agrimonia eupatorium, útil en las muchachas delgadas, anémicas, con menstruación insuficiente y retrasada y con pérdidas blancas.

Los Ononis con tropismo renal tan marcado (Ononis spinosa y Ononis matrix).

La Sangui sorba cuya inflorescencia se parece tanto a una gota de sangre y tan útil en las hemorragias y en particular las menorragias.

El meliloto del que aconsejaba respirar el perfume de la planta secada en las cefaleas, la retama de España en la litiasis renal.

Un día encontramos un escorpión, lo que hizo desviar la conversación sobre los venenos. Atribuía al escorpión una acción sobre las suprarrenales y los espasmos vasculares, lo daba en dilución baja en la hipotensión y a la 30ª en la hipertensión.

Vipera era interesante para él, completado por Thyroïde y Ovaire en las mujeres que engordan y cogen celulitis y cuya menstruación es insuficiente.

Naja actuaría sobre el nódulo de Tawara y sobre el endocardio.

Es preciso pensar en Daboïa en las amenazas de infarto de miocardio y las trombosis venosas.

Por su acción la sangre se vuelve primero demasiado espesa luego demasiado fluida. En los dolores de cancerosos pruebe, me decía, Aucistrodum y Clenus nigra.

Al pie de la cadena de Les Maures había viejas canteras donde se encontraban trozos de pórfido.

Aconsejaba ponerlo en agua dulce, hervir de 20 a 30 m. y beber en vasos en ciertos cánceres duros con indicaciones de Silicea.

He conservado un agradable recuerdo de esos paseos junto al “profeta” –le gustaba chinchar… “Usted quiere saberlo todo y no pagar nada”, decía, “¿qué me dará?”, ¡reservaba su respuesta tanto más cuanta más impaciencia manifestaba yo al oírlo!

Tenía curiosidad por todo y sabía sacar y retener lo esencial. No es verdad, decía, que domino a fondo mi materia médica, conozco bien algunos remedios, los grandes policrestos.

No hay necesidad de muchos remedios para curar, sobre todo hace falta conocerlos bien para poder reconocerlos, comprender lo esencial, el genio, para poder situarlos unos con relación a otros, establecer su relación en el espacio, sobre los diferentes planos, tejidos, órganos, o en el tiempo según su sitio en una evolución patológica.

Vea, decía, con qué frecuencia se encuentra en ciertos niños que caen enfermos la sucesión: Pulsatilla, Nux vomica, Cina, Arum triphyllum.

En la edad madura disminuyen las combustiones: en un tipo Calcarea carbonica, Sulfur corresponde a una lenta acumulación de ácidos úrico y oxálico y es la indicación frecuente de Calcarea oxalica drenado por Solidago (tendencia a engordar) o Aloe (diarrea de eliminación).

En el ocaso de la vida un enfermo en descompensación funcional sobre todo cardio-renal pasa a menudo por Phosphorus, Petroleum, Graphites, Causticum (los labios se amoratan), Naja y Cuprum, con los labios azules.

En un niño usted encuentra a menudo las indicaciones complementarias y simultáneas de Silicea, Cina y Zincum.

Le hice notar un día cuán a menudo daban Sepia los discípulos inmediatos de Hahnemann.

Es que, dice, Sepia es un lugar de paso -un cruce de caminos-, corresponde a un equilibrio entre la eliminación y la intoxicación, va bien con Phosphorus y se dirige hacia Lycopodium. En éste la eliminación se vuelve insuficiente, se forma la lesión.

Era apasionante oírlo cuando definía en algunos rasgos pintorescos la psicología o la tipología de ciertos remedios:

Platina, de piernas finas, no se anda con chiquitas.

Palladium, de piernas fuertes que oculta, querría pero no se atreve.

Staphysagria está resentido con usted por revelar sus complejos.

Cyclamen es una mujer demasiado sensible que no soporta ser tocada ni rozada sobre todo en los senos.

Causticum, avaro escrupuloso como Baryta, es corroído por el remordimiento, a menudo tiene opiniones políticas extremas, anarquista, comunista.

La noche caía, volvíamos charlando a la casa donde nos esperaban un buen fuego y una botella de vino de su dominio que le gustaba que apreciaran.

A menudo nos esperaba también un enfermo venido de lejos enviado por un colega y asistía a la consulta.

Su espíritu malicioso y guasón se daba rienda suelta, comenzaba por presentarme como un ilustre colega venido de muy lejos, me hacía el honor de preguntarme mi opinión con gran confusión mía.

Luego, cogía su péndulo, creo que habría podido prescindir de él al menos para lo esencial porque el diagnóstico del remedio de base estaba hecho desde la toma de contacto.

Escrutaba minuciosamente el rostro, siguiendo con el dedo cada pliegue, cada rasgo, de ahí sacaba el remedio de temperamento y la tendencia evolutiva que confirmaba por algunas preguntitas de un pintoresquismo imprevisto, la búsqueda de los puntos de Weihe y un breve examen clínico.

Lo que más me impresionó en sus últimas consultas es la importancia primordial que daba a los nosodes, prescribía muy a menudo de entrada por ejemplo en un carbonitrógeno T. R. 200 o 500 a intervalos bastante seguidos, cada 10 o 15 días con drenaje simultáneo.

Es también la frecuencia con la que diagnosticaba un estado de encefalitis larvada.

Creo que el problema de los estados posencefálicos, de la encefalitis evolutiva larvada lo apasionaba tanto como lo habían apasionado los del cáncer y de la tuberculina.

Se refería a menudo a la tesis de Suzanne Lévy sobre este tema. Desde el punto de vista objetivo estaba orientado hacia este diagnóstico por una atrofia de ciertas partes del rostro, una asimetría de los pliegues naso-labiales, una piel apagada, fibrilaciones de la lengua o de los músculos, a menudo un aspecto paralizado, en un enfermo angustiado que tenía miedo sin saber a qué, propenso a los insomnios o al sueño poblado de sueños y de pesadillas, enfermo agravado en octubre y en noviembre y que presentaba particularmente en ese momento accesos de depresión intelectual.

En tales casos daba su Encephalitis 1000 cada 5 u 8 días acompañado algunas veces de de Aurum, Manganum, Phosphorus, Graphites, etc.

Creo que había probado ciertas leguminosas, entre otras Cassia (¿Cassia occidentalis?).

Pienso que con eso planteó ahí un problema que desgraciadamente no tuvo tiempo de profundizar ni de resolver y que no está preparado para serlo.

Parece que también ahí una vez más su intuición no lo haya engañado y el problema de las encefalitis, ya sean víricas o alérgicas (autoagresión) parece ocupar cada vez más sitio en patología.

La terapéutica es decepcionante porque nos encontramos a menudo enfrente de lesiones irreversibles, pero lo he visto sin embargo obtener algunas buenas mejorías en semejantes síndromes.

Tal vez nos convendría introducir en nuestro arsenal terapéutico ciertas preparaciones inspiradas en estas concepciones (diluciones de tejidos nerviosos, dilución de virus, de ciertos antígenos).

Terminada la consulta, discutíamos el caso, luego era el momento en el que le gustaba abordar la cuestión del cáncer y su génesis.

Estaba contento de ver confirmar por los trabajos de Von Brehmer, Gerlach, Enderlin, Mori, sus propias observaciones y sus trabajos que habían desembocado en las oncolisinas.

Había acumulado sobre este tema un material enorme de cortes histológicos, de dibujos, representando un trabajo importante pero que por desgracia quedó inacabado. Faltan los textos que nos darían su interpretación de todas estas preparaciones.

Nos podemos preguntar, conociendo su enorme clientela, cómo pudo encontrar tiempo para hacer este trabajo cuya calidad técnica es preciso admirar. Me contaba que acababa algunas veces sus consultas a las 9 o las 10 y que tras una rápida cena volvía al trabajo de laboratorio hasta una hora avanzada de la noche.

Desde luego tenía una gran capacidad de trabajo, pero sobre todo un alma ardiente, entusiasta, en quien la pasión no excluía el rigor científico: ni la intuición, la sanción de una experimentación rigurosa.

Y es esta imagen de nuestro querido maestro lo que querría dejaros: la de un trabajador encarnizado, un investigador entusiasta, un precursor poseído por el demonio de saber y de comprender, persiguiendo después de jornadas agotadoras hasta tarde por la noche, a veces hasta el alba, en la soledad de su laboratorio la solución de los problemas, la verificación experimental de hipótesis que la observación clínica y su intuición le habían sugerido.

Un hombre capaz de las más brillantes intuiciones, pero también capaz de someterse a las disciplinas científicas más minuciosas y más arduas. Así fue Antoine Nebel, y así vive en mi recuerdo.

Doctrina de Nebel por el Dr. P. Daniel

A medida que se difumina y se aureola, al mismo tiempo, la gran figura del maestro de Lausana, podemos apreciar con más perspectiva toda su obra, la amplitud de sus concepciones; y su manera ateniense de comprender las relaciones maestro-alumnos que permite sondear la profundidad de su desinterés y de su espíritu científico, dignos de las antiguas edades en los tiempos odiosamente utilitarios que vivimos.

Era en todos los sentidos del término un médico nato, y, si quisiéramos ser objetivos, tenemos que reconocer, por repetidos ejemplos, esta especie de clarividencia, manifestación de un sentido clínico superior, “olfato”, denominaciones variadas del mismo estado de cosas, capacidad de sintetizar, intuición de lo que es preciso hacer, que ninguna ciencia adquirida puede reemplazar, pero que da a esta ciencia adquirida un inestimable valor.

Ella no es forzosamente el hecho de una herencia lejana y la encontramos a menudo en espíritus nuevos. El señor Nebel la poseía en sumo grado.

Tuvo una influencia considerable en toda nuestra generación, sea directa, sea inconsciente, transmitida por sus alumnos, algunos de los cuales la desarrollan todavía y saben explotarla admirablemente para el mayor bien de todos.

Ella está en el origen de la evolución homeopática actual y la escuela de la Homeopatía Francesa, gracias al inigualable método y al notable sentido de la enseñanza, de la difusión y de la propaganda de su jefe, es, en sus doctrinas, una ilustración de las grandes inspiraciones nebelianas de las que permanece totalmente impregnada.

Aunque se diga muy hahnemanniano, Nebel codifica, interpreta, para hacérnoslos más sensibles y más manejables, más modernos, si ustedes quieren, los geniales descubrimientos de Hahnemann y cuando a veces parece que se aleja, es el momento en el que está más cercano; así hemos podido decir que hablaba a menudo por medio de parábolas; pero la tradición escrita que nos deja es desgraciadamente muy insuficiente.

No es partidario ni sectario, es independiente, es científico, este calificativo aplicado a él puede parecer enorme, a él que parece tan “curandero”, con sus raros procedimientos, para aquéllos que no conocen el fondo de sí mismo, que no han ahondado en él y no han comprendido el sentido profundo de la parábola; veremos más lejos lo justificado que está.

Nebel es esencialmente sincero y honesto, no intenta emplear el medicamento que, según las hipótesis recibidas, debe curar, busca el que cura según su notable experiencia porque es particularmente observador y precavido.

Su personalidad y su originalidad siempre han sido proverbiales y sobraban todos los comentarios, su péndulo, su manera de examinar al enfermo no pertenecen más que a él y daban en sus manos resultados absolutamente inesperados.

Su iniciador a la doctrina fue el doctor Beck de Monthey, pero sus grandes precursores son Paracelso y Hahnemann.

Aparece por primera vez en la órbita rodaniana en 1907, proveniente de Basilea luego de Montreux, se establece en Lausana y ocupa su lugar inmediatamente en el Propagador donde sus charlas y sus clínicas son muy destacadas.

Al mismo tiempo penetraba con él en Francia toda la literatura homeopática americana y nuestro país se despertaba a los trabajos de Kent, Burnett, Allen, Nash, etc., que nos infundían una sangre nueva y hacían fácil un estudio que hasta ese momento había sido tan laborioso y desalentador; con ellos comenzamos a oír hablar de las diluciones muy altas y, después de alguna reserva aprendimos a apreciarlas en su valor.

Nebel fue desde un principio un muy alto dilucionista y lo siguió siendo siempre. Rápidamente se interesó muy especialmente por el cáncer que fue para él el gran estudio de su vida.

En 1912 a iniciativa suya y a la de Arnulphy, de Niza, la Sociedad Regional del sureste de Francia y de la Suiza Francesa, futura Rodaniana, durante la reunión general del 28 de abril en Marsella, presidida por el Dr. Henri Daniel, mi padre, organiza la Liga Homeopática Internacional de lucha contra el cáncer, de la que Nebel y Arnulphy ya habían sentado las bases en Lausana el verano anterior, con el apoyo de homeópatas americanos, brasileños y españoles: se aplica apasionadamente a esta cuestión.

Fue entonces cuando poco a poco parafraseando toda la doctrina hahnemanniana, concibe, paralelamente al estudio del cáncer y del cancerinismo y con el mismo espíritu, el tuberculinismo, su descripción y su tratamiento tanto para uno como para otro isoterápico como homeopático.

Señala que la curación de los tuberculínicos es el mejor medio de evitar la tuberculosis como la de los cancerínicos evitar el cáncer; desvela, desde su aparición, las manifestaciones de estos dos estados que describe minuciosamente: en los precancerosos, los signos de la lengua, el examen del iris (método de Peczeli), las reacciones que presentan tras la absorción de ciertos isopáticos (Cancroïde où Antimeristem de Schmidt de Cologne, Micrococcin de Doyen); en los tuberculínicos, todos los signos consecutivos a su desmineralización.

Y, en estas condiciones, siguiendo el mismo paralelismo, estudiando las indicaciones de las diversas tuberculinas isoterápicas, asociadas al tratamiento homeopático, llega a contemplar y a definir las tres constituciones cálcicas (carbónica, fosfórica y fluórica), base del tratamiento de la desmineralización tuberculínica y de la indicación homeopática según el conjunto de los síntomas.

Siguiendo con los estudios, adquiere así la noción y la práctica de su famoso drenaje.

Nos hizo animado y cautivador el estudio tan austero e ingrato de nuestras patogenesias, con los parentescos medicamentosos, las familias patogenéticas de medicamentos y la sucesión de los remedios; tocaba como en un teclado todos los elementos de la materia médica y todo: pequeños signos patognomónicos; síntomas clave; “signos raros, extraños y particulares” cobraban en su conversación un extraordinario interés; estas terribles patogenesias así ilustradas, jerarquizadas, llegaban a ser apasionantes y los paseos de los que volvíamos con los bolsillos abarrotados de “piedras”, de “viejas raíces”, y de follaje o restos vegetales, eran esmaltados con él con digresiones tan largas y tan nutridas de cultura científica que siempre nos dejaban un recuerdo encantador.

Todo eso era en él la emanación de una ciencia profunda y sobre todo de un notable dominio de nuestra materia médica que conocía a fondo; no dejaba de trabajarla y lo he visto hasta el final de su vida preocupado por aprender o repasar patogenesias y descubrir nuevos medicamentos.

Su actividad era extrema y descuidando las contingencias sacaba de su vida el jugo esencial del conocimiento, eso en medio de su clientela europea, de sus viajes, de sus alumnos y de sus amigos.

Por encima de todo, seguía siendo en el fondo homeópata sin preocupación no obstante por ningún conformismo; sus grandes ideas: drenaje, constituciones, cancerinismo, tuberculinismo estaban dominadas y condicionadas por la búsqueda del simillimum; “drenaba” con cualquier medicamento y en cualquier dilución según las indicaciones; esta calificación de drenadores que les daba era sólo la interpretación de su supuesto modo de acción y la explicación del orden de sucesión en el que, dirigidos por la evolución de los síntomas del enfermo, se presentaban en su mente.

Constataba que tal medicamento dado demasiado pronto (a causa de su naturaleza o de su dilución), en el orden de sucesión requerido, era peligroso, mientras que era muy útil después de otro, concluía de ello muy juiciosamente que el segundo debía drenar primero el organismo para canalizar las toxinas eliminadas a continuación y arrojadas a la circulación por el primero.

Si indicamos un medicamento simillimum, es porque somos incitados a ello por la larga experiencia de nuestros maestros y de nuestros predecesores, pero somos conducidos por nuestra experiencia personal de todos los días; esta experiencia diaria es un control y un correctivo eventual de los que la han precedido; así sigue siendo, a pesar de todo, muy útil interpretar lo que constatamos para sacar un partido práctico.

Nebel empleaba a menudo, en su tratamiento del cáncer en particular, determinadas mezclas a las que daba nombres de convención: Chrysis, Rarahu, etc., y que se llamaban drenadores por asociación de palabras, pero que no tenían nada en común con la verdadera teoría del drenaje del que hablamos más arriba.

Era por otra parte excepcional y limitado en la práctica corriente, Nebel no daba mezcla de medicamentos, daba siempre medicamentos “unitarios” indicados por su propia patogenesia.

Su concepción del cancerinismo, del tuberculinismo, de las constituciones cálcicas no es también más que una interpretación del modo de acción de un simillimum.

La mejor prueba es que este espíritu enciclopédico desde el punto de vista de la materia médica y dotado de una extraordinaria memoria tenía siempre su repertorio cerca de él.

Sigue estando unido a la búsqueda del simillimurn que da generalmente en las diluciones más altas.

Este formidable práctico era también un sabio. Siempre me impresionó su erudición científica y su profunda cultura médica que hacen honor a la Universidad suiza de la que salió y de la que no se pueden contar los médicos famosos que ha producido.

Pasó una parte de su vida, tan activa por otro lado, en su laboratorio de donde su hadita Jeannette tenía las mayores dificultades para arrancarlo, mientras que en su sala de espera se aburrían esperando los nombres más grandes de Europa.

Sus trabajos sobre el cáncer fueron homologados por distinguidos cancerólogos, y es particularmente interesante constatar que sus investigaciones se hicieron simultáneamente con otros investigadores independientes que se ignoraron en el transcurso de sus trabajos y llegaron a resultados concordantes.

Tengo ante mí dos folletos que me vienen de él; uno de 1932 sobre el ciclo de evolución de los parásitos del cáncer humano, otro en alemán de 1943 (A. Nebel. Los gérmenes de evolución de los parásitos del cáncer humano, 1932. Borel et Seiler, Neuchâtel. A. Nebel. Der Cyclus des Erregers des malignon Granulons (Hedgkinsche Krankheit). 1943. A. et W. Seiler. Neuchâtel.) es un estudio microscópico de los gérmenes de la linfogranulomatosis, que representan en suma el resultado de treinta años de trabajo personal de laboratorio.

Nebel concluye la naturaleza infecciosa o parasitaria del cáncer en plena evolución y en su periodo terminal.

El micrococo de Doyen, el oscilococo de Roy y, más recientemente, el Syphonospora de Laurans, se parecen mucho al Onkomyxa de Nebel, todos son elementos espirilares y endocelulares. Lumière en cambio reconoce en el proceso una etiología irritativa.

Por otro lado tanto Folley como Nebel contemplan el parentesco de la gripe y de la encefalitis letárgica (que preocupa continuamente a Nebel en sus diagnósticos y sus prescripciones), y su origen común sería, también para ellos, un germen espirilar endocelular.

En fin, después del práctico y el sabio, consideremos al hombre y el maestro devorado por la pasión de curar e insensible a cualquier otra influencia, incluso cuando, bajo pretexto de descanso se ocupa en agricultura en su lejano retiro de Les Maures, prosigue su vida de labor y de entrega con el espíritu antiguo de un gran maestro; su casa que rebosaba de enfermos, rebosaba también de médicos alumnos de todos los países, de modo que al final de su vida su entorno había acabado por contemplar la organización de una pequeña pensión colegio donde serían recibidos sus visitantes médicos el tiempo de su estancia; alumnos que recibía y alojaba con la mayor generosidad y, a los que con una generosidad mayor aún, distribuía, maná inestimable, los tesoros de su inteligencia y de su saber.

La sombra de Paracelso frecuentaba sus noches, pero practicaba tanto la mayéutica de Sócrates como la manera de enseñar de Platón y de los peripatéticos.

Un verdadero médico: Nebel, por el Dr. L. Vidouze

Cuando en Evian, durante una reunión de la Rodaniana, sintió la necesidad de tomar la palabra, fue en particular para decir que no tenía más que dos maestros en medicina, que no reconocía más que a dos.

En primer lugar Soulié de Morant -el señor Soulié de Morant- del que en efecto era discípulo en cuanto a la medicina china, pero a la vez al que le agradecía mucho que me hubiera permitido conocer la filosofía china.

Esta filosofía que pone todo en su sitio en el universo. Mostrando cómo, todo, incluido el hombre, depende de las fuerzas cósmicas; pero sobre todo, y lo señalaba con el dedo mientras que entraba en la sala, aquél, Nebel, el gran Nebel, el hombre más copiado en sus ideas geniales (tenemos que acercarnos a la Luz, cuando todavía estamos ciegos o miopes), que yo mismo he copiado, pero diciéndolo.

Nebel me enseñó mucho; pero lo que me demostró por su acción, lo que retuve más, es que, si en medicina estaba “la Ciencia” que era preciso aprender -y muchas ciencias- para realizar esta ciencia aritmética, el saber no era suficiente, se necesitaba primero y sobre todo la intuición.

La primera vez que me encontré con el doctor Nebel fue en Dijon, donde me había llevado el doctor Pfister, de Saverne -fallecido hace algunos años desgraciadamente-. Fue Pfister quien me presentó al doctor Nebel.

Luego le dijo:

“Señor Nebel, querría tener su opinión, porque a pesar de todo no me siento en equilibrio. Estoy cansado”.

Y Nebel se quitó el puro de la boca, lo miró por encima de sus gafas y le dijo:

“Pero mi buen amigo, son sus glándulas las que funcionan mal: la hipófisis, la tiroides, los testículos, las suprarrenales. Espere, voy a darle un consejo”.

Se volvió a poner el puro entre los labios, dio una calada, sacó su reloj para servirse de él como péndulo; con la mano izquierda tocó la cabeza a la altura de la hipófisis y dijo:

“¡Sí!, la tiroides: Sí.”

Y luego de manera resuelta le desabotonó la bragueta, cogió los testículos en su mano, los miró y escribió su receta, me acuerdo muy bien:

Hypophyse 1 X

Thyroïde 3 X una pizca todas las mañanas.

Orchitum 1 X

Baryta carbonica 100 000.

Y me admiré ante este hombre -ante este hombre que se imponía al respeto de todos- y que, para precisar su ciencia, la unión que tenía con el universo, se atrevía a valerse de un instrumento tan criticado, pero de un instrumento que servía y demostraba su sensibilidad: el péndulo.

Desde entonces, acudí regularmente a las reuniones de la Rodaniana. Y debo confesar que fue mucho por tener el placer de encontrarme con él, de hablar una media horita con él.

Siempre aprendí algo. Siempre vi a este hombre brillar literalmente ante cualquier problema que le presentaran. Y siempre iba a por todas y le salía bien.

Varias veces tuve la oportunidad de ver en nuestro sur a pacientes, a los que había tenido la bondad de dar mi nombre, que, abandonando la región lionesa o Suiza, venían a descansar al suroeste, y siempre me admiraba ante el diagnóstico, ante el tratamiento que no siempre comprendía según la materia médica.

¿Y por qué? Porque la materia médica hecha por la mano del hombre es absolutamente incompleta (1), porque hay mucho que añadir, eliminar y porque el hombre no se compone únicamente de un cuerpo.

El hombre tiene un alma, el hombre tiene un espíritu, y si el alma o el espíritu sufre una conmoción, esta conmoción repercute en el cuerpo y a menudo tiene predominio sobre el conjunto de las razones que han hecho que el individuo se haya puesto enfermo.

Nebel sabía ver la causa profunda que originaba el mal. Sabía corregirla, y como había trabajado muchísimo -como he dicho-, primero científicamente, pero a continuación y sobre todo con su espíritu, con su unión cósmica, sentía el medicamento que convenía, sentía la dosis que era preciso dar, sentía la manera en que era necesario darlo.

(1) Para escribir una materia médica verdaderamente completa, según la idea científica, sería preciso dar la sustancia que se examina a diversas clases de individuos:

a) hombres b) mujeres

luego según los temperamentos: carbónico, fosfórico, fluórico, sicótico según la edad: nacimiento, 3 años, 7 años, 12 años, 18 años, 25 años, 40 años, 60 años según las estaciones, según el meridiano en el que vive el sujeto que toma el medicamento.

Y él, Nebel, sabía curar al enfermo que para tantos otros había sido un enigma (Nebel no necesitaba preguntar si el enfermo habría sufrido una conmoción moral, él se lo decía).

La intuición de Nebel era, a mi juicio, algo prodigioso. ¿Por qué? Porque, si era un hombre como los demás, ¡sabía más que los demás que el hombre estaba en la tierra para encontrar a Dios!

Sabía que era preciso mejorarse en todo, que era preciso que el espíritu se refinara, que la sensibilidad se volviera más delicada.

Mientras nosotros estamos en el materialismo mecánico, él estaba más allá de este materialismo, había trabajado mucho a Paracelso y Crollius; los había comprendido, y se había dado cuenta de que la época actual ya no sabía lo que sabían los grandes espíritus de la Edad Media.

Sabía, o no sabía porque nunca hablé de eso con él, que al lado de las matemáticas de Pitágoras estaba el simbolismo del Número.

Pero si no lo sabía, lo había sentido, lo había encontrado, de donde sus preparaciones, sus diluciones únicas en el mundo, que algunos habrían querido precisar por una fórmula algebraica.

Y por todo eso Nebel sabía resolver un problema irreductible para los demás.

Nebel, como he dicho, era un hombre. Amaba todo del hombre. Le gustaba un buen paisaje, y me acordaré de sus ojos que se humedecían cuando veía verdaderamente algo bello.

Le gustaba la buena comida. Le gustaba un plato particularmente delicado. Le gustaba un buen vino. Le gustaba un buen puro. Sabía hacer un cumplido a una dama amable que estuviera a su lado.

Sabía encontrar todo lo que era bello en ella y, si por casualidad podía haber alguna oscuridad en el sentido de la belleza, él no lo veía, y no veía más que lo bello; sólo veía lo positivo y progresaba.

Nebel sabía que Dios existía. Nebel era un hombre que rezaba. Nebel le dijo a mi amigo Moges:

“Por la noche cuando me acuesto, y te aconsejaré, amigo mío, que lo hagas, releo un pasaje de la materia médica y releo algunas hojas de la Biblia.

”Escucha, Moges, da todos los días una o dos consultas para el desgraciado. Da eso gratis. Es nuestro deber de médico hacerlo.”

Y Nebel, a su vez, tuvo que llegar físicamente al ciclo en el que ya no podemos permanecer en la tierra y en el que debemos continuar nuestro viaje hacia el Absoluto.

Durante sus últimos días, su hijo, de Ginebra, tuvo la amabilidad de escribirme y preguntarme si se podía hacer algo además de las transfusiones de sangre.

Respondí inmediatamente. Todo lo que proponía, evidentemente, lo había hecho. Recibí su última carta el 17 de julio, y le respondí diciendo que ya no creía que Nebel, que su padre, estuviera así mucho tiempo.

Le dije que me iba a Santiago de Compostela y que allí rezaría por él, porque sabía que era creyente.

La última carta recibida de su hija, de la hija que fue su colaboradora, que fue su confidente -y casi diría que fue su esclava-, porque sin duda era muy difícil trabajar con Nebel, tan grande era su intuición, tan precisa y rápida era su realización, y porque con él era preciso comprender su pensamiento antes de que lo hubiera enunciado.

Me dijo que él mismo le había pedido al sacerdote los últimos sacramentos y que, a continuación, con una sonrisa, con el rostro lleno de gracia -no fue ella quien me lo dijo, sino que yo estoy seguro de ello, porque lo vi en aquel momento- esperó la muerte… ¡y se fue!

Jueves, 11 de abril de 2002.



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