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BIOGRAFÍA DE CONSTANTIN HERING I

Posted: Mayo 8th, 2011 | Author: | Filed under: Biografías, Historia | No Comments »

Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/hering.htm
Dr. J. A. Lathoud (1936) & Dr. Robert Séror (1999)

En 2 partes.

Esta primera parte fue redactada hace mucho tiempo por el doctor Joseph Amédée Lathoud, de Lyon (Propagateur de l’Homéopathie, enero de 1936, nº 1), autor de la famosa obra de MMH en 3 volúmenes titulada Etudes de MM homéopathique y prologada por el doctor Henri Duprat.

1ª parte por el Dr. Joseph Amédée Lathoud, de Lyon.


Constantin Hering nació en Orchatz, en Sajonia, el 1 de enero de 1800.

Como pertenecía a una familia numerosa cuyo padre tenía poca fortuna, fue educado sencillamente.

Y es curioso constatar que en Alemania, en la misma época, nacieron y fueron educados en semejantes condiciones niños que más tarde fueron hombres célebres como Bach, Lessing, Amat, Jahr, etc.

En el colegio, el pequeño Constantin Hering fue un alumno estudioso que progresaba rápidamente y su inteligencia, siempre al acecho, que se interesaba por todo, manifestaba sin embargo una atracción particular por la Historia Natural y también por todos los fenómenos de la Naturaleza.

Su facultad de aprender con facilidad le permitió conocer poco a poco las matemáticas de una manera que era excepcional para su corta edad y que fue la admiración de sus profesores.

Su desarrollo moral igualaba la precocidad de su desarrollo intelectual.

Ya estaba animado de niño por un espíritu de sentido común y de justicia que sorprendía a su entorno, y se cuenta esta anécdota suya. Tenía 6 años cuando en 1806 una parte del ejército francés atravesó Oschatz. De pie en el umbral de la casa paterna, miraba desfilar los regimientos, cuando un soldado se paró y le pidió pan. El pequeño Constantin le trajo pan moreno que el soldado rechazó. Profundamente herido, el niño le dijo rojo de indignación: “Si usted no quiere comerse el pan que mi madre ha hecho, Dios le castigará”. Y volvió a su casa con el trozo de pan moreno que el soldado no quiso. Ahora bien, en 1812, después de la desastrosa retirada de Rusia, resultó que el mismo regimiento francés tuvo que atravesar de nuevo Oschatz, y el joven Constantin tuvo la sorpresa de que el mismo soldado de 1806 le pidiera pan: “Pan moreno”, le dijo el militar que tenía hambre. Entonces, el niño le dio, esta vez, pan blanco.

Poco después de esta anécdota, sobre los 12 años, Constantin Hering manifestó la inquietud y el deseo de curar a los enfermos. Así fue como un día, viendo como se quejaba su hermana, descubrió que tenía una garrapata enganchada en el cuero cabelludo, y se la quitó.

Cuando terminó sus estudios primarios, Constantin Hering decidió hacerse médico. Comenzó asistiendo a clases en la escuela de Medicina de Dresde, también estudió en Weitzburg, y terminó su instrucción médica en Leipzig.

Poco antes de esto se hirió en un dedo practicando una autopsia, y la herida no tardó en inflamarse gravemente hasta que se le gangrenó. Le propusieron entonces como único remedio no curarlo y salvarle la vida amputándole el brazo. Pero antes de decidirse a este sacrificio, le preguntó su opinión a un médico amigo suyo que practicaba un método terapéutico entonces nuevo: la homeopatía. Este doctor prescribió una dosis de arsénico bajo cuyos efectos el estado de la herida mejoró, cicatrizando por fin afortunadamente y, de esta manera, Hering pudo conservar su brazo.

Hacia el final de sus estudios, llegó a ser en Leipzig el ayudante de un cirujano famoso, el Dr. Robbi, quien después de haber sido partidario de la nueva escuela, no sólo se había separado de ella sino que se le volvió hostil. Por eso un editor de la ciudad, Baumgarten, le pidió que escribiera un libro en el que demostrara lo ridículo y la inanidad de las teorías de Samuel Hahnemann al que, por otra parte, acababan de expulsar de Leipzig.

El Dr. Robbi aceptó este ofrecimiento y encargó a su ayudante este trabajo. Ahora bien, Hering, antes de tener una opinión sobre la doctrina hahnemanniana, quiso estudiarla a fondo. Así pues, emprendió la lectura de todo lo que había publicado su creador y no tardó en interesarse mucho. Además, no había olvidado la maravillosa curación que su amigo, el médico homeópata, había operado en él.

En fin, con la conciencia y la seriedad que ponía en todo lo que hacía, probó la acción de algunos remedios en él mismo siguiendo el método de aquél que ya consideraba como un maestro, y los resultados que obtuvo acabaron por demostrarle que la homeopatía era una realidad, y se convirtió en un ferviente adepto.

Por eso, habiendo terminado por otro lado el ciclo de sus estudios médicos oficiales, tuvo el atrevimiento de presentar una tesis sobre “La medicina del Futuro” en la que hablaba detenida y favorablemente de la nueva terapéutica instituida por Samuel Hahnemann, plantándole cara victoriosamente a sus examinadores durante el interrogatorio a propósito de su trabajo y demostrándoles la realidad probada con hechos ante los cuales es preciso inclinarse, porque están científicamente determinados, de la doctrina homeopática. Pero a pesar de la aspereza de esta discusión, obtuvo su título de Doctor en Medicina.

En ese momento le era preciso establecerse como práctico, pero como sus medios financieros eran muy limitados, pidió a algunos de sus antiguos profesores con los que había quedado en buenos términos que lo ayudaran en sus comienzos. Acogieron favorablemente su petición, pero con la condición de que abandonara la homeopatía que consideraban como una herejía científica. Pero Constantin Hering no quiso oír nada y permaneciendo firme en su fe los dejó exclamando con dignidad: “¡Prefiero sufrir hambre antes que abandonar mis convicciones!”

Cuando el Dr. Robbi conoció esta respuesta, la nobleza de esta actitud y su desinterés lo impresionaron de tal manera que se puso a estudiar más a fondo los trabajos de Samuel Hahnemann para darse cuenta finalmente de que su ayudante iba por buen camino y reconvertir, definitivamente esta vez, a un ferviente homeópata.

Volviendo a Constantin Hering, como éste había rechazado al precio que se conoce el apoyo que se le proponía, no pudo realizar su sueño de ejercer en seguida la medicina. Y así fue como buscando una situación lucrativa muy necesitada aceptó el puesto de profesor de Matemáticas y de Historia Natural en el Institut Brokmann de Dresde. Por otra parte, lo hizo con mucho gusto, porque siendo su deseo de instruirse cada vez más grande, entreveía así el medio de perfeccionarse en estas dos ramas de la ciencia.

Pero no desempeñó mucho tiempo esta función porque fue enviado, poco después de haber comenzado a consolidarla, a la Guayana Holandesa con la misión de estudiar algunas plantas interesantes que no crecían más que en este país.

Como siempre, se entregó a su tarea con gran entusiasmo y, al recorrer el territorio de esta colonia holandesa para las investigaciones que le habían encargado, conoció a unos monjes de Moravia de los que no tardó en hacerse amigo al mismo tiempo que consejero médico.

Mientras estudiaba, desde el punto de vista botánico, las plantas que cogía, quiso comprender por otra parte la acción terapéutica que pudieran tener; y para llevar a cabo esta tarea que iba a enriquecer nuestra materia médica con nuevos remedios, sus amigos, los monjes, como agradecimiento a su dedicación a ellos, lo ayudaron sometiéndose a experimentaciones hechas sobre ellos mismos y bajo la dirección de Constantin Hering.

Y así estableció la patogenesia, no sólo de numerosas plantas indígenas, sino también de ciertos venenos de serpientes. De uno de los más famosos, el de la Lachesis Trigonocephalus, hizo la experimentación él mismo.

Y es preciso señalar aquí, en honor del Dr. Constantin Hering, que él fue el primero que introdujo este gran remedio en nuestra terapéutica.

Hay que recordar también, en su honor, el valor que exigieron estas experimentaciones a nuestro colega, así como a los monjes, sus amigos y colaboradores.

Mientras trabajaba para él, el Dr. Hering envió a Dresde numerosos informes sobre las plantas que estudiaba; sin embargo, los que concernían particularmente a los venenos de serpientes, sobre todo el de Lachesis Trigonocephalus, los dirigió en su mayoría a médicos homeópatas.

Pero el rey de Sajonia y los sabios que dirigían la misión que se le había confiado a Constantin Hering desde Dresde no estuvieron satisfechos al saber que se entregaba a estos trabajos homeopáticos, y recibió de la capital la orden de parar esos experimentos medicamentosos.

¿Creen ustedes que nuestro doctor se inclinó ante esta exigencia del rey y de sus superiores? En absoluto, les envió su dimisión a vuelta de correo.

Mientras tanto, había conocido al alcalde de la villa de Surinam, donde había tratado y curado a algunos amigos, así como a numerosos enfermos pobres. Y el alcalde apreció tanto esta actitud de buen samaritano que lo eligió como médico particular.

Pero ahora que había perdido, al dimitir, su situación, le fue necesario encontrar otra cosa, y así fue como se estableció como médico homeópata en Paramaribo, la capital de la colonia holandesa.

Por su gran competencia como práctico y también por la abnegación con la que se dedicaba a los que recurrían a él, ricos o pobres, supo pronto hacerse amar por todos los habitantes de la ciudad donde ejercía. Particularmente, hizo mucho por los leprosos que entonces eran numerosos en aquella región, no sólo aliviándolos sino también proporcionándoles el consuelo moral de su condescendiente bondad.

En ese momento Samuel Hahnemann publicó su famosa teoría de la psora que, en Europa, encontró mucha oposición. Cuando Constantin Hering la conoció tampoco la adoptó; y a pesar de toda la veneración que sentía por este maestro, se negó a admitirla, reconociendo lealmente que en la práctica había obtenido, con los remedios psóricos, resultados interesantes en el tratamiento de los leprosos que había tratado.

El azar hizo que conociera, en Paramaribo, a un médico alemán, el Dr. Bute, con quien intimó y que llegó a ser su alumno. Pero éste tuvo que dejarlo para ir a Filadelfia a tratar a numerosos enfermos víctimas de una grave epidemia de cólera y pronto, desbordado por el trabajo, no tardó en escribir a su antiguo maestro para que fuera a ayudarlo en su tarea porque ya no daba abasto. Y Constantin Hering, aunque lamentara abandonar a su clientela, respondió a la llamada del Dr. Bute y se fue para Filadelfia.

Dr. Bute

Entonces fue cuando escribió, para sus amigos los monjes de Moravia de quienes conservaba un recuerdo agradecido y también para ayudar a los clientes que dejaba en Paramaribo abandonados a ellos mismos, su libro Medicina homeopática doméstica, que no tardó en ser traducido a varias lenguas y fue muy leído en numerosos países.

Al indicar en qué circunstancias escribió el Dr. Hering la obra de la que acabamos de hablar, nos viene el pensamiento de que conviene escribir aquí algunas apreciaciones sobre este trabajo. La Medicina homeopática doméstica es un libro importante de 450 páginas. Contiene muchas cosas muy interesantes. Después de haber explicado qué método es preciso emplear para elegir el remedio útil basándose en las indicaciones clínicas y terapéuticas que da a lo largo de las páginas del volumen, el autor completa esta primera parte de su estudio indicando la manera en que es preciso tomarlo y cuándo conviene repetirlo. A continuación, el Dr. Hering nos enseña qué régimen debe seguir el enfermo mientras recibe un tratamiento homeopático. Por último, da un modelo de carta, tipo cuestionario, para las personas que deseen pedir una consulta por correspondencia. Estos dos últimos puntos son original y muy completamente tratados. Y reconocemos que, al leer la Medicina homeopática doméstica de Hering, es quizás la parte que nos ha interesado más. Merecerían que los lectores de esta revista los conocieran, porque estas páginas responden al espíritu que conduce al objetivo que intentan cumplir su redactor y los lectores interesados. Desgraciadamente, eso alargaría demasiado nuestro artículo, pero nos prometemos publicarlos un día en otro número del Propagador.

Después de esta vista de conjunto que constituye en cierto modo una introducción a su obra, Constantin Hering, en una primera parte, trata de las causas más comunes de las diversas enfermedades que pueden aquejar al género humano y, en una segunda parte, indica el tratamiento de estas afecciones.

Continuemos ahora el relato de la vida de aquél que ha dejado un nombre tan grande en la historia de la homeopatía.

Después de la epidemia de cólera, el Dr. Hering fijó su residencia definitivamente en Filadelfia. Pronto se estableció su reputación, y no tardaron en frecuentar su consultorio clientes cuyo número no cesaba de aumentar. Pero deseoso de propagar la homeopatía y también de agrupar no sólo a los médicos homeópatas sino también a los partidarios de la homeopatía fundó, en 1833, la Sociedad Hahnemanniana, cuya sede social estaba en Filadelfia.

Además, 2 años después, en 1835, con la ayuda de los Drs. Wesselhoeft, Detwiller, Freytag, du Rev. John Helfrich, así como otros amigos alemanes, inauguró en Allentown, la Academia Norteamericana del Arte de Curar por la Homeopatía. Y esta institución donde se daban clases de medicina homeopática, fue la primera creada para la instrucción de futuros médicos homeópatas.

Dr. Detwiller

Asimismo, en esta ocasión Constantin se hizo notar por las magníficas cualidades de organizador que poseía, así como por su habilidad para llevar a buen término los proyectos que se hacía. A pesar de eso y también por falta de fondos, como éstos no venían más que de donaciones privadas y además como consecuencia de una gestión financiera que fue deshonesta y mal dirigida por los encargados, esta institución acabó por no poder subsistir, y finalmente cerró sus puertas.



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