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BIOGRAFÍA DE BENOIT MURE

Posted: Julio 8th, 2011 | Author: | Filed under: Biografías, Historia, Sin categoría | No Comments »

Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/mureb.htm

Doctor Benoît Mure (1809-1858) por Ch. Janot.

Jean-Baptiste Jobard, entonces director del Museo industrial belga, escribió el 15 junio de 1858 en el Télégraphe de Bruselas un largo artículo necrológico donde entre otros pasajes afirmaba:

“Uno de los mayores genios del siglo, el doctor Mure, así caracterizado por Broussais, acaba de extinguirse a orillas del Nilo aniquilado por el kramsin (el frío del desierto)…

”Era por decirlo así una inteligencia incorpórea desapegada de la materia, como esos anacoretas pasados por las maceraciones al estado de profetas… Mure era a la vez como los grandes genios de la edad media: ingeniero, poeta, inventor, publicista, colonizador, filósofo cristiano, que servía a la humanidad y despreciaba a los hombres, avaro para él gastaba una gran fortuna para aliviar e iluminar el mundo, que lo ignoró, rechazó, calumnió, abandonó como a todos los precursores y promotores de alguna nueva verdad… Dejó muchos escritos impregnados de originalidad y de independencia de pensamiento muy raros en Brasil y en todos los países donde residió en beneficio de su doble misión médica y social…”

Se requiere cierta paciencia para leer hasta el final este escrito que quiere conservar sin interrupción “el estilo sublime”, como decía Voltaire.

Con oraciones siempre sonoras y a veces huecas, este miembro de la academia de Bruselas describe a grandes rasgos una vida muy extraña. ¿A qué se dedica pues el doctor Benoît Mure?

¿Cuál fue su “doble misión médica y social”? Intentaremos explicarlo con el relato de su vida, sin pretender no obstante examinarla en sus menores detalles ni decir la última palabra.

Es un esbozo que nos proponemos ampliar más tarde con una comunicación más detallada de los documentos que hemos consultado.

Mure recorrió en efecto toda la tierra, o casi; dejó escritos en los cuatro rincones del mundo. ¿Qué queda de ellos y cómo encontrarlos después de 80 años? Nos esforzaremos por decir sólo la verdad y por eso antes de escribir hemos examinado a la luz de las reglas de la crítica las pocas fuentes que hemos podido reunir con dificultad o que nos han proporcionado amablemente La Homeopatía pura, La patogenesia brasileña, diversas revistas de la época, etc. (Se puede encontrar en las obras siguientes una biografía parcial o resumida de Mure: Histoire de la doctrine homœopathique, 1847 (Rapow). – The enthusiasm of homœopathy, 1907 (London publ. Co.) – Pioneers of Homœopathy, 1897 (Boericke et Tafel, Filadelfia).

Nos permitimos dirigir nuestro agradecimiento más sincero al Dr. Schmidt de Ginebra y al Dr. Le Tellier de París que han facilitado nuestra tarea gracias a algunas valiosas informaciones.

Benoît-Jules Mure nació en Lyon el 4 de mayo de 1809. Sus padres eran también originarios de esta ciudad. Se dice que Mure inventó el crespón. No sabemos hasta qué punto es verdad, pero en todo caso es cierto que la familia se enriqueció con la venta de este tejido, a lo que se agregó un poco más tarde el comercio de la seda. La buena dote aportada por la señora Boissart, la esposa, contribuye sin duda a lanzar el negocio.

Por desgracia, una pena frenó la alegría de sus padres a partir del nacimiento del niño que llegó tras sólo siete meses de embarazo: era y siguió siendo endeble. Para compensar se le colmó de todos los cuidados posibles, y en cuanto tuvo la edad de sacarle provecho le pusieron una institutriz y preceptora con el fin de velar por su educación.

Los esposos cambiaron varias veces de vivienda, quizás para ampliar su comercio y seguir desarrollándolo. De la calle Mercière en la que Benoît vio la luz por primera vez, pasaron a la calle Romain, y por último a la calle Sébastien. Poseían además en Fontaine-sur-Saône, no lejos de Lyon, una propiedad que servía durante el verano y los días de descanso. De temperamento muy sensible, al niño le gustaba mucho esa casa, pues era testigo tanto de sus juegos como de sus estudios, le recordaba la adolescencia en la que se aislaba tan fácilmente en el sueño y la meditación.

Más tarde, cuando recorría mundo, ávido de conquistas homeopáticas, llegaba a decir a veces con emoción: “Mi padre vendió esta villa, no quiso dármela como dote; hubiera abandonado una parte de mi fortuna por este campo tan lleno de los recuerdos de mi juventud” (Homœopathie pure, 1883 (Baillère) por Mure – página 185, en nota.).

Mure estudió tanto como se lo permitía su frágil salud, pero el buen aire que acababa de respirar en Fontaine-sur-Saône durante su tiempo libre no impidió el desarrollo de una enfermedad grave, la tuberculosis pulmonar. Cuando se dieron cuenta, la afección ya estaba muy avanzada (Homœopathie pure, 1883 (Baillère) por Mure página 186.); además, los padres no dudaron en presentar a su hijo a las diversas eminencias médicas de la época.

Por desgracia, no pudieron detener los progresos del mal. Hacia 1832 recurrieron al mismo Magendie, pero sin más éxito. Sin recursos, los médicos prescribieron un viaje a Sicilia cuyo aire más suave debía actuar favorablemente sobre la enfermedad. Fue entonces cuando, a los 23 años, Mure preludió sus largos exilios con una primera estancia fuera de Francia, esta vez involuntaria.

En la isla encontró su tolle, lege: se le reveló la existencia de la homeopatía y le informaron de que habría podido curarse sin salir de su ciudad natal. El conde Sébastien Des Guidi, introductor en Francia de la nueva terapéutica, realizaba allí curas extraordinarias.

Nuestro enfermo volvió a Lyon y solicitó los cuidados del gran homeópata. Efectivamente, el curso de la enfermedad fue detenido mucho tiempo. Serán precisos los largos viajes, el excesivo cansancio, para que la tuberculosis continúe con sus estragos sobre un organismo agotado.

Juzguen la alegría de un joven de veinticuatro años que, habiéndose visto condenado a morir, vuelve a la libertad. Todo el ardor y la generosidad que tenía Mure, y Dios sabe que tenía, fueron consagrados en lo sucesivo a una guerra encarnizada contra “(…) la casta, decía, más ignorante y orgullosa, la más rastrera y opresiva que nuestro globo haya producido jamás” (Homœopathie pure, Mure (Baillère, 1883), página 1).

Nadie podrá expresar exactamente el rencor que sentía contra los médicos de su época entre las manos de los cuales estuvo a punto de morir. En alguna parte del prólogo de su Homœopathie pure repite: “(…) sacrificado hace veinte años por uno de estos experimentos homicidas por los que el médico irresponsable bajo la égida gubernamental como los otros funcionarios públicos inmola sin remordimiento hecatombes de enfermos, escapaba de las manos de Magendie, que representa el saber académico, y desde entonces, presa de dolores sin remedio y sin fin, no tuve otro consuelo en este mundo que proseguir con un santo odio en la medicina, la más repugnante encarnación del mal sobre la tierra, y reclamar sobre ella la animadversión de mis semejantes” (Homœopathie pure, Mure (Baillère, 1883), página 2).

La única arma que empleará en esta lucha sin cuartel será la que le devolvió la salud: la homeopatía.

Se la enseñará a las masas, al mundo entero para que éste pueda curarse sin la ayuda de los médicos, porque “mientras haya, repetía, una clase médica constituida, la humanidad no podrá ni liberarse de la enfermedad y la muerte prematura, ni conocer a sus verdaderos médicos” (Homœopathie pure, Mure (Baillère, 1883), página 1.

Luego, volviéndose hacia el pueblo, lo arengaba con lírico impulso: “No dejes practicar a los médicos esta homeopatía que han ridiculizado durante medio siglo. Practícala tú mismo: Dios la ha dado al mundo para que sea patrimonio de la humanidad” (Homœopathie pure, Mure (Baillère, 1883), página 2).

Para realizar su utopía preparó un plan de batalla que no variará en toda su vida: enseñará homeopatía, sobre todo a un núcleo de alumnos que no tratan de adquirir títulos oficiales. Se erigiría de ese modo en competidor de las Escuelas del Estado sin reclutar para la clase que aborrecía.

Benoît Mure estudió pues con ardor el nuevo método a partir de 1833, y paralelamente estudió la medicina enseñada oficialmente con el fin de estar más a la altura de su tarea.

Como le seguían siendo aconsejados los climas cálidos, regresó a Sicilia en 1834, pero cayó enfermo en Nápoles. El doctor Mauro, médico homeópata napolitano, lo trató. Mure aprovechó esta parada forzosa para continuar sus estudios junto a él. Tuvo entre sus manos un gran paquete de cartas, fruto de la regular correspondencia que Hahnemann mantenía con Mauro. Es interesante señalar este incidente porque nos enseña algo nuevo sobre nuestro ilustre fundador.

Nos basamos en los escritos publicados y hablamos comúnmente de Hahnemann como si su inteligencia se hubiera cristalizado con su último libro; nada es menos verdad al menos para la cuestión de las diluciones.

Mure pretende haber leído en todas estas cartas llenas con la letra microscópica del maestro que éste daba a partir de 1831-32 no diluciones 30ª, sino 80ª, y recomendaba las 50ª, 60ª y 80ª a su corresponsal.

Mauro obedecía, y todos los homeópatas napolitanos se detuvieron en la 60ª y 80ª atenuaciones para el cuidado de sus enfermos. (Hom. pure, op. cit., página 2: “Desde entonces para combatirla más seguramente (la medicina oficial) he estudiado sus misterios y sondeado su inanidad, y no he encontrado en ella más que falsedad y mentira”.

Por consiguiente, antes de su curación Mure no había estudiado medicina. Mure nunca tuvo el título de doctor que conceden las facultades francesas. Su falta de estabilidad y sus principios no le permitieron obtenerlo después de su curación.

Bien pesados todos los intereses y circunstancias, Mure no se beneficiaba nada alterando la verdad; parece pues inexacto afirmar ahora hasta que se demuestre lo contrario que Hahnemann hacia el final de su vida se había detenido en las 30ª diluciones.

Después de su estancia en Nápoles, Mure se dirigió de nuevo hacia Sicilia y Malta. Permaneció lo suficiente en esta isla para llevar a un buen número de personas a la homeopatía y reclutar a algunos alumnos, pero sus esfuerzos se concentraron sobre todo en Palermo. Los años que pasó en Sicilia fueron bien empleados.

Para tratar a sus enfermos nuestro médico tuvo rápidamente las ayudas que conquistaban sus buenos resultados terapéuticos. En 1837, Mure abrió en Palermo un gran dispensario, uno de los más bellos de Europa en esa época (Homœopathie pure, página 54 y 43.)

Eso permitió que hubiera consultas más numerosas y una enseñanza para un mayor número de alumnos. Este dispensario fue convertido más tarde en “Academia real de medicina homeopática”.

Los éxitos clínicos no impedían el trabajo personal, porque durante los años 1836 y 1837 Mure multiplicó sus experimentos con el fin de llegar a una sistematización de las dosis. (Homœopathie pure, op. cit., páginas 55 y 56).

En esa época se distinguían varias clases de homeópatas: los que empleaban las 30ª atenuaciones como había publicado Hahnemann, los que habían vuelto a las primeras diluciones, los que a semejanza de Gross y Korsakoff llegaban hasta las 1500ª, en fin los eclécticos afirmaban que la elección de la dosis era indiferente y que todas curaban igual. Probablemente, nadie había pensado antes de 1836 que algunas categorías de diluciones podían tener sus indicaciones propias. Mure comunicó las conclusiones de sus trabajos primero a sus colaboradores palermitanos, a continuación las publicó en 1838 en los anales del Dr. De Blasi. La Biblioteca de Ginebra las reprodujo, primero en 1839 en una carta del Dr. Calandra, luego en 1840 en un artículo detallado del mismo Mure.

De las dos conclusiones generales, una ha seguido siendo asimilada en la práctica cotidiana de la homeopatía desde hace casi un siglo: es el empleo de bajas diluciones en las enfermedades agudas y de altas atenuaciones en las enfermedades crónicas, éstas muy escasamente repetidas y sólo cuando el efecto de la primera dosis ha dejado de hacer efecto, aquéllas frecuentemente dadas como hoy, cada dos horas o todas las horas. La segunda conclusión del trabajo no ha resistido al tiempo ni a la experiencia.

Mure afirmaba que las diez primeras diluciones “estaban reservadas exclusivamente a las enfermedades agudas”. Sería preciso comenzar a elegir contra las enfermedades crónicas a partir de las décimas, y para determinar la atenuación conveniente se elevaba en un número la dinamización por cada año que la enfermedad contaba de existencia.

Así para 13 años de duración se debía emplear una 23ª dilución (10ª + 13 años). En ciertos casos no muy precisados, y de ese modo mostraba lo arbitrario de su segunda conclusión, Mure daba atenuaciones aún superiores y subía a las centésimas, sin negar la acción de las dosis ultrainfinitesimales.

La técnica farmacológica se benefició a su vez en 1838 de los trabajos de Benoît Mure con la invención de una máquina de triturar. Se encuentra su descripción en los Anales de Palermo y la biblioteca de Ginebra (El dibujo de esta máquina fue reproducido en la Patogenesia brasileña de Mure. (Baillère, 1849).

El mortero de pórfido o de ágata presentaba sobre el de porcelana, empleado hasta entonces, la ventaja de poder reducir a polvo impalpable sustancias tenaces y resistentes como los granos de nuez vómica, las habas de San Ignacio o también los metales.

Un contador permitía al farmacéutico saber el número de vueltas realizadas por la maja en la máquina de triturar; eso daba la facultad de producir trituraciones siempre idénticas. Catorce años más tarde, seis de estas máquinas funcionaban en Nápoles, París, Londres y Río de Janeiro.

Poco después de este invento, como la homeopatía prosperaba en Sicilia y los médicos homeópatas habían llegado a ser muchos, Mure pensó ir a atacar a los médicos franceses.

Por primera vez quiso “golpear, como decía, al monstruo… en el centro de su poder”.

El gran propagandista, orgulloso de sus brillantes éxitos en Sicilia y Malta, no se permitió el largo reposo al que tenía derecho después de cuatro años de exilio: fue directamente a París.

Hahnemann vivía en esa época con Mélanie d’Hervilly en esa ciudad en una casa con jardín de la calle Milan.

Era casi imposible que a su llegada Mure no tuviera relaciones con nuestro fundador. No hemos podido saber el estado exacto de sus relaciones, pero seguramente se vieron varias veces.

Mure le enseñó su triturador mecánico, y Hahnemann, que había conocido las largas y monótonas trituraciones a mano, se admiraba al ver desaparecer en polvo, rápidamente, las sustancias más resistentes. (Hom. pure, op. cit., página 84.)

Otro día, solo con el gran maestro en su jardincito, le expuso sus métodos para el empleo de las diversas diluciones homeopáticas. (Hom. pure, op. cit., página 84.)

Seguramente también tuvo que conversar con él sobre sus éxitos sin precedente entre la clientela parisina.

Mure había abierto en efecto ese año, 1839, un gran dispensario en la calle de la Harpe. Pronto se llenaron las salas, por lo grande que era ya la reputación de aquél que allí curaba. Parece que se recibían más de 1000 enfermos a la semana. (Homœopathie pure, página 186.)

En menos de un año, el número de homeópatas parisinos se elevó de trece o quince hasta cerca de 200. Sin embargo, conviene recordar que la gran mayoría de los alumnos así formados no poseía el título de medicina; estaban pues condenados en la práctica a dificultades de diversos tipos, o a fracasos, por la entrada en juego de las leyes que regían el ejercicio de la medicina en Francia.

¿Fue esta razón la que determinó una nueva partida, o, como en Sicilia, juzgó el movimiento bastante conocido para llevar “la buena nueva” a otra parte? Ése es un punto oscuro. El joven apóstol de 31 años, cargado ya de laureles, decidió ir a Brasil para introducir la nueva terapéutica.

Antes de abandonar su país por mucho tiempo, Benoît Mure quiso volver a ver a su padre retirado en Martonvelle: tal vez lo convencería de la importancia del nuevo proyecto.

Pero el señor Mure evaluaba las cosas con su espíritu práctico y constataba que lejos de ganar dinero, su hijo gastaba fuertes sumas. Según él, era actuar atolondradamente y a la buena de Dios; además no ocultaba la poca simpatía que sentía por estas especies de empresas.

Más tarde Benoît se quejará de ello a su padre en estos términos:

“Yo significaba tan poco para ti que siempre me aconsejaste que me pusiera después de los hombres más vulgares… Llegué a Martonvelle gimiendo, con la cabeza llena de ideas, los ojos húmedos de lágrimas, ardiendo en deseos de contarte mis inauditas aventuras y mis proyectos más inauditos aún; y tú, en vez de escucharme, me conducías a ver tus zanahorias, tu alfalfa y tus conejos, arrojabas agua al incendio de mi alma o bien me abandonabas en la imaginación a los verdugos de Java” (Carta de Mure a su padre, escrita el 13 de abril de 1852, desde Korosko (Nubia) – Homœopathie pure, página 148.)

Se puede pensar que con tales sentimientos el padre no concedió la aprobación deseada.

El 12 de diciembre de 1843, Benoît Mure abrió en Brasil un instituto de medicina homeopática, y fundó, con su dinero, una escuela para enseñar “todas las ramas del arte de curar según la doctrina y el espíritu de Hahnemann”.

Doce profesores daban las diversas clases de medicina, y después de un cierto ciclo de estudios, la escuela expedía unos diplomas a los alumnos salientes. Es inútil añadir que el gobierno brasileño no los aprobaba. El instituto muy activo bajo el impulso de su fundador se transformó en un foco intenso de propaganda y de investigaciones científicas.

Los nuevos homeópatas, a través de misiones hábilmente dirigidas y de una polémica considerable en los periódicos, establecieron sus métodos en todo el imperio.

Mure escribió su primer libro de homeopatía Pratica élèmentar da Homaeopathica que tuvo una tirada de más de diez mil ejemplares, y se propagó a las plantaciones de caña de azúcar; llegaba así a los colonos alejados de las ciudades y de su acción inmediata.

Seis años después de la fundación del instituto había veinticinco dispensarios sólo en la provincia de Río de Janeiro, y cincuenta más en el resto del imperio. La escuela, cantera de los propagandistas, había formado a más de quinientos médicos. (He aquí algunos nombres de los primeros médicos homeópatas formados por Mure en Brasil: Sonto-Amoural, Thomas de Silveira, Gama a Castro, V. J. Lisboa, T . J. Martins, Alvez de Moura, Duque Estrade, Duarté Moreria, Ricardo Costa, Akermann, S. Pastor, Ildefonso Gomès, Nogeire, Lemos, Cachrane, Proense, Bimont, Mesquite, etc.).

La mortalidad de Río de Janeiro que era en 1842 de 7294, bajó hasta alcanzar 4455 en 1847.

El doctor Paitre en el Journal d’Avignon de junio de 1854 escribía:

“Para apreciar la obra del doctor Mure en Brasil basta con señalar que, durante seis años, recibió de su clientela de dos a tres mil francos al día, y que volvió pobre a Europa.

El talento y la actividad que gastó en la polémica de los periódicos y la propaganda es incalculable”.

La señora Liet afirmará más tarde, y está cualificada para hablar de ello, que Mure gastó durante toda su vida 500000 francos, lo que equivale a tres millones en moneda de nuestra época. (Homéopathie pure, op. cit., página 186.)

Además de la preocupación de darse a conocer y hacerse apreciar, el instituto experimentaba sustancias desconocidas de la materia médica homeopática de entonces. Así fue como, por ejemplo, el 2 de julio de 1845, se estudió la acción de Janipha Manihot en el hombre sano.

En sesión pública en el instituto se exprimió una gran cantidad de jugo de las raíces de la planta, y M. Joao Vincente Martino absorbió treinta gramos.

Electrizados por el ejemplo, lo imitaron algunos alumnos entre los que se distinguían De Souzedias y Chedifer, el futuro médico de Bahía. La mayor parte de los experimentadores tuvieron que tratarse activamente a causa de la violencia de los síntomas; Martins, más afortunado, pudo durante ocho días seguidos observar las sensaciones producidas por su envenenamiento voluntario.

Estos heroísmos y muchos otros contribuyeron a constituir la farmacopea homeopática brasileña, de la que Patogenesia brasileña, que Benoît Mure hará publicar en 1849, es un principio (Rodde publicó una traducción de Hempel en Nueva York: Materia medica or provings of the principal animal and vegetable poisons of the Brazilian empire).

El antiguo investigador siciliano estudió por su lado el modo de administración de los medicamentos por olfacción que utilizaba Hahnemann, y encontró una práctica completamente original. He aquí cómo se expresa:

“Vertíamos encima del frasco de tintura, la botella del enfermo vacía (sic), y después de treinta o sesenta segundos, según el caso, le dábamos la vuelta bruscamente, la rellenábamos de agua y la tapábamos con la mayor celeridad posible.

Este modo de administración siempre nos ha salido admirablemente bien”. (Homœopathie pure, página 44.)

Nos gustaría, pienso, conocer detalles clínicos, y por desgracia es precisamente eso lo que falta. Esta manera de proceder sería más suave y de efectos más rápidos, y convendría preferentemente “en los casos de peligro inminente, cuando la susceptibilidad del enfermo es excesiva, y cuando se quieren calmar los efectos demasiado violentos de un medicamento sin interrumpir completamente su acción”.

Rink construyó un aparato de sucusiones en Río de Janeiro según las órdenes de Mure en 1844. El dibujo apareció por primera vez en la farmacopea de José Antonio de Valle el 26 de enero de 1846. (Homœopathie pure, página 44.)

Esta máquina permitía vaciar el aire de la botella de dilución, condición sine qua non, según su inventor, para obtener altas atenuaciones puras y choques violentos en las sacudidas. El preparador José Victorino-Venture-Pinheiro fabricó todas las dinamizaciones que necesitó el maestro hasta su partida, mediante este aparato. La segunda máquina sólo fue construida cinco años más tarde en Francia; Mure la presentó a los miembros de la Sociedad Hahnemanniana que informó de ello en su periódico.

La revolución estalló en París hacia finales de febrero de 1848. El rey Luis Felipe fue derrocado y se proclamó la República. ¿Influyó ésta en nuestro amigo, adepto a las doctrinas socialistas de Fourier y gran admirador de los falansterios, uno de los cuales había fundado en la península de Sahy? (Un intento de realización de la doctrina de Fourier fue emprendido en Brasil en la península de Sahy.)

¿Creyó poder atacar con más eficacia a la “clase médica” en su país durante un periodo de disturbios? Nada parece justificar estas suposiciones; en todo caso el 13 de abril de 1848 un barco que salía de Río de Janeiro lo volvía a llevar a su patria.

Un nuevo paso por la casa paterna de Martonvelle no fue mejor que el de 1840; pero poco importa, la propaganda a favor de la homeopatía se reanudó con ardor en París durante 3 años.

Benoît Mure publicó en 1849 en Baillère la Doctrina de la escuela de Río de Janeiro.

Este libro de 368 páginas, conocido más con el nombre de Patogenesia brasileña contiene treinta y seis patogenesias de los nuevos medicamentos empleados por los médicos homeópatas brasileños, las máquinas con sus dibujos, la teoría de las dosis, etc.

Editó en esta época otra obra que tuvo un gran éxito: El médico del pueblo.

Era una compilación de la materia médica que pretendía poner la práctica de la homeopatía al alcance de todos los profanos.

La primera tirada ascendió a cincuenta mil ejemplares y fue seguida por una segunda de treinta mil que se agotó rápidamente.

El penúltimo trabajo de Mure es menos conocido porque no pertenece a la medicina. L’Armanase, ou organon de la sociabilité humaine pretende resolver conforme a los principios de la homeopatía el problema de la organización social. En realidad se inspira en las doctrinas socialistas de Fourier y de Jobard.

En fin en 1851, el libro La Homeopatía salió a la luz: con una tirada limitada, se agotó rápidamente. La homeopatía pura de 1883 no es más que una puesta en orden y una ampliación de éste. (Homœopathie pure, página 9.

Expone todas las teorías de Mure. La homeopatía absoluta reside en dos principios: el principio patológico y el principio fisiológico.

Éste consiste en una “fuerza creadora inherente al hombre”, es la teoría vitalista de Barthez y de Stahl que vuelve a estar sobre el tapete, aquél por el orden cronológicamente encadenado de los síntomas explica todas las enfermedades. De ahí vienen unas conclusiones, muchas de las cuales, sobre todo para  “el principio fisiológico”, carecen de pruebas o nos parecen infantiles hoy.

¿Qué pensaba Mure de esta última obra maestra?

Es interesante buscarlo para entrever su carácter de hombre ya maduro. A orillas del Nilo, en Meroe, escribió:

“La homeopatía tal como salió de las manos de Hahnemann, era superada por algunas lagunas que tuve que subsanar una tras otra. Hoy está confirmada científicamente.

”Grandes trabajos seguirán siendo todavía probablemente necesarios para dilucidar todos los puntos de la práctica. Por ejemplo, será preciso rehacer casi todas las experimentaciones puras que no han sido anotadas cronológicamente, esto es una obra práctica; pero desde el punto de vista teórico, se puede afirmar sin temor que el espíritu humano no irá más lejos”. (Homœopathie pure, página 4.)

Tales apreciaciones que no son únicas, descubren un espíritu autosuficiente, y una filosofía superficial. (Homœopathie pure. En la página 2 se lee este otro pasaje: “Por lo que a mí respecta, apóstol de este mundo nuevo…”, página 7: “Seguro de nuestras convicciones adquiridas por largos trabajos, no tememos decir que a partir de ahora el espíritu humano no llegará más lejos en esta dirección (la teoría de la homeopatía)”. Página 148: “Sólo había que esperar un poco, y renovaba vuestra vieja Francia.”

Toda ciencia que tiene relaciones estrechas con la vida no puede ser completa si no alcanza su esencia, ahora bien, Mure no se preocupa de ello. La generosidad y el valor intrépido de su obra propagandística compensan afortunadamente algunos defectos que por otra parte son, en diversos grados, patrimonio de todos los hombres.

En estos tres años pasados en París el número de homeópatas se había duplicado: de cien ascendió a doscientos. Los progresos, sin embargo, no eran bastante sensibles según su iniciador. Por una parte, soportaba difícilmente las contrariedades de las leyes que protegían a los farmacéuticos, por otra, los alumnos que formaba se decantaban por la Facultad para solicitar el título que protegía de cualquier problema. (Homœopathie pure, páginas 5 y 6. Citamos el texto que muestra una vez más el carácter fogoso y franco de Benoît Mure. Sufre la influencia del romanticismo y de las doctrinas socialistas de la época: “¡Cuántas veces he tenido que esconder mis colecciones en casa de amigos complacientes temiendo que me las confiscaran… poseedor de medicamentos preparados por procedimientos extraños a todos los farmacéuticos de mi país, la ley me prohibía utilizarlos… ¡Oh! que aquéllos que circulan en paz por la encrucijada social y que llevan una existencia vulgar, aquéllos, digo, no intentan saber lo que he sufrido y el odio que he amasado durante estos tres años de angustia, contra estos reglamentos estúpidos de los legisladores antiguos, grilletes oxidados que se han dado como un collar a la infancia de los pueblos, y que convertidos en demasiado estrechos, estrangulan hoy las naciones adultas. Así es el absurdo de las leyes escritas, cuya letra mata constantemente el espíritu que tiende a desprenderse de las ruinas de la materia! Cómo ha podido resistir la humanidad tanto tiempo a la influencia mortal de estos textos cadavéricos, cuya única finalidad era atar en el ataúd de las generaciones podridas la cuna de las nuevas generaciones.”)

“Hastiado de una lucha insensata en la que reclutaba para su enemigo” volvió a Egipto que ignoraba las estrechas reglamentaciones, país en el que se consentía “vivir y curar sin médicos”. Tras una nueva estancia fuera de Francia “… quizás, decía, si vuelvo a mi patria, encuentre allí fundada esta escuela de homeopatía francesa por la que he suspirado tanto, por la que he trabajado con tanto ardor. Quizás encuentre vencido este funesto prejuicio de que la homeopatía debe ser practicada por los médicos, ¡por sus enemigos!” (Homœopathie pure, página 3.)

Libre por parte de su clientela que le habían tomado por cinco mil francos, Benoît Mure se encaminó pues en 1851 hacia Marsella. En esta época, una persona se asoció estrechamente a su vida: era la señora Liet, nacida Sophie Lemaire, sobrina del señor Lemaire, miembro del Cuerpo Legislativo y del Instituto de Francia. (Carta de Benoît Mure a su padre, el 13 de abril de 1852. Homœopathie pure, página 148. )

Gracias al Dr. Adailton Salvatore Meira por este retrato de Mure y de la señora Liet.

Desde hacía muchos años ya se contaba esta señora entre los numerosos discípulos del maestro, y estaba muy entregada a propagar la homeopatía.

En el departamento del Norte, trató y curó a más de 4000 personas de las cuales 400 estaban abandonadas por los médicos.

La sociedad de beneficiencia de los Incas (?) en Valenciennes le concedió en nombre de todos los Incas un título “destinado a constatar los servicios prestados a la sociedad, y a perpetuar el recuerdo de los actos de beneficencia y de humanidad realizados en el noble ejercicio de su profesión”. (Homœopathie belge, 1 marzo de 1859. Chronique de Jersey, 7 de agosto de 1895. Homœopathie pure, página 143 y 126. Carta de V. Bernstein, homeópata de París, a Mure, 28 de julio de 1856.)

La señora Liet ya no dejó a su compañero: compartió sus trabajos y sus fatigas, y lo salvó de la muerte en Meroe, Jartum, Bayuda con una energía verdaderamente extraordinaria.

Si hoy tenemos algunas obras de su amigo es gracias a esta mujer: veinticinco años después de su muerte las hizo reeditar en Baillère, París.

Llegado a Egipto, Benoît Mure preparó activamente y de manera definitiva el material necesario para su expedición hacia el centro africano y la realización de sus grandes proyectos: llevaba con él cajas llenas, muebles, provisiones, sus farmacias homeopáticas, dinero contante.

Un amigo, el conde Fieschi, recibió en depósito diferentes objetos de poca importancia. El objetivo del viaje se había ampliado: se descubriría la fuente del Nilo aún desconocida en esa época, luego se instalaría en la región del río blanco una gran “colonia humanitaria”, según los principios de l’Armanase.

En los primeros meses del año 1852, Mure y la señora Liet abandonaron El Cairo.

Un barco a vapor que remontaba el Nilo los llevó hasta Asuán en la frontera de Egipto y Sudán. Sin detenerse, como había hecho dos años antes el célebre novelista Gustave Flaubert, atravesaron las primeras cataratas, recorrieron unos 200 kilómetros más y alcanzaron Korosko.

Desde este sitio querían ganar directamente Abu Hamed, atravesando en camello el desierto de Nubia; en parte era tomar el itinerario que sigue hoy el ferrocarril, y evitar, además de un meandro del Nilo que se extendía por carretera 500 kilómetros, las grandes cataratas Wadi Halfa.

Esperaron algún tiempo en Korosko para recibir las últimas cartas de Europa. El 13 de abril Mure escribía a su padre para invitarlo a unirse al viaje. Deseaba, sin demasiadas esperanzas, su colaboración en la fundación de su mejor orden social:

“… Hoy el vapor, escribía, atraviesa el Mediterráneo y remonta el Nilo. Lo único penoso es el trayecto del desierto de Derr en Bouhamet. (Ortografía fonética, el nombre árabe es Abu Hamed.)

”Pero todavía nos llevan en una especie de litera en la espalda de los camellos, y todos los días tú te entregas a trabajos más penosos que este ejercicio. No digas que estoy loco. Hombres generosos e inteligentes dejan en este momento a sus mujeres, a sus hijos, su futuro, confiando en mis palabras y vienen no sólo de París sino de orillas lejanas de América del Sur para trabajar en la realización de mis grandes proyectos humanitarios.

”Ven y te mostraré maravillas mucho más elevadas, pero prohibidas a las miradas profanas del vulgo. Te enseñaré que la ruta de los astros está abierta en efecto… ” (Carta de Mure a su padre. – Homœopathie pure, página 149.)

En realidad Mure no fue a Abu Hamed como había proyectado, sino que después de un poco de reposo remontó el Nilo en un barco de su propiedad con Sophie Liet.

Alcanzaron Wadi Halfa probablemente en julio. Las grandes cataratas situadas entre esta región y Dongola tenían fama de peligrosas. Mure no quiso arriesgar la pérdida completa de su material en caso de naufragio.

También decidió separarse momentáneamente de su compañera. Ésta atravesaría por el desierto los doscientos kilómetros que los separaban de Dongola, lugar de concentración y llevaría los botiquines homeopáticos, el dinero en efectivo y las provisiones.

Por lo que a él respecta, quería asistir al paso de las famosas cataratas en su barco donde guardaba el material más voluminoso. Como presentía que surgirían dificultades serias, escribió su testamento antes de la salida de su amiga.

“Como me dispongo a franquear las cataratas del Nilo y puedo sucumbir en esta empresa, declaro, con este testamento hológrafo dejar la totalidad de los objetos que poseo actualmente en Egipto tales como las cajas, los muebles, dinero en efectivo, barca, provisiones, farmacias homeopáticas, objetos dejados en El Cairo en casa del conde Fieschi, en depósito en casa de diversos negociantes o expedidos a Francia a mi dirección, a la señora viuda de Liet, nacida Sophie Lemaire que me acompaña en este viaje.

Además, le ruego a mi padre que entregue a la susodicha señora Liet una suma de 10000 francos de las propiedades que poseo en Brasil. Lego a la señora Liet toda sucesión que pueda caerme en suerte en el futuro o haberme caído en suerte anteriormente.

Revoco totalmente toda disposición testamentaria anterior. Hecho, escrito, fechado y firmado en su totalidad de mi puño y letra.”

Wadi Halfa, 23 de julio de 1852, e insertado para más autenticidad y seguridad en una hoja de este registro. Benoît Mure. (Homœopathie pure, página 154)

La señora Liet partió en camello y llegó a Dongola la primera sin tropiezos.

Durante este tiempo nuestro explorador, que se había quedado en el punto de partida, discutía vivamente con los indígenas de la región. El señor Lafargue, negociante en Berber le había recomendado que se confiara totalmente, para el paso de las grandes cataratas, al capitán de su barco mercante, un tal Soliman.

Este último que volvía a Berber acompañado de otra barca que pertenecía al señor De Vaudey, cónsul sardo en Sudán, debía hacer la ruta con él a partir de Wadi Halfa.

Las dificultades llegaron porque era necesario contratar a gente para la tracción de los barcos. Mure se dio cuenta pronto de que Soliman, después de que hubo afirmado que pasarían por casi nada, se entendía con los cuatro jeques de la región para cobrarle un precio exorbitante.

Gioma, capitán del señor De Vaudey, encontró en menos de 40 horas en el territorio del Dongola a jefes honestos que convinieron un precio módico para asegurar la sirga. Los de Wadi Halfa pretendieron entonces imponer su presencia durante el viaje con una tasa de 100 piastras cada uno. Mure se negó.

Consintieron en proporcionar la tracción por el mismo precio que los jeques del Dongola, o sea 370 piastras en vez de las 2400 que habían pedido primero. Sufrieron un nuevo rechazo. Al mismo tiempo Soliman no lograba obtener del rumí el cable que quería y las cajas de abalorios que servían para los intercambios.

La noche del 6 de agosto de 1852: en el dahabiya anclado sopló un mal viento para el doctor. Los sonidos acompasados de la darbuka se mezclaban con las explosiones de cólera, la brouza corría a raudales, en el calor de la orgía Soliman y los jeques encadenaban las injurias a los cantos árabes.

“Sé, escribía Mure esa noche, qué amenaza siniestra está contenida en la insistencia de Soliman en tomar mis abalorios, en pedir mi cable y en rechazar mis recibos, pero me he enfrentado con odios más terribles que ésos, y frustraré esta esperanza. Yo pasaré el primero, y en mi barca.

”Solamente, si sucumbiera, este papel que debe sobrevivirme explicará las causas de mi naufragio… Desaprobar la explotación, desenmascarar a los bribones, levantar a los débiles, curar a los enfermos, instruir a los simples, asociar a los buenos, afrontar a los perversos: ése es el único pensamiento de mi alma, la ocupación constante de mi vida. Nada hará que me desvíe de ello un instante”. (Homœopathie pure, página 153. El texto muestra la generosidad de Mure, su intrepidez frente al peligro.)

La salida había sido fijada para el lunes 9 de agosto. ¿Cuándo tuvo lugar en realidad? ¿Qué sucedió exactamente durante el viaje? No hemos conseguido saberlo. Lo cierto es que, cuando Mure llegó a reunirse con Sophie Liet, su barco había sido engullido por las cataratas con todo su contenido.

La expedición se encontraba muy comprometida, sin embargo, nuestros dos exploradores no se desanimaron. Permanecieron en Dongola un tiempo para permitir a los indígenas que se aprovecharan de las ventajas que les proporcionaba la homeopatía:

“Tribus enteras venían a nosotros, escribía el náufrago, para pedirnos estos remedios milagrosos que, según su expresión, curaban a los hombres y los animales.” (Carta de Mure al señor Lemaire, 15 de noviembre de 1853. – Homœopathie pure, página 138. La expresión tribus enteras no debe ser tomada, a juzgar por las apariencias, literalmente.)

Reemprendieron la ruta hacia la fuente del Nilo siguiendo su curso. El nuevo barco estacionó en Meroe donde se erigió en otro tiempo una de las ciudades más famosas de la antigüedad; allí fue donde Mure escribió la introducción a su obra La homeopatía pura que acababa de componer a lo largo del viaje. En este sitio fue abatido por una “fiebre inflamatoria”.

Durante la enfermedad el jefe de la región insultó a la tripulación del barco, y los chagga acudieron de todas partes para apoyarlo. “No había un instante que perder, afirma el enfermo, la señora Liet se pone a la cabeza de cuarenta marinos que armamos deprisa y corriendo. Cruza el río y, al frente, va a secuestrar al jefe en su castillo y me lo trae listo para darme todas las reparaciones necesarias y para disculparse ante la bandera tricolor”. (Carta de Mure al señor Lemaire, 15 de noviembre de 1853. Hom. Pure, página 137.)

Después de todas estas tribulaciones, los dos homeópatas llegaron a Jartum hacia finales del año 1852. Habían salvado desde Korosko un millar de kilómetros. Sin perder un instante Mure y su compañera comenzaron a prestar asistencia como en las paradas anteriores, y los indígenas acudieron a ellos.

El cuidado de los cuerpos los acercó a la misión católica austriaca instalada en la región, y dirigida por un vicario apostólico Dom Ignacio Knoblecher. (Tenían tan buenas relaciones que un poco más tarde, el 7 de abril de 1853, a la muerte de un misionero, Dom Angelo Vinco, Mure compuso una elegía de 75 versos a su memoria. La poesía esta reproducida in extenso en L’Homœopathie pure, página 137.)

Sin duda esperaban actuar más rápidamente sobre los barrys mediante aquéllos que conocían mejor sus costumbres. ¿Seguía contando Mure, a pesar de las pérdidas sufridas antes de Dongola, con fundar su colonia modelo basada en L’Armanase? Podemos creer que sí. Pero un suceso iba a interrumpir bruscamente a partir de ese momento toda esperanza de este lado.

Algunos enemigos, y eran poderosos enemigos, se sublevaron. ¿Intervinieron quizás envidias de médico? ¿Hubo quizás más bien irritaciones en el mundo árabe contra la manera de actuar o las teorías sociales del extranjero?

Los dos exploradores, tan locuaces sobre temas de menor valor, se callaron sobre las causas de la desgracia que vamos a contar. Durante dos meses se jactaron públicamente en Jartum de que Mure no saldría vivo de Sudán. El 21 de enero de 1853, mientras se encontraba en casa de los misioneros en Ianonica, fue asesinado (sic).

Lo llevaron desvanecido a Jartum donde recibió los primeros cuidados de su compañera.

Luego, ésta “obtuvo de las autoridades turcas y consulares, dice Mure, si no la justicia, al menos una especie de garantía sin la que todos los intereses unidos para perderme no habrían dudado en renovar un ataque contra mi vida”. (Carta de Mure al señor Lemaire, 15 de noviembre de 1853. Hom. pure, página 137.)

La curación requirió cinco largos meses antes de ser completa; pero a partir de mediados de febrero el herido se encontró bastante mejor para sostener la pluma. Aprovechó para escribir el 18 al señor Lemaire, miembro del Cuerpo Legislativo; le hablaba de sus aventuras y sobre todo de un proyecto que habría enviado al gobierno francés para que se interesase por la colonización de África Central.

El 2 de marzo salía una carta dirigida al señor Sabatier, cónsul general de Francia en El Cairo que contenía la copia de un certificado del Dr. Biron, haciendo constar la gravedad de la tentativa de asesinato. (En 1860, éste era médico homeópata, al servicio de S. A. el virrey de Egipto.)

Como seguía temiendo por su vida, Mure decidió que ganaría El Cairo tan pronto como le volvieran sus fuerzas, y para ello informó con una misiva, el 5 de mayo, al señor Sabatier de sus intenciones. Al mismo tiempo pedía protección porque “los poderosos enemigos habían colocado a su asesino en el camino”.

Una copia del certificado médico fue enviada de nuevo al cónsul el 30 de mayo. Esta vez estaba legalizada por el procónsul de Cerdeña y acompañada por una declaración del Sr. Oldrini, farmacéutico en jefe en Sudán.

Durante esta correspondencia, los instigadores del crimen repetían en Jartum a quien quería oírlo que por su influencia en las altas esferas, las quejas llevadas al Cairo fracasarían. (Carta de Mure al cónsul general de Francia en El Cairo, 9 de diciembre de 1853.)

De hecho Mure no recibía respuesta, de modo que restablecido, tuvo que volver a Egipto por sus propios medios.

Si el sueño de la colonia modelo se encontraba retrasado en su realización, la homeopatía por lo menos no salía perjudicada. La propaganda en todos los medios sudaneses logró maravillas tanto en los barrys como en los europeos o egipcios de Jartum. La señora Liet a menudo era más solicitada que su amigo. (Homœopathie pure, página 138.)

Éste cuenta entre sus grandes éxitos la curación de una epidemia de disentería que diezmaba las tropas egipcias. A su partida, dejaron a algunos alumnos bien formados; todos los europeos habían querido aprender su arte, es conveniente añadirles algunos indígenas.

La señora Liet aún se acordaba en 1883 de un tal Taïl Effendi que curó a la primera a diecisiete enfermos que padecían una disentería que, hasta ese momento, no había respetado a nadie. La materia médica ganaba dos sustancias nuevas que no entraron en la práctica por falta de publicidad o de experimentaciones ulteriores; eran Winit y Thereba que los sudaneses empleaban empíricamente contra la fiebre intermitente y contra la sífilis respectivamente. (Se encuentran las 2 patogenesias en L’Hom. pure. La de Winit la experimentó el mismo cónsul de Cerdeña, el señor De Vaudev.)

La vuelta al Cairo se efectuó más rápidamente que la ida, y conocemos un solo incidente en el que los dos héroes estuvieron a punto de perder la vida.

Fue en el desierto de Bayuda que atravesaban para evitar un meandro del Nilo. Los camelleros habían detenido la caravana en el lecho desecado de un torrente, cuando sobrevino brutalmente una tormenta tropical.

Como los indígenas se negaban a desplazar el campamento, Mure partió para reconocer el curso de las aguas. De repente la señora Liet oye el disparo, señal convenida de un peligro inminente. Se precipita entonces “sobre los camelleros medio dormidos; golpea en la cara al más insolente de todos y, con la pistola en la garganta, lo obliga a mudar las cajas con sus compañeros”. (Carta de Mure al señor Lemaire, 15 de noviembre de 1853. – Homoeopathie pure, página 137.)

El torrente llegó “como un caballo en fuga” y no volcó más que algunos cestos que aún no se habían quitado. Si hubieran esperado algunos instantes más, “sin víveres y sin recursos para ganar Egipto”, habrían estado perdidos.

En noviembre de 1853, Mure podía por fin descansar en la capital egipcia. Vencido pero no abatido, seguía esperando la ayuda del gobierno imperial francés. El 15 escribió al señor Lemaire para preguntarle cómo iba su proyecto, y cómo iban las gestiones prometidas ante el ministro en su favor.

Mientras esperaba la respuesta, contaba pasar una parte del invierno en Egipto para establecer allí la homeopatía, tarea en la que habían fracasado varios antes que él. Si a continuación no se aceptaban sus planes “para la toma de posesión de las mesetas africanas” volvería a Francia en primavera para comenzar una nueva propaganda.

Como pensamos, Mure se ocupó de saber lo que había pasado con su correspondencia de Jartum. En el consulado pretendían no saber nada de su asunto. A continuación fue a casa del cónsul general, el señor Sabatier, que no lo recibió. Creyó ver en todo esto una arbitrariedad, además pidió por carta el 9 de diciembre la revisión de sus documentos e informó que lo denunciaría en París puesto que en El Cairo no querían oírlo:

“Me creo en la obligación por mí, decía, y por los viajeros que visitarán Sudán después que yo, de perseguir el castigo de un atentado cuya impunidad sería peligrosa.”

La señora Liet partió para Francia con el fin de obtener justicia y la aprobación del famoso proyecto siempre pendiente.

Algunas personalidades de la ciudad venían ya a agruparse alrededor del célebre homeópata, atraídos por su prestigio y sus curaciones: por ejemplo, el doctor Polv, el barón Gottenberg y el señor Alaçia. Estas personalidades trabajarán durante la ausencia del maestro y contribuirán por su influencia al retorno de 1856.

Un barco que zarpaba para Génova en enero de 1854 llevó a Mure. En esta ciudad había gente que reclamaba su amistad, y sobre todo cierto médico llamado Jules Gougon. (En una carta dirigida a Mure, el 1 de junio de 1853, este señor Gougon firma debajo de este título: profesor de homeopatía.)

Era un núcleo para comenzar una propaganda intensiva. Apenas llegado abrió un gran dispensario, y se prodigó con la señora Liet que se había reunido con él en cuidados y en clase de homeopatía.

El cólera sobrevino cinco meses después de la instalación. El nuevo arte pudo ejercerse a mayor escala y conocer un verdadero triunfo. El dispensario se llenó deprisa; durante once días y once noches Mure, Sophie Liet y sus alumnos se desvivieron sin medida por los 864 coléricos que trataron; salvaron a 790 cuyos nombres fueron publicados in extenso sin acarrear discusión. La mortalidad era pues del 5 por ciento con el tratamiento homeopático mientras que los alópatas en esta epidemia perdían al 60 por ciento de sus enfermos.

Es inútil añadir que las masas se apresuraban hacia los homeópatas; más de 10000 genoveses vinieron a pedir “preservativos”, y entre éstos no se constató más que dos ataques de cólera, seguidos de curaciones. (Homœopathie belge del 1 de marzo de 1859. Chronique de Jersey del 7 de agosto de 1875 – Carta de Mure a su padre, 6 de agosto de 1854. Homœopathie pure, página 182.)

Mure gastaba más de quinientos francos al día sin recibir ni un céntimo de sus enfermos; además, como veía que el número se incrementaba a cada momento, recurrió al ayuntamiento que subvencionaba a los médicos.

A modo de respuesta, el alcalde de Génova, no contento con rechazar cualquier ayuda hizo perseguir por ejercicio ilegal de la medicina a los alumnos no titulados que ayudaban a nuestro héroe. Indignado por tales procedimientos, y viéndose después de once días casi sin recursos, Mure cerró su dispensario y envió la avalancha de enfermos al ayuntamiento. La multitud se rebeló y se dirigió dos veces al ayuntamiento gritando: “¡La homeopatía o la muerte!” El gobierno tuvo que desplazar tropas desde Turín para contener el motín.

Por miedo a que lo hicieran responsable de los desórdenes, y porque no quería “quedarse sin un céntimo” en el bolsillo otra vez, Mure abandonó Génova mientras que patrullas de soldados recorrían las calles. (Diario de la sociedad galicana, sesiones del congreso, julio de 1855, por M. Piort – Homœopathie pure, páginas 182 y 189.)

Gracias al cólera estimaba haber hecho más por la homeopatía en seis meses de lo que habría hecho de otro modo en dos años. El 6 de agosto de 1854 escribía a su padre para pedirle que lo esperara en Lyon cuando pasara por allí unos ocho días más tarde; le rendía cuentas de las últimas fatigas en estos admirables términos:

“He tenido dos veces el cólera y escupo sangre después de las excesivas fatigas de diez noches pasadas salvando a coléricos; pero gracias al cielo voy a descansar y mi corazón está inundado de alegría viendo el celo y la intrepidez de mis alumnos: ¡unos santos, unos héroes, unos mártires! ¡Jamás un espectáculo más bello ha convocado las miradas del cielo sobre la tierra!”

Se ve que a pesar del cansancio físico y moral el entusiasmo se conservaba intacto.

Benoît Mure sólo pasó por Lyon porque lo esperaban en Marsella a mediados de agosto. Un agente del nuevo pachá de Egipto se encontraba allí, y quería conversar con él sobre los medios de fundar en El Cairo una escuela de medicina homeopática.

Sus amigos y discípulos, secretarios de Said-Pacha habían obtenido este resultado con la ayuda de dos ministros “simpatizantes”: Arthim-bey y Stephen-bey.

Sin embargo, Mure permaneció en Europa e incluso tuvo que reducir seriamente su actividad, porque las últimas fatigas habían agotado sus fuerzas. La tuberculosis amenazaba de nuevo su salud. Después de dos inviernos rigurosos, ganó en 1856 Egipto cuyo cálido clima ofrecía más ventajas para su estado.

Su única presencia reavivó el movimiento de propaganda en Alejandría. Los dos últimos años de su vida, dio clases de homeopatía; cincuenta personas al menos asistían a estos “últimos destellos que este genio lanzó al mundo”. (Homœopathie pure, página 189.)

El apóstol en fin pensó en volver a ver la escuela que había fundado en Brasil y que ahora vivía floreciente. Pensaba poder descansar en las propiedades que poseía en esas lejanas tierras, pero la muerte lo sorprendió en los preparativos del viaje. (Telégrafo de Bruselas, artículo de J. B. Jobard, publicado el 15 de junio de 1858.)

Benoît Jules Mure se apagó en El Cairo el 4 de marzo de 1858 a los 49 años solamente. (El All. Hom. Zeit., volumen 55, página 144 (1858), afirma que Mure murió el 4 de mayo. Aceptamos preferentemente la fecha del 4 de marzo que dieron dos amigos íntimos de Mure: la señora Liet y Jobard; el All. Hom. Zeit. indica también que Mure era desde 1859 miembro de honor de la Fr. V. F. Hom.)

Lo enterraron en el cementerio de la ciudad, luego grabaron en la lápida sepulcral esta inscripción en francés y en árabe:

AL FIN TRANQUILO
DE AQUÍ PARTIÓ EL DOCTOR MURE
PARA UN MUNDO MEJOR
EL 4 DE MARZO DE 1858

Es conveniente decir lo que fue de su compañera, sobre todo porque colaboró en una nueva publicación de sus obras.

Sophie Liet permaneció otros dos años en El Cairo tratando con éxito a su antigua clientela común que estaba compuesta por comerciantes, financieros, empleados de la alta administración y ministros del virrey. La llamaban a los harenes donde las europeas penetraban, sin embargo, tan difícilmente.

Volvió a Francia a mediados del año 1860 e hizo editar en el decano de París la Clef de la langue arabe.

En 1861 se publicaba en Génova su manual homeopático para el uso de las familias seguido de la lista y de las propiedades de los medicamentos brasileños y otros. (La Homeopatía pura de 1883 indica formalmente Génova como lugar de edición, en la página reservada a las obras de la señora Liet. Debe haber pues un error cuando la Chronique de Jersey del 7 de abril de 1895 afirma que fue en Francia.)

Antes de irse del Cairo había recibido el 18 de mayo de 1860 una carta de despedida del Dr. Biron, médico homeópata al servicio de su Alteza el virrey de Egipto.

Aquél que había tenido la alegría de curar al herido de Jartum expresaba con qué unánimes lamentos sería seguida su partida:

“Ahí estáis pues, decía, a punto de abandonar este bello Egipto, partís mas vuestro nombre siempre quedará grabado en sus inmortales pirámides; el recuerdo de vuestras buenas obras seguirá resonando desde la desembocadura del Nilo hasta su fuente”.

Tales palabras, es cierto, se aplican sobre todo al maestro que supo plantar la homeopatía una vez más en un país en el que no existía antes. La señora Liet multiplicó sus esfuerzos para llevar a Francia las cenizas de su amigo, pero no pudo obtener el permiso de exhumación a pesar de los trámites que realizó. (Carta del Dr. Biron a la señora Liet, 18 de mayo de 1800. Homœopathie pure, página 141.)

Tras quince nuevos años de propaganda la volvemos a encontrar establecida en la isla de Jersey, dedicando los últimos años de su vida a la realización del último deseo que Mure le había expresado al morir: hacer conocer sus obras al público para que triunfara la homeopatía. (Homœopathie pure, página 1 del preámbulo.)

En 1883 se publicaron en París El médico del pueblo, que había gozado en otro tiempo de un muy gran éxito, luego un Resumen de anatomía y fisiología para servir a la inteligencia del libro precedente, por último La Homeopatía pura de la que algunos ejemplares fueron rápidamente retirados de la edición de 1851.

Este trabajo, corregido durante el viaje a Egipto, contenía las teorías del doctor que concernían la homeopatía; las hemos tratado brevemente más arriba para que se comprenda mejor el trabajo de Mure.

Ahí se encontraban patogenesias nuevas: Tachia guianensis, Macaca cipo, Mata-mata, Winit, Théréba, Momordica bimontana, Picramnia celiata, Blatta americana, Manihot jatropha, Jecare niger, Anacardium occidentale.

La señora Liet añadió a este libro una segunda parte constituida por algunas cartas de Mure y un esbozo de biografía.

Parece que si se añadía un comentario después de esta vida por extraordinaria y magnífica que fuera, nos escribía el Dr. Le Tellier, sería empañar la impresión que se debe conservar de ella.

Sin embargo, que se nos perdone una última cita pues resumirá la obra de propaganda. Mure la escribió en Meroe cuando todavía no había llevado a su compañera a Egipto:

“Por nuestra parte, decía, en la propaganda de la homeopatía, tanto en Europa como en América, podemos reivindicar la fundación de tres institutos y de cincuenta dispensarios… la conversión de cien médicos, la instrucción de quinientos alumnos, la reducción de la mortalidad en naciones enteras, numerosas obras escritas en italiano, en portugués, en francés y en árabe, dos mil artículos de periódicos, viajes por todas las latitudes, las epidemias y los contagios enfrentados, el desencadenamiento de las pasiones odiosas, la indiferencia, la persecución, la envidia, la calumnia, vencidos o desafiados, el tiempo, el trabajo y el oro vertidos a raudales, y se comprenderá que si la Providencia nos ha sostenido evidentemente en una obra superior a nuestras fuerzas, hemos merecido este favor practicando ante todo la saludable máxima a Dios rogando y con el mazo dando”.



Referencia: Benoît Mure, por Charles Janot, L’Homœopathie Moderne, 15 de febrero de 1933, n° 4, páginas 297 a 315.



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