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BIOGRAFÍA DE FRANÇOIS JOSEPH VICTOR BROUSSAIS

Posted: Marzo 28th, 2011 | Author: | Filed under: Biografías, Historia | No Comments »

Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/broussais.htm

Biografía del Profesor Broussais.

François-Joseph-Victor Broussais. 1772-1838

Fue maestro de Léon Simon y paciente de Benoît Mure. Es ésta una de las razones por las que incluyo esta biografía (Ver la correspondencia entre Broussais y Benoît Mure en el Dosier Benoît Mure en mi página Web. Dr RS).

Referencia: Pierre Larousse, Gran diccionario universal de Pierre Larousse. Tomo 2, página 1320 (columnas 1, 2, 3, 4) y página1321 (columnas 1, 2, 3). Edición digital de Ediciones Redon.

BROUSSAIS (François-Joseph-Victor), célebre médico francés, nació en Saint-Malo el 17 de diciembre de 1772 y murió en Vitry en 1838. Desde sus años más jóvenes, junto a su vigor corporal, se destaca en él esta tenacidad de espíritu de la antigua raza celta que pobló el primer solar de la Bretaña. Su bisabuelo era médico, su abuelo, farmacéutico; su padre, simple oficial de sanidad y antiguo cirujano de marina, ejercía el arte de curar en los alrededores de Saint-Malo, en el pueblo de Pleurtuit.

Aquí fue donde el joven Broussais pasó los primeros años de su existencia. Era un niño de coro y el cura de Pleurtuit le enseñaba a cantar al atril al mismo tiempo que le daba algunas nociones de latín. A la edad de doce años dejó la casa paterna para entrar en el colegio de Dinan, de donde no salió hasta ocho años más tarde, después de haber obtenido los más brillantes éxitos. Se distinguió sobre todo por su prodigiosa memoria. Todavía a la edad de sesenta años recitaba a su maravillado secretario los más hermosos episodios de Virgilio y los salmos que le había enseñado el cura de Pleurtuit.

En 1792, en el momento en que Francia estaba amenazada por la invasión extranjera, Broussais, entonces de veinte años, se enroló como voluntario y se distinguió varias veces contra la insurrección vandeana. Logrado el grado de sargento en algunos días, progresaba con entusiasmo en la carrera militar, a la que parecía destinado, cuando una enfermedad lo forzó a volver con su familia. Cuando su salud apenas estuvo restablecida, su padre resolvió hacerle estudiar medicina. Lo envió como alumno al hospital de Saint-Malo y, poco tiempo después, a la escuela de Brest.

Gracias a su constancia y a sus éxitos, Broussais obtuvo en poco tiempo el título de cirujano de marina y se embarcó por primera vez a bordo de la corbeta Hirondelle, al servicio del Estado. Nombrado cirujano mayor, realizó varias campañas en navíos de guerra y luego pasó al servicio de los corsarios J. Bougainville, gente armada en misión contra los buques británicos. En poco tiempo el botín fue inmenso y la parte que le correspondía a Broussais se elevó a la suma de 14.000 fr.

Fue en la práctica de la medicina naval, mientras viajaba, cuando se dedicó a estudiar el escorbuto, afección muy funesta para los navegantes y la única que no había probado incluir en su método de la irritación. Quedó varado en Brest, a punto de embarcarse para una lejana expedición, cuando una desgracia horrible lo retuvo en Francia. En la Nochebuena de 1795, su padre y su madre fueron vilmente asesinados por bandas fanáticas quienes los suponían partidarios de las nuevas doctrinas democráticas. Luego Broussais regresó a Saint-Malo y recibió un destino en el hospital de esta ciudad, pero poco después de una disputa que surgió entre él y sus colegas o, quizá convencido de insuficiencia de sus estudios, decidió ir a París para completar y obtener el título de doctor.

La facultad de París estaba entonces representada por tres hombres célebres: Chaussier, Bichat y Pinel: Broussais siguió con asiduidad los cursos del primero, en los que aprendió el espíritu de intolerancia que demostró durante toda su vida. Cultivó la amistad de Bichat, cuyas ideas desarrolló más tarde; pero se vinculó sobre todo a Pinel, se convirtió en el más entusiasta de sus discípulos y adoptó calurosamente sus opiniones, que muy pronto debía refutar.

Pinel, con su Nosographie philosophique, había dado a la ciencia un impulso al que todo el mundo médico se había vinculado. Clasificaba las enfermedades en géneros y en especies, como se clasifican las plantas y los animales en historia natural. Admitía seis fiebres esenciales y Broussais no solamente aceptó esta doctrina, sino que llegó más lejos que su maestro. En efecto, en su tesis preliminar sobre la fiebre hética se le ve elogiar a Pinel el haber establecido la existencia de compromiso gástrico sobre un pequeño número de síntomas invariables.

Inmediatamente muestra cómo unas fiebres héticas, mantenidas por el trastorno de las funciones gástricas, ceden maravillosamente a la administración de quinina, tónicos, reconstituyentes y buen vino, por otra parte, perfectamente indicado contra la gastritis. Y, aunque Pinel reconozca a veces esta fiebre como el resultado de alteraciones orgánicas, lo que aquí hay que destacar sobre todo es que a las seis fiebres esenciales de Pinel propone añadir una séptima, la fiebre hética. Es muy importante señalar aquí estas ideas de Broussais, porque pronto vamos a verlo entrar en una vía totalmente opuesta e intentar destruir cualquier vestigio de sus primeras opiniones.

Obtenido el título de médico a la edad de treinta y un años, el 26 de noviembre de 1803, decidió establecerse en París. Se instaló en la calle Bouloi, pero en dos años apenas logró reunir la suma de 1200 fr. Disgustado a causa de esta vida insignificante e ingrata, obtuvo con el apoyo de Desgenettes el nombramiento de médico ayudante primero en el Océan de la armada de costas el 4 de noviembre de 1805. Inmediatamente siguió a la armada hasta Utrech, desde allí a Ulm y asistió a la batalla de Austerlitz. Sucesivamente recorrió Bélgica, Holanda, Alemania, Italia. Así pudo observar en diferentes latitudes los efectos de la influencia atmosférica incluso sobre las enfermedades. Se dedicó sobre todo al estudio de la tisis pulmonar y señaló que esta afección tenía una evolución mucho más rápida en los climas del Norte que bajo el bello cielo de Italia. De ello concluyó que era el resultado de una temperatura fría y húmeda: que generalmente estaba causada por los resfriados y por consiguiente el producto de la inflamación.

Rebatía ya las opiniones reinantes.

Bayle, Laënnec, Louis y la escuela de Paris, con mucha razón,  reconocían como causas de la tisis la herencia, la miseria, las privaciones y los excesos. En consecuencia, su tratamiento consistía principalmente en el empleo de tónicos y reconstituyentes.

Al contrario, para Broussais, que no veía otra cosa que la inflamación, las sanguijuelas y los debilitantes formaban la base de su terapéutica. Se comprende cuánto debió este tratamiento aumentar el número de sus autopsias. Sin embargo, es preciso hacerle justicia. Gracias a sus numerosas observaciones consiguió reducir las diferentes clases de tisis hasta entonces admitidas a una sola forma que presentaba siempre una misma alteración: presencia de tubérculos. “Tubérculos, dice él, siempre tubérculos, ahí está el parecido más general y uniforme”. Todavía dio el diagnóstico de esta variedad de pleuresía en la que, el pulmón perforado por el vaciado de un tubérculo, la materia purulenta y el aire atmosférico llegan directamente a la pleura, que se ulcera, y la enfermedad evoluciona rápidamente hacia un desenlace fatal.

En 1808, en España, Broussais obtuvo un permiso que el mal estado de su salud había hecho necesario. Vino a París y aprovechó este tiempo de ocio para repasar su Traité des phlegmasies chroniques, que había tardado tres años en realizar en plena vida de campamento. La primera edición de esta obra, quizá la más simple  salida de la pluma de Broussais, no encierra más que ideas vagas e insignificantes de generalidades y observaciones incompletas.

No se aprecia allí ni teoría ni opinión netamente formulada. Se diría que el tiempo durante el que compuso esta obra es como el periodo de transición entre sus viejas ideas, de las que se quiere liberar, y del nuevo sistema que prepara. Al autor de Phlegmasies chroniques le costó mucho trabajo encontrar un editor. Finalmente vendió su obra en Gabón por la módica suma de 800 fr. y, aún más, fue Broussais quien debió pensar cómo agradecerlo, porque el libro permaneció tan ignorado como el autor y se quedó en los almacenes de los libreros. No fue más hasta ocho o nueve años más tarde, en que comenzó la celebridad de Broussais, cuando la obra se convirtió en el objeto de la curiosidad pública y llegó a su quinta edición.

Nombrado médico jefe en un cuerpo del ejército de España, se fue solo y a pie el mes de octubre de 1808. Durante esta campaña desastrosa compuso para la Société medicale d’emulation sus memorias sobre la circulación capilar.

Este trabajo, fruto de la imaginación más que de una atenta observación, sólo contiene hipótesis sobre las funciones del timo, del tiroides, de las cápsulas suprarrenales y del bazo. Se afana por demostrar la contractilidad de los capilares, a pesar de que el examen microscópico más minucioso prueba que los elementos anatómicos de estos vasos no contienen la menor traza de tejido ni de fibras contráctiles.

En 1814, después del naufragio del Empire, Broussais abandonó la medicina militar y regresó a París, donde casi de inmediato Desgenettes lo nombró profesor ayudante en el Val-de-Grace. Es ahora cuando va a comenzar la lucha que debía transformar el mundo médico. Broussais, con la fuerza y la perseverancia de la edad madura, mostraba aún todo el ardor de la juventud.

Atesoraba experiencia y frutos de sus muchas meditaciones. Acostumbrado a todo tipo de fatigas, tenía una fecunda imaginación, con la suficiente audacia y obstinación para perseguir las ideas. A todo ello venía a unirse un vigor corporal y una exuberancia vital que no pedía más que un escenario para actuar a la luz del día. La ocasión era favorable. Se le ofreció una cátedra. Pronto la llenó con el sonido de su nombre y reunió a su alrededor a toda la juventud estudiosa, tanto por su elocuente palabra como por la novedad de su doctrina.

No hay que creer que Broussais haya concebido y expuesto de repente su sistema reformador. Barthez ya había proclamado el vitalismo y Bichat generalizándolo había tomado el animismo de las escuelas. Haller, aunque lo había enturbiado con mecanicismo, sin embargo había señalado la irritabilidad como una fuerza propia de ciertos órganos de los seres vivos. Broussais conocía y admitía todas estas ideas; pero fue sobre todo el Traité d’anatomie générale de Bichat de donde sacó la idea de localizar las enfermedades y de estudiar la irritación en cada uno de los tejidos vivos. Conocía también la propuesta fundamental de la doctrina de Brown:

“La vida se mantiene sólo por la irritación; no es sino el resultado de la acción de los estímulos externos sobre la irritabilidad de los órganos”.

De ahí al sistema de Broussais, sólo hay un paso. Vamos a verlo. Broussais reconocía en la materia viva una sola propiedad que se manifiesta por el encogimiento, la contracción: es la contractilidad. Todas las demás no son sino una variante de ésta. Esta propiedad fundamental no se puede poner en juego más que por la acción de los agentes físicos a los que el cuerpo del hombre está constantemente expuesto. Así la luz es el estímulo del ojo; el sonido, el ruido, el del oído por medio del aire atmosférico; el calórico penetra todas las partes del cuerpo; el contacto de la materia es el excitador de la sensibilidad; el aire excita los pulmones, así como los alimentos y las bebidas excitan el tubo digestivo, etc., etc.

La propia sangre produce excitación en toda la economía. En fin, Broussais admite incluso excitaciones misteriosas entre los diferentes órganos de la vida vegetativa.

Ahora bien, según un axioma atribuido a Hipócrates, donde hay estímulo, excitación, siempre hay aflujo de líquidos y es la presencia de éstos la que mantiene función nutritiva. Aquí el reformador, obsesionado por explicar los fenómenos de la nutrición, pasa de la palabra y va más allá: “se puede llamar química viva, dice, en virtud de una fuerza especial”. Señalemos aquí que, según su propio testimonio ¡nunca conoció a verdadera química!

Cuando el estímulo producido en el hombre por los agentes modificadores se ha confinado dentro límites razonables, existe equilibrio entre los diferentes órganos y en su acción recíproca: esto es el estado fisiológico.

Sin embargo, puede ser o demasiado débil o demasiado fuerte: esto será el estado mórbido. Si el estímulo es muy débil, habrá debilidad; si es muy fuerte, habrá irritación y, en la parte irritada, llegando los líquidos con demasiada abundancia, se producirá una exagerada reacción orgánica y por consiguiente inflamación. La inflamación, según su grado de intensidad y los órganos que ocupa, producirá una diversidad de enfermedades. En efecto, la inflamación de los capilares sanguíneos, por ejemplo, y la del parénquima pulmonar producirán una repercusión en la economía y unos efectos diferentes.

Como a Broussais se le habría podido objetar que hay casos patológicos sin ningún vestigio de inflamación, admite la existencia de vasos blancos tan susceptibles de irritación como los otros. Por otra parte, la irritación no se limita al órgano afectado, sino que se transmite por el sistema nervioso y sin cambiar de naturaleza de un punto a otro: de ahí, siguiendo su afirmación, las flegmasías secundarias y sus síntomas, “los gritos de los órganos sufrientes”, según su expresión. En la economía existen partes más susceptibles de inflamarse que otras; por ejemplo, la membrana mucosa del intestino y del estómago, que se irrita en cuanto se encuentra una intensa irritación en alguna otra parte del cuerpo. El mismo corazón es irritado por el simpático en las enfermedades febriles y, si esta irritación se vuelve casi general, se extiende hasta el sistema nervioso central y se producirá el delirio y la ataxia bajo todas sus formas. Necesariamente este sistema excluye las enfermedades generales que resultan de una alteración de los humores: Broussais no duda en negarlas. Es quizá el único punto en que se mantiene de acuerdo con Pinel.

Tal es, en resumen, la exposición de la doctrina a la que Broussais dio el nombre de medicina fisiológica. Este repaso general puede darnos ya una idea de las terribles consecuencias que se derivan de este sistema.

En todas partes Broussais no ve otra cosa que inflamación. La debilidad no es sino una excepción; incluso su terapéutica consistió siempre en debilitantes y este tratamiento, del que estuvo a punto de ser víctima él mismo, lo mantenía siempre sin temblar y cualquiera que fuese el estado de debilidad de los enfermos. Sin embargo, Boisseau lo indujo, aunque con mucha dificultad, a reconocer casos de sub-irritación en los que la sangría sería funesta.

Broussais adoptaba así, sin saberlo, el estado esténico de Brown. Además de la cátedra que Broussais ocupaba en Val-de-Grâce, también dio algunas lecciones en un saloncito de la calle del Foin, cerca de la Facultad. Fue allí donde lanzó la antorcha incendiaria.

Primero un pequeño número de curiosos fueron sus únicos oyentes; pero pronto la afluencia aumentó, la modesta sala de la calle Foin, que apenas podía contener la multitud que se apiñaba en las lecciones del reformador, fue sustituida por un gran anfiteatro situado en la calle de Grès.

En las partes descriptivas, su habla era lánguida, aburrida; había algo pesado y agobiante, pero, cuando llegaba a la discusión o se veía rebatido, su imaginación se enardecía, su elocuencia estallaba y apabullaba a sus adversarios, tanto por la lógica de sus razonamientos como por la ironía, la burla y los sarcasmos más hirientes.

Su voz era sonora, su mirada viva y penetrante, su gesto enérgico y los rasgos de su rostro expresaban admirablemente los sentimientos que abrasaban su alma: la ira y el desprecio. Por eso encandilaba a sus oyentes, a los que comunicaba un entusiasmo casi fanático.

En 1817 publicó el primer volumen de su famoso Examen des doctrines médicales, donde sucesivamente pasa revista a todas las antiguas teorías. Ninguna de las viejas creencias médicas sería indultada. Sentado en su tribunal de la doctrina fisiológica, condena despiadadamente a todo el que no se adhiere a su nuevo sistema.

Llegado a la Nosographie philosophique de Pinel, al que había profesado un verdadero culto, demolió pieza a pieza todo el edificio construido por su maestro. Ataca sobre todo las fiebres esenciales, la fiebre hética y las reduce todas a la inflamación de la mucosa gastrointestinal. Las mismas fiebres intermitentes son relacionadas con una gastritis de repetición. Broussais desterró la quinquina de la terapéutica y combatió todas las fiebres con tragacanto y sanguijuelas. Vence la ontología médica, que fue admirable durante siglos. Decía que se oponía a que la medicina fuera considerada en la categoría de las ciencias. En fin, atribuye la hemorragia a la irritación excesiva de los capilares rojos; las neurosis a la irritación de los nervios; los tubérculos y la enfermedad escrofulosa a la irritación de los linfáticos.

En la última edición de esta obra de cuatro volúmenes, publicados en 1834, Broussais se esfuerza por hacer desaparecer su papel de crítico para tomar el de historiador, de manera que hoy este examen de las doctrinas médicas puede pasar por una historia de la medicina donde los hombres y los sistemas son enjuiciados desde el punto de vista de la doctrina fisiológica.

En 1822 Broussais creó los Annales de la médecine physiologique, periódico que subsistió durante trece años y fue el marco de una lucha encarnizada contra los enemigos de la nueva doctrina. El reformador publicó allí por fragmentos su Traité de physiologie pathologique y, gracias a sus numerosos trabajos y a las victorias que consiguió sobre sus adversarios, vio caer bajo sus ataques la ontología médica, la doctrina brownniana, las fiebres esenciales y las clasificaciones de Pinel.

La medicina fisiológica fue aceptada por la mayoría de los médicos en Francia, en Bélgica, en Italia y en España. Sin embargo, su vigencia no debió ser de larga duración. Cuando el cólera, en 1832, vino a diezmar París, Broussais probó a incluirlo en su teoría de la irritación.

A este respecto, incluso preparó algunas lecciones que fueron oficialmente publicadas en el Moniteur; pero cuando hizo falta dar para ello un tratamiento, las sanguijuelas y los disolventes tuvieron menos éxito en sus manos que los tónicos y los estimulantes en las manos de sus adversarios. Una circunstancia desdichada vino a dar todavía un terrible golpe a su doctrina.

Casimir Périer. Su amigo y paciente, fue alcanzado por la epidemia. El ilustre enfermo no quiso otro tratamiento que el de Broussais y sucumbió en algunos días. Los enemigos del reformador aprovecharon este hecho como una nueva arma, atrajeron la atención y provocaron la reflexión de los médicos sobre la doctrina fisiológica, que desde ese momento comenzó a ser abandonada.

Broussais no se contentó con reformar la medicina, quiso además aplicar su sistema de la irritabilidad a una ciencia mucho más abstracta, la psicología. Publicó Traité de l’irritation et de la folie, en que, habiendo de estudiar las alteraciones sin número y los trastornos donde la razón humana se extingue, echa un vistazo a la ciencia de las manifestaciones mentales. La encuentra abandonada a las especulaciones de los psicologistas, se adueña de ella para incorporarla a la fisiología y conecta íntimamente el pensamiento a la irritación del cerebro. Aborda con audacia la entidad nerviosa inmaterial y no ve sino una nueva ontología que combatir. Escuchémosle a él mismo exponer sus ideas:

“Después de haber inducido, dice, de las poco estudiadas funciones del sistema nervioso la existencia de un principio extraño al mismo, los psicologistas confían a este principio todo lo que su ignorancia de los hechos que componen la historia del hombre no les permite explicar. Al haber sido abstraído del sistema nervioso el pensamiento, lo hacen actuar como un ser; le confían la certeza, la prueba, la realidad. Luego le superponen otra entidad, que designan con otro nombre, de la que este pensamiento entonces no es ya más que el testimonio o la expresión… La percepción es el único fenómeno de la inteligencia; ocurre en el cerebro; es la irritación de su sustancia y no el efecto de esta irritación; y la idea no podría ser otra cosa”.

En cuanto a la libertad, al libre albedrío, este eterno sujeto de discusiones entre los metafísicos y los moralistas, Broussais zanja fácilmente la cuestión:

“Si vacilamos inseguros, dice, entre varias razones para actuar, es que nuestro cerebro prueba al mismo tiempo varios estímulos y el más fuerte prevalece sobre los otros. Dos clases de irritaciones provocan las funciones del cerebro: unas provienen de los sentidos externos, las otras, de las vísceras interiores. Los actos de la inteligencia y del instinto se resultan en cierta medida de esta irritación; pero si ésta es llevada más allá del estado normal, hay perversión, pérdida de la razón, abuso del instinto. Las causas más frecuentes de esta alteración mental son la irritación de los órganos genitales y la inflamación de las vísceras.

Allí está sobre todo la fuente de los actos instintivos”.

A pesar de la audacia de sus opiniones y la revolución que operó su doctrina, Broussais fue nombrado comendador de la Legión de honor y profesor en la Facultad, donde se fundó para él una cátedra de patología general. Había combatido el frenología en 1822, reprochándole a Gall establecer en el encéfalo la región de la ontología, sin observar que, para cada fenómeno intelectual, hace falta el concurso de todo el encéfalo. A pesar de este primer paso y después de haber exagerado las doctrinas de Locke, de Condillac y de Cabanis, adoptó el sistema de Gall, lo desarrolló en un curso público y de allí llegó hasta el punto de soltar en plena Academia:

“¡Sí, señores, el impulso hacia el idealismo, hacia la veneración, hacia la esperanza, existen en los animales!”

En 1836, Broussais fue nombrado miembro de l’Académie des sciences morales et politiques; pero, a pesar del vigor de su espíritu, su cuerpo estaba minado por una afección crónica silente; aunque él continuaba sus trabajos con ese ardor infatigable que desplegó toda su vida. Sin embargo el desenlace fatal se aproximaba.

El 17 de noviembre de 1838, estaba en Vitry, cerca de París, cuando se oyó salir de su habitación un gran grito. Algunos momentos después, había muerto. Primero se pensó en un envenenamiento; pero la autopsia probó lo contrario; se encontró cirroso todo el extremo del intestino.

Sus cenizas fueron transportadas más tarde a Val-de-Grace, donde se ve hoy una estatua de Broussais que posa desdeñosamente su pie derecho sobre una pila de libros, anteriores sin duda a su doctrina.

Conviene suponer que esta injuria hecha a las antiguas creencias médicas no será vengada por la posteridad. Broussais tenía un bello rostro; sus rasgos eran nobles; y, al margen de toda polémica, en la vida privada, era afable y benévolo, y su sonrisa estaba llena de encanto.

El más bello elogio que se pueda hacer de él es que murió pobre y que cultivó la ciencia sólo por la ciencia misma.

Acabamos esta biografía poniendo a los ojos del lector los juicios sobre Broussais referidos por algunos de sus contemporáneos:

MIGNET (Estudio sobre Broussais leído a l’Academie des sciences morales et politiques el 6 de junio de 1840):

“El espíritu de Broussais, que era vivo, penetrante, firme, creador, no poseía tácticas suficientemente rigurosas; no se formulaba siempre todas las preguntas y a menudo se contentaba con soluciones imperfectas, porque observaba pero concluía demasiado.

Buscar y creer, afirmar y combatir, tales eran sus necesidades. No sabía dudar ni vacilar. De ahí venían a la vez sus imperfecciones, su talento, su autoridad, sus éxitos. De ello provenía su manera de andar segura y desenvuelta; sanguíneo, robusto, caprichoso, enérgico; en ello estaba la inspiración de estos libros, que interesaban no sólo por la exposición de sus ideas, sino por la emoción de sus sentimientos; porque ponía allí a la vez sus sistemas y su persona.

Broussais tuvo un genio inventivo; pertenecía a esta generación vigorosa y creadora que se ocupaba un poco menos que la nuestra de lo que se había pensado en los siglos precedentes y que iba un poco más allá. Asimismo, el nombre de Broussais permanecerá inscrito junto a los grandes nombres de la ciencia que cultivó, honró y perfeccionó”.

GOURAUD (Artículo publicado en Revue des Deux-Mondes de mayo de 1839):

“A menudo se han comparado Brown y Broussais. Hay en efecto entre estos dos hombres algunos parecidos bastante sorprendentes, aunque cada uno de ellos posea una clase de superioridad que no posee el otro. Los dos se levantaron con la misma indignación contra todo el pasado de la ciencia y tuvieron para los antiguos el mismo desprecio. Ambos han tenido el don  de transportar y de entusiasmar a su auditorio por la crítica más extrema, más mordaz, más burlona y más original de sus adversarios; y, si Broussais lanzó tantas ofensas contra Pinel, que había sido su maestro, Brown no lo hizo menos contra su antiguo maestro Cullen.

Desde luego, los dos, ya que ambos eran reformadores sistemáticos, tuvieron una gran facilidad de generalización y de sistematización, y no podían tomar la palabra o la pluma sin abarcar la medicina entera, sin que los temas que discutían fueran o se volviesen temas capitales, cuestiones madre: la misma atracción con que ellos cautivaban, ya que los hombres siempre se vincularán preferentemente a los que debatan en su presencia cuestiones importantes y vitales.

Ambos tenían como principal factor de su talento el deseo ardiente y la facultad de aclarar las cuestiones de medicina por el razonamiento y la lógica, y los dos, en efecto, habían partido de muy buenos estudios literarios. Los dos, fundando la medicina práctica sobre el estado de excitación o de irritación de la fibra orgánica, redujeron la medicina de ese modo a una simplicidad muy grande.

Según Brown, al visitar a un enfermo, no hay allí sino tres cosas que determinar: 1ª si la enfermedad es general o local; 2ª si es esténica o asténica; 3ª cuál es la estimación, la gravedad. Pero por otra parte estableció que casi siempre era asténica; así que, sólo hay que  saber qué dosis de tónicos el enfermo puede soportar.

Broussais todavía lo simplificó más, pero en el sentido contrario. Según él, hay a determinar: 1º cuál es el órgano enfermo; 2º cuál es la naturaleza del mal; pero que es casi siempre inflamatoria; 3º ” cuál es la dosis, es decir, qué antiflogísticos puede soportar el enfermo…

El estilo de Broussais, como el de los dos prosistas más grandes de nuestra época, sus dos compatriotas, Chateaubriand y Lamennais, es personal y provocador. Del mismo modo que se ha llamado a Lamennais el abad guerrero, se podría llamar a Broussais, el médico guerrero.

Cada obra nueva, cada nuevo folleto era, al pie de la letra, una declaración de guerra o una nueva entrada en campaña… Lo que más llama la atención en el estilo de Broussais, es su tono de convicción. Si toma la pluma, es porque hay en todas partes brownianos, ontologistas que difunden de funestas doctrinas; hay que imponerles silencio, hay que entregarlos al desprecio de los contemporáneos y de la posteridad…

Broussais tiene una capacidad intelectual y de lógica médica que no nos parece que exista en un grado tan alto en ninguno de los hombres de hoy, ni en ninguno de los que tuvo que combatir en aquellos años y a los que la medicina ha perdido.

Sabe donde están las bases de la ciencia y las sondea con audacia; concibe el arte médico en toda su extensión”.

PEISSE (“Article nécrologique”, Gazette médicale, 24 noviembre de 1838):

“Broussais fue, en medicina, un agitador audaz más que un sincero reformador; los años dedicados a la ciencia, un jefe de insurrección, más que un organizador. Muy crítico, en gran parte falla en su tarea de reconstrucción. Era una gran idea derivar la patología de la fisiología; pero él mismo no comprendió bien todo su alcance y la esterilizó por su mezquina fórmula de la irritación, copia de Brown disfrazada de incitación, a la cual pretendió, por una generalización de lo más arbitraria, reducir todos los fenómenos de la vida, que la desbordan por todas partes…

Las credenciales de Broussais probablemente no conservarán en el futuro el valor que parecieron concederles sus contemporáneos. Sin embargo, hay una que jamás será discutida: es haber emprendido, con una viva conciencia de la necesidad y de la importancia de esta empresa, una crítica regular de los principios de la medicina, considerada como ciencia y como arte, y de haber tratado de levantar el edificio médico sobre una base racional… Aunque la inmensa mayoría de las ideas que particularmente había combatido, en un momento derribadas (el humorismo, la especificidad, las diátesis, el esencialismo, etc.), hubieran reaparecido en el Credo médico, no habría que creer que su paso por la ciencia no ha dejado huellas.

Lo que había demolido ha sido levantado, es verdad, pero no totalmente, ni bajo las mismas formas. La vieja medicina fue reconstituida, pero no el viejo espíritu médico, la brecha que Broussais abrió entre el pasado y el futuro de la ciencia subsiste. Al grito exhalado por Broussais se ha producido esta larga agitación, que se puede, si quiere, considerar como una anarquía, pero que no revela menos el poder de la idea que lo mantiene y del espíritu que lanzó esta idea. Pues, si Broussais no ha quedado como un gran maestro, en parte fue ciertamente una autoridad, y será siempre en la historia, por esta causa, un nombre justamente famoso, si no un gran nombre”.

BÉRARD (Discurso sobre Broussais, pronunciado a la sesión pública de la Facultad de medicina de París, el 4 de noviembre de 1839):

“Broussais denominó su doctrina medicina fisiológica. El autor original de Tristram Sliandy le hace decir a uno de sus personajes que los nombres propios tienen una influencia misteriosa sobre el destino humano, y algunos médicos amigos de la paradoja pretendieron que el éxito de una doctrina podía ser unido al nombre bajo el cual se ha dado a conocer. Al deducir de ello que es así, el nombre era hábilmente escogido.

La verdad, no era una idea nueva relacionar la patología con la fisiología: una ojeada a la historia de la medicina mostraría, en efecto, los sistemas más célebres unidos constantemente a la doctrina fisiológica de cada época y siendo sólo su consecuencia.

Pero Broussais fundaba la suya sobre una fisiología de mayor valor que la de los reformadores que le habían precedido. Por otra parte, era el primero que pronunció la expresión de medicina fisiológica, y se podía ser cautivado por la sencillez de una doctrina que, relacionando los fenómenos mórbidos con los mismos hechos que constituyen el estado de salud, mostraba así el paso del estado fisiológico al patológico… Nadie ha sido atacado más vivamente y defendido más enérgicamente que Broussais; pero la feliz dirección que imprimió a sus nuevas investigaciones localizando las enfermedades le hizo salir de la línea ordinaria de los reformadores… Como escritor, Broussais casi no tiene rival entre los médicos.

La claridad, el temperamento, la vivacidad, la energía, la originalidad, estas son las cualidades dominantes de su estilo… Cuando su razón se dirige a la nuestra, cuando su sentido común nos entusiasma o su lógica nos subyuga, es tal la invariable lucidez de este lenguaje que el pensamiento del autor se nos muestra antes de que hayamos pensado en el orden de las palabras que lo expresan. Esta reflexión nos advierte de este talento maravilloso para escribir, que en Broussais no es en absoluto un arte, sino un feliz don de la naturaleza.

Asimismo, de él más que de otro, se pudo decir: “el estilo es el hombre”. La elevación y la fecundidad del genio, la audacia del pensamiento, la rigidez del dogmatismo, el arrebato de un carácter irritable y orgulloso, todo esto vive y respira en estas páginas que el olvido no sabría alcanzar”.



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