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BIOGRAFÍA DE JACQUES BAUR

Posted: Marzo 15th, 2011 | Author: | Filed under: Biografías, Historia | No Comments »

Fuente: Dr. Séror http://www.homeoint.org/seror/biograph/baur.htm

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Doctor Jacques Baur

Solicité esta autobiografía a mi amigo, el doctor Jacques Baur de Lyon y él me la ha enviado. Entre otras cosas, me escribe:

“ … su petición en lo que se refiere a algunas líneas de mi curriculum vitae será fácil de satisfacer… Si pretender extenderme en exceso sobre este asunto, lo he hecho lo mejor que he sabido y le envío una copia para que disponga de ella como estime más conveniente. “

Dr. R. Séror

* * * * *

AUTOBIOGRAFÍA del doctor Jacques Baur


Si bien, desde un punto de vista general, la “cosa humana” plantea, en cuanto a su identidad, problemas irresolubles que las diferentes ideologías han intentado abordar no consiguiendo más que crear conflictos, para el médico el problema es muy diferente. En efecto, se le presenta como un fenómeno cuya esencia ignora pero cuyos desarreglos debe afrontar.

Los médicos conocen tan bien este problema que, para seguir siendo eficaces, han concebido el modelo de la “caja negra”.

Pero los médicos no tienen la misma sabiduría que los físicos, y las teorías que han elaborado a este propósito se han convertido, a su vez, en fuentes de conflictos. No obstante, nuestros ancestros habían expresado, en la antigüedad, que el conocimiento de sí mismo es fuente de armonía y de sabiduría.

A las puertas de Tebas, la Esfinge devoraba a los viajeros incapaces de responder al enigma que les planteaba y cuya respuesta era precisamente la esencia humana. El hombre se caracteriza, según Platón, como “un animal desprovisto de alas, bípedo y con uñas planas”

Interrogarse sobre sí mismo es ciertamente fuente de dificultades y plantea una cuestión para la que nadie tiene respuesta.

Pero es “abrir el camino del conocimiento de sí mismo”, y, cualquiera que sean los progresos que podamos hacer en esta dirección, somos siempre sus primeros beneficiarios.

También debemos estar agradecidos a los compañeros y a los acontecimientos que, en el curso de nuestro trayecto, nos interrogan: “¿Y tú quién eres?”.

Y la respuesta que demos determina, esclareciendo u oscureciendo, el devenir de  nuestra aventura.

De manera que habrar de sí mismo no es necesariamente una fanfarronada egoísta y narcisista. Puede contribuir a nutrir y desarrollar el conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos interrogándonos sobre los tiempos fuertes que han jalonado nuestro trayecto, sobre los momentos en que la Esfinge se ha presentado exigiendo una respuesta que no se inscribía en el automatismo repetitivo.

Aunque nací el 5 de marzo de 1920 en un entorno que habría podido parecer favorable, relacionado con las actividades de mi padre, médico militar, antiguo profesor del Val de Grace en París y que, en esa época, dirigía el servicio médico de las minas de la Sarre, la Esfinge no tardaría en aparecer.

Mi padre murió cuando yo tenía seis años, dejando a mi madre con cuatro niños ante la necesidad de improvisar lo que sería nuestra vida que nos condujo, al comienzo, al su medio familiar en Agen, de donde ella era originaria: Agen y, para mí, el Lycée Bernard Palissy y un poco más tarde, con la adquisición de una gran casa en el campo, el Lycée de Marmande al que asistí durante dos años.

No era más que una solución provisional a la espera de una nueva oportunidad que se presentó en 1932 bajo la forma del concurso de entrada al Prytanée Militaire de La Flèche, en la Sarthe. Los cinco años que pasé como interno, sometido a una disciplina militar firme pero adaptada a niños de nuestra edad me permitieron estudios conducidos por profesores “cuidadosamente seleccionados” y una camaradería sin sombras con los niños de mi clase.

Al lado de los edificios reservados a las clases, un gran terreno acogía diversas actividades lúdicas y deportivas, y una “prisión” nos estaba reservada cuando nuestros desbordamientos juveniles sobrepasaban un cierto límite. Nuestros profesores eran nuestro guías y nuestros consejeros, en particular un profesor de francés que nos inició en la poesía y que publicó, después de su jubilación, un libro de recuerdos sobre su vida entre sus pequeños poetas. Tres veces al año, íbamos a casa por vacaciones.

Una vez terminada la enseñanza secundaria, nos vimos enfrentados a la necesidad de elegir una orientación profesional: “¿Qué vas a hacer ahora?”, pregutó la Esfinge.

Todo era posible, el Prytanée comportaba clases preparatorias para todas las Grandes Écoles. Por tradición familiar, tal vez también por deseo de cambio después de cinco años de internado en un pueblo que no conocíamos mas que por las salidas dominicales durante las cuales aquellos que lo deseaban eran conducidos “en columnas de a tres y a paso de marcha” al cine para la primera función de la tarde o por la mañana al “Grand Prytanée” para asistir a la misa dominical, elegí, en otoño de 1937 preparar, al mismo tiempo que el P.C.B., el concurso de entrada en la l’Ecole du Service de Santé Militaire de Lyon, cuyos edificios estaban entonces situados en la Avenue Berthelot..

Mi padre y mi tío habían pasado por la Escuela antes que yo… La llegada a Lyon constituía una ruptura y a la vez la necesidad de responsabilizarme de mi trabajo de Facultad y de mi tiempo de esparcimiento en una gran ciudad donde todo era posible. Conocí así oportunidades interiores que no habían podido manifestarse hasta ese momento.

Una vez superado el concurso, me incorporé como alumno en otoño de 1938. Pero la estancia en Lyon fue breve a causa de la declaración de guerra y después de un corto periodo de movilización que pasé en la retaguardia, fui hecho prisionero en junio de 1940.

Antes había tenido el éxodo a pie por los caminos que nos habían conducido a Bretaña, a Sainte Anne d’Auray cuyo Seminario nos había acogido. En esta época, los ejércitos alemanes prosiguiendo su avance hacia el sur no habían entrado en la casi isla bretona de la que nosotros no pudimos salir.

Este periodo del verano de 1940 fue para nosotros un periodo de agradables vacaciones hasta el día en que unos motociclistas de patrulla que pasaban casualmente por Sainte Anne descubren el grupo de militares franceses. Entonces se decidió que, a la espera de lo que se decidiese sobre nuestra suerte, deberíamos considerarnos como prisioneros.

Por lo demás, la decisión no se hizo esperar y después de una asignación al hospital de Saint Gildas des Bois, fui asignado, en noviembre de 1940 al hospital de Nantes. La Esfinge vino de nuevo a plantear su pregunta.

Hasta ese momento en Nantes era libre de hacer y de ir a donde quisiera en la ciudad, pero poco tiempo después de mi llegada, recibí la orden de acompañar  un convoy de prisioneros a Alemania.

Comprendiendo que la tenaza se cerraba de nuevo y que una vez en Alemania no tendría ninguna posibilidad de volver, me evadí de esta condición tanto más insoportable cuanto que los cursos comenzaban de nuevo en la Facultad ya que las vacaciones terminaban. Tomé la decisión de volver a Lyon.

Era sencillo. Había que tomar el tren a París sin hacerse notar. Una vez en París, recibí ayuda y consejos de los amigos de mi familia para dirigirme al sur, atravesar al Canal du Centre en la región de Dijon y finalmente alcanzar Lyon.

Mi destino final en Lyon era reincorporarme a la Ecole du Service de Santé, encontrarme allí con mis camaradas y reemprender mis estudios. Pero en la Escuela fui acogido “como un perro en un juego de bolos” por el director, que había sido advertido de mi evasión. La cosa era grave: fui considerado como un desertor y las autoridades alemanas reclamaban sanciones.

Así pues, fui arrestado en los locales de la Escuela y no podía salir de la misma más que para asistir a mis cursos en la facultad. Poco después el tribunal militar me impuso dos meses de prisión… con prórroga, y fui reenviado a la escuela. Corría octubre de 1941. La Esfinge hacía de nuevo su pregunta: “¿Y ahora, quién eres tú?”.

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Dr. Jacques Baur

Era preciso improvisar una nueva respuesta, encontrar un alojamiento, subvenir a mis necesidades materiales hasta la finalización de mis estudios. Pero nada es definitivo y los acontecimientos no siempre tienen tendencia a desarrollarse de manera lógica.

Yo había encontrado en el sudoeste de Francia una identidad de trabajador agrícola

Había encontrado en el suroeste de Francia una identidad como trabajador agrícola y continuaba además con los estudios entrecortados por sustituciones médicas en la Alta Saboya, y mi carnet de identidad agrícola me servía en los controles de los trenes..

No me fue de ninguna utilidad cuando, en 1943, los gendarmes vinieron a buscarme para responder a una convocatoria que debía llevarme a Alemania para el S.T.O. (servicio de trabajo obligatorio) instituido en esa época para el relevo de los prisioneros. Pero cuando los gendarmes se presentaron yo estaba escondido en la bodega de una casa abandonada y no me encontraron…

Y después la guerra se termina. En la primavera de 1945 as autoridades militares me movilizan de nuevo y soy recibido en la dirección del Service de Santé por el mismo personaje que, cuando me evadí, dirigía la Ecole de Santé y tal mal me había acogido. Pero esta vez todo parecía olvidado y con mucha amabilidad me preguntó cual era mi grado en el ejército… Tras mi respuesta más bien negativa, me hizo restituir primero mi grado de ayudante (médico auxiliar) y volví a partir con la promesa de que pronto tendría los dos galones de teniente, lo cual se hizo efectivo a partir de agosto de 1945, una vez superada mi tesis de medicina.

Nada había tenido que ver mi condena por el Tribunal Militar cuyo juicio no se anuló hasta marzo de 1945. A partir de ese momento se sucedieron toda una serie de destinos diversos, primero en el Hospital Desgenettes en Lyon, luego en el Hospital de Annecy

después como médico jefe de un pequeño centro de convalecientes instalado en los edificios del Hôtel Bellevue en Samoëns en Haute Savoie, y finalmente vuelta a Lyon en junio de 1945, asignado al Hôpital Saint Irénée, seguida en octubre de una asignación a Sainte Foy l’Argentière, esperando mi desmovilización que llegó en noviembre de 1945.

En 1946, me di de alta en el Colegio de Médicos del Rhône. Estaba casado, con dos hijos, y mi situación familiar imponía una rápida inserción en la vida profesional. J’étais marié, avec deux enfants et ma situation familiale imposait une insertion rapide dans la vie professionnelle…. Entonces comenzó en realidad mi carrera médica.

Primeros contactos con la práctica médica

Desde mis sustituciones médicas en la Haute Savoie, había podido tomar consciencia de las dificultades de todo tipo que acompañan nuestro ejercicio, desde las que tienen su origen en los golpes de los celos, de la “invidia medicorum”, creando un clima de sorda oposición y de guerra fría, hasta las que surgen en el contacto entre el paciente y el médico, un enfermo que no se conoce a sí mismo y un joven médico que no conoce su técnica, más que de modo muy teórico y superficial, y que no obstante pretende poder dar una solución a todos los problemas de salud física y psicológica.

Recuerdo que entonces sentí cierta estupefacción al comprobar que la técnica del médico al que yo sustituía se resumía en una docena de fórmulas que me habían sido confiadas con mucha circunspección y recomendaciones: resumían el trabajo de toda una vida de aquel médico.

Estaba sorprendido al constatar, no sólo la aparente inutilidad de la inmensa suma de conocimientos laboriosamente memorizados durante nuestros seis años de estudios (y que se encontraban concretadas en una docena de fórmulas), sino también de verificar que aquellas pocas prescripciones tan simples daban muy a menudo satisfacción a los pacientes que venían a consultar.

Posiblemente esa fue la primera vez que tuve un contacto práctico con las interacciones psicosomáticas. Porque finalmente constataba que una buena sonrisa y algunas palabras tranquilizadoras tenían, como es lógico, tanta influencia sobre mis enfermos como lo que podía recetarles con una confianza muy limitada en mi prescripción. Recuerdo en particular una mujer de unos cincuenta años a la que había ido a visitar a su casa porque hacía muchos meses que no podía moverse.

Todo había comenzado con una crisis de lumbociática; el médico al que había consultado en ese momento recomendó reposo absoluto y desde entonces el menor movimiento desencadenaba violentos dolores. Habían pasado los meses y, no atreviéndose a moverse por temor a los dolores, la enferma había guardado cama, movilizando a todo su entorno, tanto para servirla como para compadecerla. De manera que cuando me llamaron para visitarla, enseguida me habló de parálisis, convencida como estaba de no poder hacer ningún movimiento y temiendo que el menor intento de movilización desencadenase los dolores iniciales. En el curso de la conversación y del examen que siguió pude darme cuenta de que, no sólo los movimientos de la pierna eran posibles, sino también que no eran dolorosos.

Todo se solucionó muy rápidamente. A petición mía, la enferma esbozó primero algunos tímidos movimientos voluntarios, después se levantó y pudo constatar que llevaba mucho tiempo curada.

Entonces pensé que esa sería sin duda la más hermosa curación de mi vida, pero fue entonces cuando descubrí en la biblioteca del médico al que sustituía la Materia médica homeopática de Poirier y Vannier. Era la primera vez que tomaba contacto con este nuevo método, pero después de haber leído una página me  convencí de que no había nada que comprender en aquel fárrago desordenado de síntomas. Mi colega, al que interrogué al respecto, me respondió que la homeopatía era útil a veces en los casos funcionales, pero que no era posible practicarla de manera exclusiva.

Así fue como, al principio de mi práctica, llegué a pensar que la medicina era útil sin duda, con la sola condición de que el médico no se muestre demasiado intervencionista y que sepa a la vez tranquilizarse y sobre todo transmitir tranquilidad.

Mi conversión a la homeopatía

Poco después los acontecimientos iban a demostrarme la necesidad de actuar de manera más activa y, haciéndome pasar al otro lado de la consulta del médico, al asiento del paciente, comprendí que la paciencia tenía sus límites. Ocurrió que como consecuencia de un destete demasiado brusco a causa de la enfermedad de la madre, una niña de seis meses hizo una anorexia total.

No quería tragar nada y cuando, a costa de una infinita paciencia se había tomado un biberón, el vómito volvía aponer las cosas como al principio. Se consultaron muchos médicos, se administraron muchos remedios, incluso fue ingresada en una clínica durante varias semanas, pero todo resultó inútil.

De todos los diagnósticos, el más original fue el de un pediatra que un buen día dijo: “No se preocupe, simplemente se trata de una niña doble”. Y viendo mi aturdimiento explicó muy claramente que esta niña no estaba enferma, que terminaría por desarrollarse bien, sino simplemente que daría el doble de preocupaciones y exigiría dos veces más atención que cualquier otro.

Por eso era una niña doble. Creo que esta fue la última consulta a un médico de la escuela clásica. La niña había cumplido los once meses y ni siquiera se mantenía sentada. Gritaba de manera casi continua. Tenía un importante retraso dentario y rechazaba la casi totalidad de sus biberones. Pero como después de cada vómito se la alimentaba de nuevo, algo terminaba por quedar en el estómago y el retraso ponderal no era demasiado importante.

No recuerdo como, fui dirigido al doctor Paul Nogier. Una dosis de Natrum muriaticum y algunos gránulos de Cina pusieron todo en orden en el trancurso de una semana.

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Dr. Nogier

Semejante experiencia no podía dejarme indiferente y desde ese mismo momento me puse a estudiar esta nueva medicina bajo la dirección del doctor Paul Nogier que durante algún tiempo mantuvo un grupo de trabajo que se reunía por las tardes.

Así fue como tuve el gran privilegio de estar presente en el comienzo de las conferencias de Pierre Schmidt. Yo no sabía entonces a donde me llevaría todo aquello, no sabía hasta qué punto aquél trabajo y aquellos contactos ampliarían mis horizontes, no pensaba embarcarme en una aventura que cada día iba a adquirir mayor envergadura. No sólo resultaron modificadas mis actividades profesionales, sino que una marca profunda se imprimió sobre mi manera de pensar, de comprender, de concebir, en una palabra, de vivir.

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Dr. Pierre Schmidt

Paul Nogier era, en esa época, responsable de la “Délégation régionale du Lyonnais du Centre Homoeopathique de France”, creada por el doctor León Vannier con la finalidad de difundir sus enseñanzas. Interesado en todas las técnicas susceptibles de aplicación a la terapéutica, invitó al doctor Pierre Schmidt de Ginebra, para hablar de su práctica a un pequeño grupo de médicos que había constituido a su alrededor.

Dr. Vannier

Participamos diez en esta reunión que estuvo consagrada al examen de un paciente seguido de la búsqueda del remedio. Al final de la reunión, Pierre Schmidt nos preguntó si estábamos interesados en seguir. Era el 12 de octubre de 1946.

Antes de Pierre Schmidt, la historia de la homeopatía en Francia desde el comienzo del siglo XX era la de su vulgarización, es decir, su difusión a través de una presentación elemental puesta al alcance de todos.

El interés de tal movimiento era el de reunir gran número de buenas voluntades, tanto entre los médicos como entre los pacientes. Sus inconvenientes eran su carácter superficial, su falta de raíces profundas, sus referencias insuficientes a los principios fundamentales de la doctrina. Sólo podía conducir a reunir “amateurs” en el más amplio sentido del término. Pero no era más que una primera etapa, posiblemente necesaria.

Porque toda manifestación humana es una arquitectura con varios grados, y el conocimiento del hombre también requiere una jerarquía de niveles.

El primer nivel implica la adquisición, la memorización necesaria de un saber. Se trata de registrar los elementos indispensables para el comienzo de la práctica. Es preciso memorizar las reglas, adquirir la técnica, dominar los elementos de la materia médica. Para ello basta con una memoria fiel. Es el nivel del buen obrero. No supone posibilidades de improvisación ni de verdadera creación.

El segundo nivel llama la inteligencia a una cierta libertad en la combinación de los elementos registrados por la memoria. A la técnica en la que se resuelve el primer nivel, añade la ciencia que llama a un pensamiento más libre. Es el nivel del artesano, que dispone ya de ciertas posibilidades de improvisación.

Si es posible forzar la memoria al aprendizaje fiel de una técnica y disciplinar el pensamiento para darle la libre disposición de una ciencia, es mucho más difícil abordar el tercer nivel, que es el descubrimiento de un estilo. Porque la homeopatía, que es una técnica y una ciencia, puede también devenir un arte. Y el nivel del artista, que es verdaderamente el de la posibilidad de crear, no puede ser enseñado. Corresponde a cada cual descubrirlo en sí mismo e improvisar así su propio estilo.

Aquel 12 de octubre de 1946, el doctor Pierre Schmidt acababa de invitarnos a este descubrimiento de la homeopatía en su triple aspecto de técnica, ciencia y arte, a instigación de Paul Nogier que nos recibía en su apartamento en la calle de l’Hôtel de Ville à Lyon.

Era el comienzo del “Groupement Hahnemannien de Lyon” y de una enseñanza de la homeopatía que iba a proseguir durante una treintena de años y atraería junto al pequeño núcleo constituido al principio, a varios cientos de médicos, curiosos o interesados, que asistirían con más o menos regularidad a las reuniones. Venían de todas las regiones de Francia y pronto acudirían también colegas extranjeros venidos de Suiza, de Bélgica, de Italia y a veces de países mucho más lejanos.

El grupo había sido llamado “Hahnemannien” porque Pierre Schmidt se proponía enseñar en él la doctrina homeopática en toda su pureza tal y como la había recibido en el curso de su estancia en los Estados Unidos, como alumno del doctor Eugène Alonzo Austin, uno de los principales discípulos de James Tyler Kent.

La cohesión del grupo de Lyon estaba asegurada, no solamente por la calidad de la enseñanaza que allí se impartía y por el interés profundo suscitados por las cualidades pedagógicas de Pierre Schmidt, sino también por la presencia activa, sonriente, paternal, del doctor Paul Nogier, que durante años nos ofreció una amplia hospitalidad.

El doctor Pierre Schmidt añadía así a una actividad ya desbordante la carga de una enseñanza que casi cada mes durante treinta años lo llevaba a Lyon. A su alrededor iba a constituirse a lo largo de los años una pléyade de alumnos de diversas sensibilidades unidos por los lazos de una franca amistad. La curiosidad que al principio los atrajo se convirtió pronto en un profundo interés.

Y el respeto por su maestro se tiñó, pasando el tiempo, de un sentimiento de afecto filial. Porque lo que caracterizó a este grupo no fue sólo la calidad de la enseñanza recibida, sino también un cierto clima de amistad, de estima mutua que permitía intercambios y discusiones con un espíritu siempre benevolente. Pierre Schmidt nos había enseñado que toda palabra, antes de ser pronunciada, debía satisfacer tres condiciones: ser verdadera, ser necesaria y ser bienintencionada.

Y si se manifestaba una oposición que podía convertirse en fuente de conflicto, cuántas veces nos habrá recordado estas palabras de un sabio oriental: “Tu luz está en todas las formas y tu amor en todos los corazones”

Así pues, no hubo conflictos en el Groupement Hahnemannien de Lyon, y las críticas siempre estuvieron teñidas de un sentimiento de amistad y del deseo de volver a encontrarse para aprender.

Después de un primer ciclo de conferencias, Pierre Schmidt busca y suscita un trabajo personal de todos sus alumnos. Les pide componer trabajos originales que le serán enviados a Ginebra y cuya presentación, acompañada de críticas, de comentarios, de correcciones constituirá la sustancia de la reunión siguiente.

El atractivo de estas reuniones no se debía sólo a la calidad de la enseñanza sino también al encanto de las mil y una historias pintorescas sobre experiencias vividas en todo el medio social y en todas las partes del vasto mundo homeopático.

Esta enseñanza se prolongaba con la posibilidad de recurrir en todo momento al maestro para pedirle consejos prácticos; y también por la posibilidad de acudir a Ginebra, posibilidad de la que yo he usado ampliamente, y que ponía a nuestra disposición, no sólo al maestro, sino también su clientela cuando él nos llamaba para una demostración clínica.

Frecuentar su inmensa biblioteca, que aún está al alcance de los investigadores en la “Fondation Pierre Schmidt” me hizo comprender rápidamente que allí se encontraba el indispensable útil de trabajo del médico homeópata. La consecuencia fue el inicio de mi propia biblioteca, que en adelante iba a constituir un recurso necesario para muchos trabajos.

Publicaciones

Su amplitud, su densidad, me hicieron presentir rápidamente el carácter original, único de esta enseñanza, y no tardé en procurarme el material de registro necesario para su salvaguarda. Al comienzo utilicé para ello un magnetófono bastante primitivo.

Más adelante, comprendiendo cuál era mi objetivo, Pierre Schmidt me ofreció un material más productivo que aún poseo. Así, en los meses que siguieron, asumí la dirección de u n pequeño resumen de cada reunión, bajo la forma de algunas páginas en multicopista.

Dr. Jacques Baur

A partir de 1963 tomé la iniciativa de publicar  in extenso las actas de nuestras sesiones bajo la forma de una revista titulada “Cahiers du Groupement Hahnemannien de Lyon , compte rendu des réunions animées par le Docteur Pierre Schmidt, de Genève“.

Era la primera vez que se publicaban los trabajos de un maestro y de sus alumnos. Primero distribuidos en el pequeño círculo de los participantes a nuestras reuniones, esos textos llegaron a difundirse, no sólo por Francia, sino mucho más allá de nuestras fronteras a los homeópatas francófonos.

El día 23 de octubre de 1971, en casa del doctor Paul Nogier, 4 rue Paul Lintier en Lyon, festejamos el 25 aniversario del Groupement Hahnemannien de Lyon y al mismo tiempo el 50 aniversario de la llegada de Pierre Schmidt a Genève y de su práctica al servicio de la homeopatía. Dejé constancia en “Cahiers” del desarrollo de esta pequeña fiesta.

También evoqué los múltipes aspectos que tomó, a lo largo del tiempo, “L’Enseignement du Docteur Pierre Schmidt” . Este es el título de una obra de la cual me hice responsable y que apareció en dos volúmenes en 1990 y 1991 en las Éditions Similia, de París.

Esta obra recoge únicamente los textos de Pierre Schmidt y constituyen un testimonio de gratitud que debo a aquél que me enseñó lo esencial de aquello que constituyó mi vida. En particular, me transmitió una fórmula terriblemente eficaz.

Viendo el encarnizamiento con el que yo me entregaba al estudio, me dijo un día: “Recuerda esto Jacques: “Aquel que no es más que…ni siquiera es eso”

Y ante la interrogación muda que me inspiraba esa fórmula, me explicó que si yo tan sólo era homeópata, ni siquiera sería homeópata, y que si no era más que médico, ni siquiera médico sería, ilustrando así la necesidad de un bagaje cultural que fuese más allá de la formación profesional[1].

Bastaba con haber vivido un poco a su lado para constatar que se aplicaba ampliamente esta fórmula. No sólo era un apasionado por integrar todas las formas de medicina, comenzando por la medicina clásica, lo que resultaba evidente cuando hojeaba su “Dictionnaire Vidal”, lleno de notas y de añadidos personales.

Y cada vez que necesitaba consultar la opinión de un especialista para uno de sus pacientes, acompañaba a éste considerando que siempre habría algo que aprender. Siempre al acecho de indicaciones semiológicas significativas, se interesaba por todas las formas de la morfopsicología.

Todos los años iba a Munich a hacer un stage con el doctor Schnabel que le enseñaba iridología. No dudaba en aprender de cualquiera que pudiese enseñarle algo que ignorase, y durante años fue discípulo del doctor Niboyet que le inculcó los elementos de la acupuntura. Lo mismo hizo con las técnicas de masaje y de medicina manual.

Tenía conocimientos lingüísticos muy amplios y en los tiempos de los primeros congresos, cuando aún no había traducción simultánea, era solicitado para traducir del francés, del italiano, del español o del inglés.

También era aficionado al arte, a la música, al teatro, a los bellos libros y a los tapices, coleccionista de sellos, aficionado también a la fotografía y a los automóviles. Apasionado de la montaña, en compañía de su guía Fritzli, hasta una edad avanzada practicó el esquí en invierno y el alpinismo en verano.

En resumen, sería difícil encontrar un dominio de la actividad humana que le resultara indiferente. Y también estaba animado de una profunda necesidad de conocimiento espiritual que a lo largo de toda su vida le hizo buscar el el contacto y el intercambio espiritual con  pensadores y sabios pertenecientes a diversas tradiciones espirituales.

Cerca de él se comprendía inmediatamente que “aquel que no es más que… ni eso es”.

También era un gran viajero y el viaje fue para mí un elemento importante de mi aprendizaje. El primer viaje que hice con él me condujo en 1967 a Nueva Delhi para tomar parte en un Congreso Internacional.

Al final del congreso fuimos a Cachemira donde se encontraba su maestro espiritual. Nuestra estancia de quince días, el contacto con una cultura de la que yo ignoraba todo pero cuya riqueza percibía, me animó a emprender estudios de sánscrito en la Facultad de Lyon cuando regresé a Francia, lo cual, entre otras ventajas, me situó de lleno en las manifestaciones de los estudiantes de mayo del 68.

En compañía de Pierre Schmidt, y siempre para participar en congresos, tomé contacto con la mayor parte de los países europeos. Un viaje a Grecia me proporcionó amigos en Salónica, después de lo cual no tuve nada mejor que hacer a la vuelta a Francia que adquirir algunas nociones de griego moderno. Y así empecé a considerar los viajes como elemento indispensable de la cultura humana.

Publicando numerosos estudios en revistas francesas o extranjeras, no me cabía duda de que allí había elementos cuya sustancia podría algún día ser reunidos en publicaciones más importantes.

Después de haber rendido homenaje a mi maestro con la publicación de Cahiersy con la de su Enseignement“, concebí el proyecto de retomar algunas de mis publicaciones anteriores para, de algún modo, recapitular sobre la trayectoria que me había hecho seguir mi trabajo e intentar comprender cuál era su dirección.

Me di cuenta de que después de haber tratado de comprender cuáles eran las raíces de la homeopatía, de que manera de había desarrollado ésta y qué perspectivas podía aportar para la comprensión de la “cosa humana”, había llegado a la conclusión de que, lejos de constituir una ciencia maldita como han querido hacernos creer durante dos siglos todos sus oponentes, conservaba un lugar importante entre los conocimientos humanos.

El progreso de los científicos modernos reemplazando el dogma de la predictibilidad por el de la probabilidad dejaba aparecer una “tierra de nadie” en la que la homeopatía encontraba de manera natural su sitio. Las dos nociones en apariencia irreconciliables, poniendo frente a frente las dos realidades constituidas por la colectividad en un lado y el individuo en el otro volvían a encontrarse en todos los dominios de la investigación y ningún médico podía ignorarlas.

Había pues un lugar para una medicina colectiva, estadística y también para las medicinas individuales, entre las que la homeopatía ocupaba un lugar privilegiado.

Tal es la tesis que yo desarrollaba en una obra titulada “Homoeopathie, Médecine de l’Individuaparecida en las Éditions Similia el mes de marzo de 1999. Algunos años antes, mi biblioteca me había inspirado una obra que bajo el título “Un livre sans frontières, histoire et métamorphoses de l’Organon de Hahnemannapareció en 1991 en Éditions Boiron. Llega un momento en la vida que no es el de la siembra sino el de la recolección.

En un artículo aparecido en 1983 bajo el título Paléographie Homoeopathiqueyo había señalado en  Cahiers, el descubrimiento en las estanterías de la Bibliothèque Interuniversitaire de Lyon de veinte manuscritos que contenían los registros de las consultas diarias del doctor Sébastien des Guidi que fue uno de los principales iniciadores de la homeopatía en Francia.

Estos manuscritos fueron a partir de entonces el objeto de varios estudios aparecidos en la misma revista. Dada la importancia de los manuscritos, fuente de conocimientos no solamente médicos, una nueva obra está actualmente en proyecto en Éditions Similia con el probable título de “Les Manuscrits du Docteur Comte Sébastien des Guidi, Contribution à l’histoire et au développement de l’Homoeopathie en France” .

Sin embargo, no somos lo que aparentamos ni lo que pone en nuestras placas profesionales. Los diversos títulos de los que nos revestimos no definen ni mucho menos nuestra realidad. No son sino florituras, trampantojos que nada prejuzgan de lo que se oculta detrás. Tal vez nuestra verdadera identidad estaría constituida si el conjunto de nuestras posibilidades, las que están inscritas en nuestro bagaje genético, estuviese desarrollado.

Dada la fabulosa riqueza de las capacidades virtuales inscritas en nuestro genoma, es una empresa ardua, sin fin, que se aparta definitivamente del objetivo presentado a todos por no sé qué absurda ensoñación sociopolítica: la búsqueda de la felicidad. Porque siempre es al precio de dificultades reales como desarrollamos algunas de nuestras capacidades potenciales.

Para aprender a caminar nos hemos caído varias veces y cada uno de nuestros aprendizajes ulteriores sólo ha podido realizarse a partir de una imposibilidad radical seguida de un tiempo de dificultades. Y no me parece que afrontar con dificultades se inscriba en la búsqueda de una hipotética felicidad.

A menudo he interrogado a mis paciente sobre las “cosas” de su vida que más les habían enseñado y que más les habían ayudado a progresar. En general me han respondido evocando los momentos difíciles y las “pruebas”. Porque los adultos tienen, como los niños, pruebas que superar. Pero si encuentran normal que en la escuela sus niños sean interrogados sobre sus capacidades, le parece del todo incongruente que en la escuela de la vida ellos sean interrogados sobre sus capacidades o sus deficiencias.

Pero reconocen que sólo los momentos difíciles les han enseñado algo. Nunca un momento “dichoso” le ha enseñado nada a nadie. Por el contrario, lo que suele dejar detrás de sí es un cierto gusto de insatisfacción. Estas son cosas que los hombres a veces están dispuestos a comprender. Porque al lado de las dificultades que impone la vida, están todas aquellas que los hombres eligen deliberadamente.

Así, un atleta tratará de progresar en su disciplina intentando mejorar sus resultados, lo que no conseguirá ciertamente sin dificultades ni sufrimientos. Y en el dominio de la inteligencia y del desarrollo artístico ocurre lo mismo.

Nuestra verdadera identidad aparecería tal vez el día que alcanzásemos la totalidad real de nuestras virtualidades genéticas. Si expreso esta idea en condicional es porque no pienso que esto se pueda lograr en mucho tiempo. Ciertos hombres, no obstante, se han adelantado en esta dirección que implica la necesidad de un trabajo sobre sí mismo.

En efecto, la vida de los hombres puede inscribirse en dos direcciones diferentes. La primera es el camino de las cosas fáciles, para las que no se requiere ningún esfuerzo o casi ninguno, lo que podría parecer como una cierta forma de “felicidad”, pero que en realidad comporta muchas servidumbres.

Esta es la vida de la piedra que rueda por la pendiente de una montaña para detenerse finalmente en un agujero. Otra vida es la de la ascensión, que implica ciertamente dificultades e incluso peligros, pero que al falta de “felicidad” reserva las alegrías del conocimiento y que, a la inversa de la primera, no parece tener fin. Esto también lo aprendí al lado de Pierre Schmidt.

En todas las épocas, los hombres han desarrollado actividades específicas que les permitiesen dar una realidad a su contenido virtual. Porque el hombre no es solamente un “bípedo implume”. No obstante, las diferentes maneras en que ha intentado definirse a sí mismo nunca han definido más que una sola de sus facetas. Así, según las épocas, él se ha denominado “persona”, es decir, máscara.

Llamándolo “npoyonov”, la lengua griega ha consevado esta imagen, y es este doble sentido el que permite a Ulises salir sano y salvo de la caverna del cíclope. El hombre se llama también individuo, es decir, “el que no puede ser dividido”.

O bien se llama simplemente homme, es decir, “modelado en arcilla”, ou también “man, men”, es decir, “dotado de pensamiento”. También se ha llamado “vir” o “nara” para evocar sus capacidades de fuerza y de heroísmo; “Jana, aquél que ha nacido”; ‘, martya, el mortal”… etc. El estudio de los nombres del hombre podría dar una idea de la diversidad de los puntos de vista sobre su identidad. Sin duda somos todo eso, pero también algo más que a cada cual compete descubrir.

“Conócete a ti mismo”. Con este consejo, Sócrates y los que lo habían precedido abrían una perspectiva sobre  un camino muy largo que conducía a cada uno hacia su identidad. Pero aún queda la cuestión del tiempo de la vida, el tiempo disponible para completar este trámite. Es difícil concebir que el hombre sea una realidad situada entre dos nadas: la nada de antes y la nada de después.

O bien que el hombre sea un extraterrestre que ha olvidado de donde viene y qué vino a hacer a este planeta… La cuestión permanece abierta y cada uno de nosotros tiene todavía mucho trabajo antes de responder a la pregunta de la Esfinge: “Hombre, ¿quién eres tú?” Esta era la cuestión esencial y no responder a la misma firmaba la muerte de los viajeros. Partir en busca de una respuesta ¿no es situarse en un movimiento de vida?

Dr. Jacques Baur


[1] Nosotros atribuimos a Letamendi la frase : “El médico que sólo sabe medicina ni medicina sabe”



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