BIOGRAFIA DE JAMES COMPTON BURNETT (1840-1901)
Posted: Abril 25th, 2011 | Author: Maria Luisa Rey | Filed under: Biografías, Historia | No Comments »Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/burnett.htm
1 Las principales etapas de la vida de JCB.
Burnett nació en Redlynch, cerca de Salisbury, el 10 de julio de 1840. Su padre se llamaba Charles Burnett y su madre Miss Compton, de ahí el apellido compuesto.
Fallecimiento, el 2 de abril de 1901 a los 61 años.
Desde la edad de 16 años, residió tres años en Francia para estudiar filología. Dominaba a fondo el francés y el alemán.
Numerosos artículos en l’ Homoeopathic World y en el British Journal of Homoeopathy.
Fue el tío abuelo del Dr. Margery Blackie, médico homeópata personal de la familia real inglesa hace unos veinte años.
Casado dos veces, tuvo 13 niños, de los que ocho eran hijas y todas quedaron solteras. En lo que respecta a los chicos: uno murió joven de neumonía, a otro lo mataron durante la guerra de 1914-1918, el tercero se suicidó. Dos de sus hijos hicieron matrimonios sin hijos.
Su biógrafo fue John Henry Clarke.
1865. Escuela de Medicina de Viena, habida cuenta de sus conocimientos de lengua alemana. Se apasiona por la anatomía. Permanece allí durante dos años.
En el laboratorio de anatomía de la Facultad de Medicina de Viena, hizo magníficas preparaciones anatómicas. Se conservan aún hoy en el Museo de Patología de Viena.
Éstos fueron sus primeros estudios de medicina.
En marzo de 1869, a los 29, es médico.
De 1869 a 1872 (de los 29 a los 32 años), repite sus estudios en la Facultad de Medicina de Glasgow, así como estudios clínicos hasta la edad de 36 años.
Presenta dos veces su tesis doctoral en medicina. La primera tesis (La thérapeutique spécifique) fue rechazada por el jurado porque estaba orientada hacia la terapéutica homeopática.
Redactó pues una segunda tesis mucho menos comprometida, lo que le permitió ser aprobado como doctor en medicina.
1876. Doctor en medicina.
Como alópata, los resultados obtenidos con sus enfermos lo decepcionaron.
En un momento dado, proyectó abandonarlo todo e irse a los USA para instalarse allí como granjero.
Se instaló sucesivamente en las ciudades siguientes: Chester, luego Birkenhead, luego Londres en 1877.
Su padre espiritual fue el doctor Drysdale, médico homeópata en Liverpool. Lean después cómo se convirtió a la homeopatía.
2 Las obras de JCB.
Ésta es la lista de los títulos, traducidos al francés. En realidad son sólo folletos. En la actualidad, se pueden obtener en la India y en inglés, en la editorial Jain.
Esta lista ha sido fijada y traducida al francés por el doctor Léon Renard.
- Aurum comme remède dans les maladies (Aurum como remedio de las enfermedades).
- Cinq années d’expérience dans le traitement de la tuberculose par son propre virus (Bacillinum) [(Cinco años de experiencia en el tratamiento de la tuberculosis con su propio virus (Bacillinum)].
- Cinquante raisons pour être Homoeopathe (Cincuenta razones para ser homeópata).
- Curabilité de la cataracte par des remèdes (Curabilidad de la catarata con remedios).
- Curabilité des tumeurs par des médicaments (Curabilidad de los tumores con medicamentos).
- Enfants délicats, arriérés, etc. (Niños delicados y retrasados, etc.).
- Excès de Sel dans le sang : précipite la sénilité, cause de la cataracte (Exceso de sal en la sangre: precipita la senilidad, causa de la catarata).
- Fièvres, empoisonnements du sang, leur traitement en particulier par Pyrogenium (Fiebres, envenenamientos de la sangre, su tratamiento, en particular por Pyrogenium).
- Hypertrophie des amygdales et leur traitement (Hipertrofia de las amígdalas y su tratamiento).
- La goutte et son traitement (La gota y su tratamiento).
- La ménopause chez la femme (La menopausia en la mujer).
- La vaccinose, son traitement par Thuya, remarque sur l’ Homoeoprophylaxie (La vacuna, su tratamiento por Thuya, observación sobre la homeoprofilaxis).
- Les fistules et leur traitement (Las fístulas y su tratamiento).
- Les névralgies: ses causes, leur traitement (Las neuralgias: sus causas, su tratamiento).
- Maladies de la peau (Enfermedades de la piel).
- Maladies de la rate (Enfermedades del bazo).
- Maladies des organes de la femme (Enfermedades de los genitales femeninos).
- Maladies des veines (Enfermedades de las venas).
- Natrum muriaticum (Natrum muriaticum).
- Traitement préventif du bec de lièvre, etc. (Tratamiento preventivo del labio leporino, etc.).
- Tumeurs du sein (Tumores de la mama).
3 La conversión a la homeopatía de JCB, contada por él mismo:
He aquí, traducida por el Dr. Pierre Schmidt, la razón número uno que condujo a JCB a convertirse en médico homeópata.
Esta obra ha sido traducida totalmente al francés por el doctor Pierre Schmidt, de Ginebra. La biographie de JCB por Pierre Schmidt comienza con una fecha de nacimiento de JCB, que es errónea.
” … Primera razón:
Hace algunos años, durante una tarde sombría y triste, me había metido en el Hospital B., en el departamento de certificados de defunción, que yo debía firmar, cuando bruscamente me sentí de nuevo invadido por algo que parecía apoderarse de mí, por lo menos por quincuagésima vez aquella tarde.
No podía darme cuenta de lo que era exactamente. ¡Pero esencialmente esto provenía del descontento, de la insatisfacción, por no decir del hastío experimentado por la revisión de estos casos que pasaban ante mis ojos y cuyos resultados clínicos no desembocaban todos sino en la muerte!
Siempre había sido un estudiante de medicina muy entusiasta al comienzo de mis estudios; pero un profesor, profundamente escéptico, echaba por tierra regularmente toda mi fe en los remedios; y las responsabilidades asumidas, demasiado grandes para mi edad y mi experiencia, añadidas a las preocupaciones de una práctica hospitalaria abrumadora, fueron otros tantos factores que sofocaron la mayor parte del entusiasmo que había sentido al principio por la medicina.
Después de haber repasado en mi mente mis diferentes prácticas en medicina y en cirugía, me hundí en mi sillón y, como en un sueño, me encontré en los prados verdes, sacando a los pájaros de su nido y pescando al borde del agua, como en los primeros días de mi juventud.
Justo en ese instante, mirando por la ventana, vi una carretilla que transportaba un cadáver y abrí la ventana dirigiéndome al viejo bedel de anatomía, que conocía bien, y en tono vivo le pregunté:
“¿Tim, veamos, quién es ese muerto?”
“El pequeño Georges, doctor”.
Este pequeño Georges era un niño abandonado que no pertenecía a nadie. Lo habíamos cuidado desde hacía mucho tiempo y lo queríamos mucho. Era para nosotros como un perro fiel. Y no era uno solo, incluso entre los más egoístas, todo el mundo en la sala quería a Georgie, que a la primera ocasión estaba listo a prestar un servicio. Por eso, ningún enfermo fue más sinceramente añorado que él en esta sala.
Debo exponerles cómo sucedió esto: un buen día, necesitando una cama para un caso agudo, di la orden a trasladar la cama del pequeño Georges, que se encontraba en un rincón bien protegido y cálido de la sala, para ponerlo en frente, cerca de una gran ventana que daba al norte. ¡Desgraciadamente!, fue allí dónde cogió frío, contrajo una pleuresía y la respuesta del bedel de anatomía, al que acaban de oír, era el resultado de esta desgraciada decisión.
Evidentemente, yo mismo me lo reprochaba:
“Si por lo menos hubiera podido impedirlo muy al comienzo de esta fiebre, que se había declarado después de este enfriamiento debido a la ventana demasiado próxima, entonces el pequeño Georgie todavía estaría entre nosotros”.
Sin embargo, junto a mis cuidados, tres buenos médicos habían tratado a Georgie, todos en perfecto acuerdo y todos clínicos expertos. A pesar de sus talentos, la pleuresía se estableció con la fiebre, el derrame se produjo en la pleura y el pobre Georgie murió.
El viejo Tim era un hombre al que la vida había endurecido mucho y nunca lo había visto manifestar ninguna emoción ni sentimiento de ninguna manera, y tampoco lamentar la muerte de quienquiera que fuese; no obstante, ese día estaba yo verdaderamente conmocionado viéndolo enjugar sus lágrimas en el rabillo de los ojos en memoria de este niño, mientras que su atención estaba ocupada sin embargo en lavar botellas y en oírme hablar de Georgie.
Pero, se diga lo que se diga, el pobre Georgie ya no existía y, sin embargo, yo estaba persuadido de que habría podido evitar su muerte si se hubiera encontrado la medicación apropiada. Este sentimiento de mala conciencia me atormentaba y habría querido desaparecer bajo tierra.
Ahora bien, una tarde un amigo médico del Hospital Real (se trataba del doctor Alfred Hawkes, Dr. RS) vino a invitarme a cenar y, en el curso de nuestra conversación, le hablé de mis desilusiones y de mi desencanto con respecto a la medicina, así como de mi determinación todavía vacilante de irme a América, para dedicarme allí a la agricultura, porque por fin allí, sería incapaz de vivir una vida normal, natural y completa, sin decepciones.
Entonces me habló de la homeopatía, intentando persuadirme para que la estudiara, primero para criticar su valor o, si la encontraba supuestamente perfecta, hacer con ella un auténtico ensayo en el Hospital.
Después de haber pasado por muchas dudas y muchos temores, debo reconocerlo, como si cometiera una falta o incluso un crimen, me procuré casi a escondidas los dos libros de Richard Hughes, Pharmacodynamie y Thérpeutique, recomendados por este amigo, como una introducción excelente a la homeopatía.
Devoré estas dos obras en apenas dos semanas y de ello llegué a concluir con toda sinceridad que, o bien la homeopatía verdaderamente es una cosa muy grande, o bien que este doctor Hughes era sólo un gran cuentista -no, la palabra es demasiado vulgar.
Quizá no les guste este término… y sin embargo yo encuentro que está bien escogido y podría venirle como anillo al dedo. Acerca de la vida de mi prójimo, para un tema tan importante a mis ojos no hay término medio. Estas obras homeopáticas representaban, o bien la pura verdad, clara y perfecta, o bien la más negra y escandalosa mentira.
Me sentí muy perplejo y confuso…; me parecía imposible que un hombre que había escrito tales libros fuera un imbécil, porque un insensato o un cretino no puede ser capaz de escribir tales cosas.
Su manera de presentar el tema verdaderamente parece partir de un alma noble y de una mente competente y no de un impostor. Esto elevó mi pensamiento por encima del desaliento en el que estaba encenagado; pero entonces:
¿Acaso no he tratado a menudo de elogiar remedios específicos y numerosos tratamientos que no habían conseguido sino desencantarme profundamente?
Así mi viejo escepticismo me invadió de nuevo:
“¿Por qué, decía yo, pueden ocurrir tales cosas? Me parecía verdaderamente imposible”.
He sido educado en los mejores colegios e instruido por hombres de mérito durante todo el curso de mis estudios y siempre he oído decir que la homeopatía era sólo una terapéutica del nihilismo. ¿Cómo podré practicar nunca de esta manera? Esto sería una vergüenza, mi honestidad se negaba a ello, jamás podré ser un homeópata.
¡Pero la duda no dejaba de perseguirme y si a pesar de todo era verdad! ¿Qué hacer?
Pues bien, sin embargo voy a tratar de aplicar este método en la cabecera del enfermo; voy a probar que es sólo una terapéutica falsa y vergonzosa y entonces abiertamente se lo expondré a mis colegas, encantados de haber conseguido demostrar por mis resultados clínicos la negación flagrante de esta terapéutica nihilista.
Me sentía turbado, agitado y profundamente insatisfecho al pensar en la muerte de Georgie y por aburrimiento se puse a mirar lo que los homeópatas habrían aconsejado en un caso semejante.
¡Supe que pretendían cortar una simple fiebre o un enfriamiento con acónito… ¡vaya broma! A pesar de mis dudas, no pude refrenar el pensamiento de que esto podría ser verdad: acónito habría podido salvar al pequeño Georges si se le hubiera dado a tiempo muy al principio de su enfermedad.
De hecho, los enfriamientos, los catarros, los escalofríos febriles son moneda común y además había aceptado precisamente la sala de urgencias de los niños, adonde casi todos llegaban con fiebre, enfriamientos, catarros e inflamaciones diversas. Allí se observaban hasta el momento de tomar la decisión de ponerlos en otra sala, si su afección progresaba y presentaban neumonías, pleuresías, reumatismos, gastritis o afecciones eruptivas de la infancia, según los casos.
Ahora bien, yo poseía un pequeño frasco de tintura de acónito de Flemming en mi armario de urgencias. Tomé una gran botella de agua en la que vertí solamente algunas gotas de esta tintura y se la di a la enfermera de la sala de niños, dándole la instrucción a administrarles este remedio a todos los enfermos que tenían las camas situadas del lado derecho de la sala, tan pronto como llegara.
Nadie de las camas del lado opuesto tendría derecho a esta solución de acónito, sino que serían tratados por el método ortodoxo habitual.
En mi visita siguiente, cuál no sería mi sorpresa al encontrar a casi todos los niños del lado de acónito sin fiebre y jugando en su cama. Sin embargo, uno, afectado de sarampión, debió ser llevado a la sala de los contagiosos.
Esto me permitió deducir que el acónito no curaba el sarampión. Todos los demás niños, en cambio, permanecieron sólo dos o tres días y pudieron después volver curados a su casa.
En cambio, todos los que estaban del lado de la pared opuesta, tratados por la medicina ortodoxa, estaban en el mismo estado en que habían sido traídos, si no peor, y debieron ser enviados a otras salas, con bronquitis, estados inflamatorios diversos u otras enfermedades infecciosas, etc. Así, continuaron pasando las cosas de aquel modo día tras día.
Todos los que tomaban acónito presentaban en general una convalecencia de 24 o 48 horas, salvo en ciertos casos más raros en que los escalofríos, que parecían leves, eran indicadores sin embargo del estado prodrómico de una enfermedad específica, tal como el sarampión, la escarlatina o una fiebre reumática.
Las de esta categoría apenas fueron influidas por el acónito; pero la cantidad de casos de pequeños enfriamientos corrientes entre los niños fueron curados muy rápidamente con esta poción de acónito, aunque muchos de los que nos eran traídos estaban la mayoría de las veces en plena transpiración.
No le había dicho nada a la enfermera en relación al contenido de esta botella, pero muy pronto ella la bautizó como “la botella para la fiebre del Doctor Burnett”. En cualquier caso, por el momento, yo estaba atónito con estos resultados, lo cual me impulsó a ocupar todas mis noches en el estudio intensivo de la homeopatía, ya que no tenía ni un minuto de libre durante el día.
Pues bien, un día, me fue imposible ir de vigilancia por las salas. De hecho, incluso había debido ausentarme dos días, desde el sábado hasta martes, y a mi vuelta, ese martes temprano por la mañana, entrando en la sala de los niños, la enfermera-jefe, que parecía relativamente tranquila, me informó con una actitud contenida y una reserva no disimulada, que pensaba que todos los enfermitos deberían ser devueltos a su casa.
“¿Realmente, dije yo, que quiere usted decir por allí?”
“A fe mía, doctor, como no vino el domingo, ni el lunes, me responsabilicé de administrar su famosa “botella para la fiebre” a todos los niños, porque no tenía ánimo para verle continuar su despiadado experimento por más tiempo. Es usted como los jóvenes doctores que están aquí, usted trata de hacer experimentos. No sé por qué el otro lado de la sala no tenía también derecho a este maravilloso remedio”.
Simplemente respondí:
“¡Bien, bien, hermana mía, de ahora en adelante le permito darles la poción a todos los enfermos que vengan!”
Esto se hizo hasta que dejé el hospital y el resultado de esta medicación por el acónito para los escalofríos, los enfriamientos, las febrículas, los pequeños malestares febriles de los niños fue extraordinario, al presentar todos ellos una rápida defervescencia y la desaparición de los síntomas de enfriamiento con una muy rápida convalecencia.
Pero cuando había casos gástricos, observaba que acónito entonces no daba resultado, a menos que no fueran acompañados por vómitos y eso porque, en casos semejantes, yo administraba un emético suave que provocaba la defervescencia muy rápida de la temperatura.
No obstante, todavía durante mis comienzos en la homeopatía, un emético suave me parecía el tratamiento más favorable cuando el estómago está lleno y no puede liberarse por un vómito natural. Ahora bien, hago estas consideraciones entre paréntesis, porque no presumo en absoluto de dominar la Materia médica homeopática y sus aplicaciones.
Aporto estos preliminares y estas circunstancias incidentales y concomitantes sólo para colocarles en el mismo terreno donde yo me encontraba entonces.
Nada de ello es lo esencial, simplemente conduce a esta pertinente conclusión: acónito, en los enfriamientos, los pequeños accesos de fiebre, al comienzo de las inflamaciones, fue verdaderamente mi primera razón para ser homeópata.
¿Tiene usted una razón tan buena para ser un funcionario?”
4 Algunos principios, escogidos y traducidos por el doctor Léon Renard, de Levallois Perret:
… “Ciertos remedios tienen una afinidad especial por algunos órganos.
No puedo admitir que una enfermedad se exprese únicamente por los síntomas. Una medicina cualquiera es incapaz de reproducir exactamente una enfermedad”.
Burnett pone el ejemplo siguiente:
“Asistía a una joven desde hacía algunos años a causa de ataques repetidos por congestión cerebral. Tenía la cabeza roja y caliente, las pupilas con importante midriasis; estaba agitada y deliraba. La tabla representaba perfectamente la intoxicación por Belladonna. Cada vez le daba Belladonna y cada vez, un excelente resultado. Finalmente, en un acceso, la belladona fracasó y la enferma murió de tuberculosis meníngea. Belladonna había curado los síntomas y dejado persistir la enfermedad. Belladonna era el remedio perfecto para los accesos hasta la formación de los tubérculos, pero, cuando aparecían, Belladonna no era ya el remedio”.
Como dice Burnett:
“Tengo que hacer un viaje peligroso, tengo que recorrer 20 kilómetros, mi amigo me acompaña durante 12 kilómetros, me presta cierto servicio, pero durante los 8 últimos kilómetros me deja ir sólo, de esa manera me quedo desvalido y aniquilado.
En la meningitis tuberculosa Belladonna es el amigo que hace los 12 primeros kilómetros en un viaje de 20. Nos haría falta un remedio “veinte kilómetros”; 12 es insuficiente”.
“Lejos de mí, el pensamiento de subestimar la importancia de los síntomas o de hablar a la ligera de la totalidad de los síntomas para encontrar el remedio en un caso dado, pero también lejos de mí, el pensamiento de considerar el síntoma o la totalidad de los síntomas como el único medio de encontrar el remedio, porque la totalidad de los síntomas puede ser y a menudo no es más que un medio científico de paliación.
En el caso “Cálculos biliares”, sus remedios actuaron como paliativos y no los disolverán a pesar de que usted haya sido guiado por la totalidad de los síntomas”.
“Para mí el facultativo que se atiene sólo a los síntomas es como el lector que para leer está obligado a deletrear sus palabras”.
“Algunos hahnemannianos que han leído mis escritos no han moderado sus críticas hacia mí en la loable intención de luchar contra una nueva herejía.
No tengo remedio: afirmo que el futuro de la homeopatía pertenece a los patólogos homeópatas y para curar las grandes enfermedades (con una base anatómo-patológica) deberemos tener remedios homeopáticos que convengan al estado mórbido anatómico, por lo menos en su primer estadio”.
“Ningún medicamento es capaz de curar homeopáticamente un estado mórbido si no es capaz de producir uno semejante”.
Se le ha reprochado a Burnett el emplear alternativamente los remedios y emplear numerosos remedios en un caso dado. He aquí lo que responde:
“Haga usted el favor de coger una escalera larga y colocarla contra la pared de su casa, suba desde allí los escalones para entrar por la ventana. Cuando haya realizado esta hazaña, ¿quiere usted decirme cuál es el escalón de su escalera que le ha permitido penetrar en su casa?”
“En los casos crónicos difíciles y complicados, un solo remedio es insuficiente. Les hará falta una serie de remedios; cada remedio aislado es incapaz de curar, pero cada uno contribuye a la curación.
De esta manera he curado casos de cataratas y muchas enfermedades crónicas consideradas como incurables por médicos de todas las escuelas. Es pues preciso tener a su disposición escalas de remedios, series de remedios”.
“A menudo comparo la curación de un caso difícil con un juego de ajedrez en el cual usted tiene el rey, la reina, las torres, los caballos, los peones, cuyo manejo usted debe conocer antes de jugar al ajedrez”.
“Aunque un remedio no cure, debemos utilizarlo tanto como sea necesario y no menos. Tal es nuestro arte, difícil y demasiado a menudo complejo”.
“No se gana una partida de ajedrez moviendo un peón solamente, no se cura una enfermedad con un solo remedio”.
Burnett pensaba que en ciertos casos crónicos valía más cambiar algunas veces de remedio y no mantener siempre el mismo.
“Este cambio conduce más rápidamente a la curación según mi experiencia”.
Burnett estudió algunos remedios como Bellis perennis. Lo emplea muy a menudo en lugar de árnica. En efecto, es un remedio excelente que a menudo tiene éxito cuando árnica fracasa.
Empleaba Cupressus lawsoniana en el tratamiento de los tumores cuando no quería sujetarse a Thuja. Según él, Cupressus actúa como Thuja. Hay que alternarlos para conseguir una acción más rápida.
A menudo daba una sucesión de remedios como Thuja, Cupressus y Sabina (tumores de la boca, queloides).
Un remedio favorito de Burnett: Platanus occidentalis T. M. 5 gotas por la mañana y por la tarde en la psoriasis, las formaciones quísticas, los lupus, los quistes del párpado.
En los quistes del ovario, empleaba Bovista 3 X y Aurum mur. nat. 3 X.
Persicaria urens o Polygonum eran considerados por este autor como un análogo de Ceanothus, con acción neta sobre el bazo, sobre todo cuando estaba en relación con una diátesis gotosa.
En el eczema de los gotosos, Polygonum en las manos de Burnett, se mostraba como un remedio eficaz a la 6 e, a la 12 e y a la 30 e.
Burnett empleaba de buena gana Urtica urens en la gota. Según él, este remedio es un eliminador excelente del ácido úrico. Lo que nuestra experiencia confirma.
Será bueno repetir los 150 o 200 remedios que empleaba Burnett, que son el núcleo de los remedios y los canalizadores de los que el médico homeópata no sabría privarse en su práctica diaria. Retomaremos este estudio fecundo en resultados.
Referencias bibliogáficas:
Doctor Léon Renard: Le docteur James Compton-Burnett. Homéopathie moderne, mayo de 1934, nº 9, páginas 683 a 687.
Doctor James Compton-Burnett: 50 raisons d’être homéopathe. Maisonneuve editor, 1969, 270 páginas. Traducción francesa del doctor Pierre Schmidt.
Jay Yasgur: Homeopathic dictionary. Página 363.
Julian Winston: The Faces of Homeopathy. Páginas 170, 175, 176, 178 – 182, 208, 179, 177, 183.
Para Homéopathe International, jueves, 17 de agosto de 2000. Dr. R.S.

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