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BIOGRAFÍA DE JULES GALLAVARDIN (1872-1917)

Posted: Abril 14th, 2011 | Author: | Filed under: Biografías, Historia | No Comments »

Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/gallavar.htm

Dr. Jules Gallavardin

Presentación: El doctor Jules Gallavardin es relativamente poco conocido por los homeópatas de finales del siglo XX.

En la revista que él mismo fundó, el doctor Henri Duprat nos ofrece una interesante biografía del gran homeópata que fue el Dr. Gallavardin.

No confundirlo con su padre, el doctor Jean Pierre Gallavardin, también médico homeópata que estudió en Montpellier y cuyos retratos figuran en HI.

(Dr. RS. Mayo de 1999).

Querría poder afirmar que la antigua observación Invidia medicorum pessima es desmentida por la vida interior de la escuela homeopática. Quizás sea una pretensión excesiva; al menos puedo asegurar que en nuestras filas este severo adagio encuentra sus más escasas confirmaciones.

Pero lo que existe de una manera muy real es un espíritu de familia homeopática, un poderoso vínculo que nos une unos a otros en el tiempo y en el espacio y que, cuando la ocasión nos reúne, se manifiesta en vivas simpatías, en alegría de encontrarse, de comprenderse, de unirse en el entusiasmo de una misma pasión, en el buen sentido de esta palabra, pasión de la inteligencia primero y del sentimiento después.

Nuestra historia todavía es joven, apenas sobrepasa un siglo, pero en todas sus páginas cada uno de nosotros reconoce las figuras ilustres o modestas que amamos, respetamos y eternizamos. Rendimos culto a nuestros muertos. Qué digo, los sentimos en nosotros, mezclados con nuestra convicción y con nuestra actividad médica.

Aquí, en este periódico que creó, en esta sociedad franco-helvética cuya idea fue suya, conservamos y mantenemos más especialmente el recuerdo de mi amigo tan añorado, el Dr. Jules Gallavardin.

Ya he tenido el privilegio de esbozar su figura en L’Homoeopathie del 15 de mayo de 1923 y, al volver a coger hoy esta obra más detenidamente siento la misma felicidad y la misma emoción.

Jules Gallavardin nació en Lyon el de 26 septiembre de 1872.

Su padre era ya médico homeópata, y su maestría terapéutica se manifestaba tanto  desde el punto de vista teórico como práctico, como demuestra su notable obra de clínica homeopática.

Jules Gallavardin llegó así muy impregnado de una herencia médica y, desde sus primeras curiosidades intelectuales, mostró un don de observación muy particular y personal, que sus primeros maestros juzgaron demasiado independiente.

Sus fuertes tendencias autodidactas lo predisponían mal para sufrir la canalización escolar y la autoridad de los programas oficiales.

Así esta admirable inteligencia, ávida de conocer y que desde entonces no paró de enriquecerse, estaba sin duda sobrecargada por demasiado bagaje para adaptarse fácilmente al molde que modela al candidato a los exámenes. Fracasó en la obtención de sus primeros diplomas. Este fracaso que parecía detenerlo en el camino de la medicina no disminuyó su impulso.

Se alistó en el regimiento 199 de infantería y, mientras cumplía minuciosamente con sus obligaciones militares, encontró el medio, una vez obtenido el grado de sargento, de retomar sus libros clásicos y de aprobar pronto el bachillerato, la 2ª parte del cual, filosofía, 3 meses después de su liberación del regimiento.

Entonces, como la vocación médica renovaba su llamada, entró en la facultad de Lyon y desde el primer año, hecho inusitado, abordó los trabajos de terapéutica homeopática, bajo la dirección de su padre al que debía perder desgraciadamente demasiado pronto, el año siguiente.

A Gallavardin le habría resultado difícil ocultar sus tendencias homeopáticas a sus compañeros y maestros; pero no temía confesarlas abiertamente y, a pesar de este pequeño asunto, el valor de su espíritu y de su carácter supo conservarle su estima. Ésta no dejada de teñirse a veces de compasión. La reflexión que se le escapó al profesor R. lo atestigua: “¡Cómo, usted, Gallavardin, muchacho inteligente, quiere apodarse con el epíteto malsonante de homeópata!” Lamento ignorar lo que respondió a esta extraña apreciación.

Pero el profesor R. al expresarse así parecía olvidar que esta “malsonancia” de la palabra “homeopatía” no es más que un don gratuito del espíritu alopático hecho, en este caso, de injusticia y de voluntaria ignorancia.

Una vez defendida su tesis doctoral, Jules Gallavardin parte en abril de 1903 en el navío hospital de las Œuvres de Mer y durante 5 meses comparte la ruda vida de los pescadores de Terranova.

A su vuelta a Francia, toma contacto con el mundo homeopático francés, va a visitar a los principales médicos homeópatas de Alemania y recupera las relaciones de su padre con los médicos homeópatas ingleses y americanos.

Establecido en Lyon, extiende su actividad a la provincia francesa vecina donde lleva regularmente las bondades de la homeopatía.

A partir de ese momento, emprende su obra escrita. Funda en 1905 un modesto periódico de divulgación destinado a la vez al profano y al médico no iniciado: El Propagador de la Homeopatía (del que se ha extraído una parte de este artículo). Publica los primeros resultados de sus investigaciones y meditaciones terapéuticas en un pequeño libro de exposición y de demostración fármaco-dinámicas notablemente claro y lógico: L’Essai de Thérapeutique générale.

En 1906, durante mi llegada a Suiza, a Ginebra, después de mi iniciación homeopática en París, me puse en contacto con él y nos unimos para compartir la redacción y mantener la vida a veces amenazada del Propagador. Nuestra estrecha colaboración duró 9 años, de 1906 a 1915. Durante todo este tiempo, sobre todo durante los 5 primeros años, Gallavardin, no habiéndose decidido todavía a formar un hogar, tenía la gran libertad del soltero, y nuestras relaciones fueron constantes, con una amistad casi fraterna. Nos encontrábamos en mi casa, en Ginebra, varias veces al mes. Luego, vino la guerra, la movilización, el abandono de nuestros queridos trabajos y no nos volvimos a ver. En febrero de 1917, me enteré de su muerte sobrevenida en Camp de la Valbonne, y esta desaparición tan brutal y precoz nos afectó cruelmente a los suyos y a todos sus amigos.

Antes de la guerra, a propuesta suya, se realizó la colaboración de los médicos homeópatas de las regiones francesas y de la Suiza francesa bajo la forma de nuestra actual sociedad.

Por otra parte, había continuado sus escritos dedicados a la exposición de la homeopatía, a su defensa, a la crítica de los trabajos del célebre médico parisino P. Jousset, a la historia de la homeopatía, en especial la del hospital St-Luc de Lyon.

Estos fueron los principales episodios de la vida demasiado corta de Jules Gallavardin. Considerándolos bien, podemos hacernos una idea bastante precisa de lo que era y ver dos tendencias dominantes que regulan las manifestaciones de su personalidad. Su voluntad tenaz no se satisface más que en la acción en movimiento y en el servicio prestado. Estos son sus dos objetivos: actuar y servir. Actuar luchando, venciendo una resistencia, obteniendo ventaja en el camino emprendido, franqueando el espacio para alcanzar un resultado. Servir aceptando las más rudas disciplinas, ya fuesen la obligación militar, la exigencia del enfermo, la ley moral o religiosa.

Me parece un símbolo muy fiel que la corta carrera médica de Gallavardin se haya intercalado entre dos fases militares. En realidad, era un soldado siempre listo, un soldado de ataque al que le gustaba blandir su bandera y llevarla laboriosamente a la victoria. Para él, esta victoria era la de la homeopatía y puesto que se trataba de una verdad práctica, caritativa y beneficiosa para la humanidad, el soldado que luchaba tan ardientemente por ella revelaba una bondad singularmente viva. Aquí, el soldado se confunde con el apóstol, porque el apostolado puede realizarse de dos maneras. Hay apostolado por la palabra, por el ejercicio sonoro del verbo, por la seducción persuasiva; ése no era el de Gallavardin. Pero existe el apostolado más rudo de la acción, del ejemplo y de la renuncia personal; éste se le había concedido a Gallavardin o lo había elegido él.

Como no buscaba ningún efecto verbal, ningún prestigio magnético, nuestro amigo era sencillo, sobrio en sus palabras, incluso silencioso, a veces escueto y brusco en el lenguaje; pero actuaba, funcionaba. Caminaba, aún lo veo, con el torso proyectado hacia adelante, con un hombro adelantando al otro, como previendo un obstáculo que pudiera surgir y preparando el impulso, el asalto necesario. Así iba, siguiendo la línea recta que tiene horror a los rodeos y a las pérdidas de tiempo, y casi sin relajarse un momento concentraba su esfuerzo hasta que alcanzaba su objetivo. No le importaba nada más que este objetivo y para realizarlo se olvidaba de todo, de comer, de dormir, de ahorrarse algunos pasos, de protegerse contra las intemperies. Se preocupaba muy poco de todo eso. Había que hacer el artículo, acabar el trabajo, socorrer al enfermo, satisfacer al amigo. Era a la vez el arco y la flecha, y el arco no se preocupa más que de dar a la flecha el impulso más vigoroso y mejor orientado para alcanzar más deprisa y seguramente el blanco al que se apunta.

Además, no hemos dejado de reprocharle alguna rudeza. Pero era rudo más para él que para los demás, y para los demás no llegaba a serlo más que si se trataba de recordar un deber, de defender el bien y la verdad, de censurar o vengar una falta. Yo mismo, en efecto, tengo la experiencia de esta rudeza de Gallavardin; pero para él era más una necesidad de acción que un rasgo de carácter, pues para expresarla tenía que cambiar bruscamente de voz, forzarla y subirla, o mejor coger la pluma.

En el contacto directo, Gallavardin era, en efecto, mucho más fácil y dulce que en su correspondencia. Algunas líneas en una tarjeta postal se sentían agudas como un estilete cuando había materia de reproches. El verdadero Gallavardin era en realidad bondad y dulzura y, puedo añadir, timidez. Si miramos su imagen, notaremos esa sonrisa apenas aparente pero real y un poco triste que revelaba la tonalidad normal de su alma.

También oíamos decir que Gallavardin era un hombre de gabinete y de pluma, apto sobre todo para los trabajos escritos de exposición, de apologética y de documentación, y que su verdadero sitio estaba al lado de su escritorio. Yo mismo me he entregado a este error muy momentáneamente. Desde luego, nada tan preciado como los trabajos de Gallavardin, nada más notable que su documentación tan completa, tan universal, tan discriminatoria y minuciosa, en cuanto a la historia y a la literatura homeopáticas europeas; y creo que en mucho tiempo no tendremos un médico homeópata que posea en su cerebro la rica y precisa documentación que llevaba Gallavardin al servicio de cada uno. Sin embargo, que se observe bien por una parte el carácter organizador, clasificador, pragmático de esta capacidad para las investigaciones documentales y, por otra, que sus trabajos más personales y destacados fueron trabajos polémicos, por lo tanto escritos de acción.

Esta actitud de lucha, que ha marcado la vida médica de Gallavardin y que se asocia estrechamente a su recuerdo, había contribuido también a falsear el juicio sobre su carácter y a ensombrecer algunas caras en torno a él.

A este respecto, no puedo callar sus ataques contra el gran homeópata parisino, el doctor P. Jousset, ataques que algunos juzgaron demasiado violentos, incluso inoportunos, con el pretexto de que nuestro colega había recorrido una larga y brillante carrera al frente de la homeopatía parisina. Sin embargo, por el hecho de las simplificaciones que el Dr. Jousset, en su sueño de una conquista del espíritu alopático, se había permitido introducir en el método homeopático, éste se había empobrecido en realidad y en tres de sus puntos más importantes: la individualización minuciosa, el valor de los síntomas psíquicos y las dosis infinitesimales. Esta modificación personal constituía a los ojos de Gallavardin y de muchos de sus colegas un ataque claramente peyorativo al valor de nuestra terapéutica.

Su crítica fue pues decidida, minuciosa, ardiente, casi violenta en efecto, siempre ardiente, sana gracias a su lealtad, claridad y lógica.

“La Verdad autoriza la violencia”, decía. Así demostraba que la verdad le era más preciada que la persona, por representativa que fuera, y que si su polémica se concentraba alrededor de un nombre no era más que porque este nombre ocultaba lo que consideraba que eran peligrosos errores.

La integridad de la homeopatía era muy importante para él y especialmente se indignaba por verla ofendida por homeópatas, sobre todo por homeópatas que gozaban de gran prestigio. Hacía entonces suya esta opinión de Hufeland que habla “de la suficiencia de la homeopatía y de la insuficiencia de los homeópatas”.

Otro objeto de su polémica fue la historia del hospital St-Luc de Lyon, que había fundado su padre con la ayuda de una suscripción próxima al millón y obtenida por él de fervientes clientes de la homeopatía. Poco a poco la parte dedicada a la homeopatía del hospital St-Luc se vio reducida a la mínima expresión. Jules Gallavardin había buscado las causas de semejante traición y, cualquiera que fuese la importancia de las personalidades médicas y administrativas culpables, no había dudado en exagerarlas vigorosamente. Aquí se trataba a la vez de un deber hacia la voluntad del donante y del fundador y hacia la homeopatía; ¿cómo habría transigido Gallavardin?

Saint-Luc

Digámoslo de nuevo, en estas dos polémicas vivían el gran amor y la gran admiración que Gallavardin conservaba hacia la memoria de su padre. Éste había defendido también la integridad de la homeopatía, proclamado la acción beneficiosa de las dosis infinitesimales, publicado las muy notables observaciones de curación de trastornos psíquicos; y había sufrido por ello las más injustas críticas en su propia escuela. Eso tenía importancia en los recuerdos de su hijo, sin debilitar por la menor parcialidad la pertinencia de su polémica.

Existen almas tibias, temperadas, amigas del justo medio que no encuentran la vida bella más que en una atmósfera neutra, en la que la luz y los sonidos no llegan más que suavizados; demasiada luz y demasiado ruido perjudican la paz de su digestión y de su epicúreo farniente. Aquéllas se creían entristecidas por la polémica de Gallavardin, las perturbaba y no podían comprender su sana belleza. La polémica hecha para salir del apuro es una cosa muy humana pero rara vez agradable. Polemizar por lo que se cree verdadero y bueno y por el sostén de una memoria querida es propiamente el hecho de un alma noble.

Y, en efecto, Gallavardin olvidaba luchar por sí mismo, por su dinero y su desahogo. Lo ignoraba todo del sibaritismo, y si el problema material acabó por imponerse a su preocupación fue el día en el que, fundando un hogar, resultó para él una nueva manera de volcar en él su solicitud y su amor dándole la mayor comodidad posible sin descuidar nada de su deber.

Pero si podemos estar absolutamente seguros de su generosidad, ¿no había acaso un germen de orgullo en la base de su fervor de polemista? Gallavardin sentía orgullo por aquello que cuidaba y amaba, no por lo que era él mismo.

Lo hemos visto en el seno de nuestras reuniones, defendiendo ardientemente sus ideas desde luego, pero habitualmente reservado, no interfiriendo nunca en la participación de sus colegas, haciéndose pequeño para disfrutar mejor de la aportación de cada uno de nosotros, él que sin embargo nos superaba. Y esta reserva brillaba aún mejor en sus funciones de práctico.

Al menos existen dos concepciones de la actitud del médico en la práctica de su arte. Está la manera de aquéllos que piensan que no se puede desempeñar este papel más que adoptando el tono del oráculo y llevan al lecho del enfermo el gesto y la voz del augurio o del pontífice. Este prestigio tiene sin duda alguna influencia sobre el paciente. Me inclino a creer que ése no es el verdadero médico, ni el gran médico. Éste me parece que corresponde, al contrario, con el práctico que no olvida nunca el límite de su ciencia, pero que da también generosamente su tiempo y sus fuerzas, que, por su sencillez, su naturalidad y su bondad, hace sentir al enfermo la ayuda no sólo de su saber sino también de un corazón plenamente humano. Y éste no se contenta con interrogar noblemente y prescribir con énfasis; mucho más, sabe plegarse, cuando se presenta la ocasión, a los trabajos más humildes que pueden servir a un pobre cuerpo doloroso.

¿No le ocurría a Gallavardin, después de haber indicado la confección de un plato ligero o reparador, pasar a la cocina y al horno para aderezarlo él mismo, haciendo una demostración práctica?

Él era el verdadero médico, sin pretensiones y siempre abnegado. No obstante, sentía la grandeza de su sacerdocio, pero encontraba inútil jugar al prelado, prefiriendo el gesto del simple y fraterno sacerdote. Además nada encendía en él la indignación del polemista como la falsa grandeza, la falsa modestia, la falsa religión. Profundamente católico y practicante, le horrorizaba el fariseísmo demasiado a menudo presente en los puestos más elevados de la religión y de la moral. Ése era para él el peor sacrilegio que muchas veces le oí maldecir.

De todo esto podemos concluir que Gallavardin no era más que un teórico. A su inteligencia eminentemente razonadora, inductiva y minuciosa que buscaba en el análisis la claridad y el orden antes que el interés propio del detalle, unía este amor de la realización práctica que era en él tanto una necesidad “manual muy hábil con sus manos y muy paciente era capaz de notables realizaciones técnicas”, como una necesidad de dar, de ayudar, de curar. Eso completaba y corregía su capacidad de análisis.

Entre los realizadores concretos el análisis solo sería esterilizador; la necesidad de acción los fuerza a la conclusión, a la síntesis. Así, pudo decirse de nuestro amigo que había una ayuda mutua entre su inteligencia y su corazón y que de los principios seguros de la primera extraía con qué satisfacer su voluntad y su bondad.

Esta anécdota nos sirve para poner de relieve los rasgos de su carácter. He aquí algunos aspectos de nuestro colega. Durante varios años Gallavardin viene dos o tres veces al mes a Ginebra, llega después de la medianoche y encuentra la llave bajo el felpudo de mi piso. Por la mañana, siempre es el primero en levantarse. Un día, temprano, lo encuentro en la cocina empleándose con ardor en limpiar el suelo con la aljofifa. Se ríe ante mi estupefacción y me explica: “He visto que su empleada lo hacía al revés. Le doy una lección”. Otra vez lo pillo haciendo paquetes cuya envoltura está cuidadosamente pegada y etiquetada. Es toda mi colección del Propagador que clasifica por año y mes.

El doctor Favre, de Toulouse, era un homeópata entusiasta y con talento, hablaba alto y de un modo expresivo, se enfadaba rápido, su actitud era autoritaria e irresistible. Sin haberlo visto nunca, adoraba a Gallavardin y colaboraba activamente con nuestro Propagador. Un día, Gallavardin le anuncia su paso por Toulouse, y Favre se alegra de poder abrirle por fin los brazos al hermano de armas, al polemista que se imagina como un marciano ardiente y atormentado. Va a su encuentro, el tren entra en la estación, los viajeros inundan el andén y Favre, temiendo que su descripción no fuera suficiente, se pone a examinar la multitud gritando con su voz estentórea: “Gallavardin, Gallavardin, ¿dónde está usted, Gallavardin”? Y un ser vigoroso y sencillo avanza hacia él con su eterno maletín lleno de libros a la espalda, con la cara sonriente y tímida hablando a media voz. “¡Pero si éste no es mi polemista!”, protesta Favre estupefacto. No, era el verdadero Gallavardin dulce y bueno al que Favre siguió amando y que lloró cuando murió.

Cuando llegó la movilización de 1914, Gallavardin tuvo que ir como médico auxiliar. La idea de que podrían prohibirle hacer homeopatía para sus peludos[1] le era intolerable. Se presentó en la dirección del servicio de Salud, y expuso su dilema: o permanecía libre de practicar la homeopatía en su formación o devolvía su galón y se iba como simple soldado de segunda clase. Sus jefes se enorgullecieron otorgándole la autorización solicitada.

Y he aquí la anécdota ya relatada por el Dr. J. Coste y en los mismos términos:

“Es en 1916. Todavía médico auxiliar (ha olvidado reclamar el galón al que le da derecho su título), Jules Gallavardin va al frente detrás de una batería de artillería. Esa noche, en el trayecto, le atribuyen (cosa rara) una buena cama en casa de buena gente. “Qué suerte, piensa, justamente tengo a dos peludos cansados, estarán encantados.” Y sin pensar un solo instante en su propio cansancio, va a buscar a los dos cojos y los instala en su cama. Emocionados, sus anfitriones preparan inmediatamente otra cama rogándole que la acepte. “Cómo, les responde, todavía hay en alguna parte en el acantonamiento dos pobres diablos que ya no pueden más, voy a buscarlos si ustedes lo permiten.” La anfitriona levanta los brazos al cielo; jamás ha visto semejante cosa y, mientras felicita a nuestro amigo, se disculpa por no poder poner a su disposición más que un sillón. “Eso no tiene importancia, señora, responde Gallavardin, estaré muy bien aquí para dormir un poco.” Y el doctor Coste añade: “¡Ése es el hombre que yo conocí!”

Sí, de estos pocos recuerdos sale entero: siempre dispuesto a ayudar, minucioso en su trabajo, sin despreciar ningún trabajo por muy humilde que fuera, incapaz de disimular sus opiniones y de practicar un método que desaprobara, preocupándose mucho más del bien de sus enfermos que de su propia comodidad.

Añadiré además que desde el punto de vista especialmente homeopático Gallavardin poseía un conocimiento profundo de nuestra materia médica, que aplicaba con cuidado y amor, y que sus curaciones fueron numerosas y brillantes.

La confianza en su terapéutica era inmensa y en los casos graves mientras un resto de vida animase el cuerpo del enfermo él seguía esperando la curación.

A una pariente próxima suya agonizante, que se quejaba porque ya no veía, no le dio Stramonium 6ª, dilución que restablece la vista durante una hora.

Preparaba sus remedios él mismo, introducía nuevos (remedios hindúes), conservaba la colección de altas diluciones que tenía de su padre; toda su farmacia estaba, gratuitamente por supuesto, a la disposición de todos sus colegas.

Antes de terminar estas líneas, quiero honrar su memoria en nombre de todos nosotros, miembros de la Sociedad Rodaniana de Homeopatía de la que fue fundador.

Si hemos crecido y prosperado, si trabajamos con ardor, es que realizamos la bella trayectoria que él mismo había iniciado en su impulso creador.

Le expresamos muy especialmente nuestro agradecimiento por este querido periódico cuyo envidiable crecimiento recuerda el afecto paterno que condujo sus primeros pasos.

El pensamiento y el corazón de Gallavardin inspiran así la totalidad de nuestra obra, y la sinceridad eficaz de nuestros esfuerzos es, en cada uno de nosotros, la continuación del magnífico don que Gallavardin dio, en todos los minutos de su vida médica, a nuestra querida y bella causa.

Personalmente, añado a este agradecimiento el homenaje de aquél que conserva el recuerdo muy querido de una amistad particularmente robusta y luminosa.

Dr. Henri Duprat, de Ginebra.

Duprat

Referencias

  1. Además de muy numerosos artículos escritos en El Propagador de la Homeopatía, que fueron publicados la mayoría en folletos, los principales trabajos del doctor Jules Gallavardin son los siguientes:
  2. Les troubles respiratoires dans l’hémorragie méningée (tesis doctoral, 1903).
  3. Essai de thérapeutique générale: les effets alternants de Hahnemann.
  4. Allopathie, homoeopathie et isopathie.
  5. Des vrais caractères de la médecine expérimentale.
  6. Purgatifs homoeopathiques et purgatifs allopathiques.
  7. Contribution pour servir à l’Histoire de l’Hôpital homoeopathique St-Luc, à Lyon.
  8. Le docteur Huchard et sa conversion à l’Homoeopathie (en colaboración con el doctor Duprat).
  9. Les secrets de l’Homoeopathie.
  10. Liste des œuvres de Hahnemann.

(Doctor Henry Duprat: Propagador de la Homeopatía, 15 de enero de 1929, nº 1.)


[1] Apodo que recibían los soldados franceses en la primera guerra mundial. (N. de la t.)



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